Entre la oscuridad y el Cielo

39

Cielo

Se encuentra totalmente inerte.

Todo sucedió tan rápido que no ha tenido tiempo de asimilarlo.

De entenderlo.

Su mente simplemente no puede procesar lo que acaba de pasar.

Se viste eligiendo un vestido azul marino, uno de los que Dimitri le regaló.

Piensa que quiere salir del castillo con su vestido favorito.

Se peina en una trenza y se pellizca las mejillas, intentando darle un poco de color a su rostro.

La realidad es que ni siquiera ha hecho una maleta.

Piensa que, al bajar, él le dirá que ha sido un malentendido.

Que confía en ella.

Que le pedirá, por favor, que se quede.

Aún no se resigna.

Baja las escaleras sin llevar nada más que su propia presencia.

Lo hace lentamente.

Nota cómo sus manos tiemblan descontroladamente.

—¿Está lista, señorita?

Pregunta Louis.

Su rostro tiene una expresión difícil de descifrar.

¿Lástima?

¿Vergüenza?

¿Tristeza?

Cielo abre los ojos, confundida.

—El señor me ha pedido que la lleve al pueblo. Un carruaje está aguardando.

El primer peldaño de esperanza cae.

Como un edificio haciéndose trizas.

Cielo asiente con la cabeza.

—¿No quiere despedirse de sus amigas? Ellas se preguntarán...

—No, Louis. Así está bien...

Responde.

Pero la verdad es que todavía no quiere despedirse.

¿Para qué despedirme si Dimitri saldrá por mí en cualquier momento?

Louis asiente con calma y comienza a caminar a su lado.

Su esperanza se sigue desmoronando con cada paso.

Dimitri... por favor. Por favor, no me dejes ir.

Pasa frente a la biblioteca.

Sus pies, sin querer, se detienen.

Espera unos segundos.

Louis la mira con tristeza y niega lentamente con la cabeza.

Como si supiera exactamente lo que ella está esperando.

Entonces Cielo por fin comienza a entender.

Y algunas lágrimas salen de sus ojos.

Lágrimas que cada vez se intensifican más.

Sube al carruaje y ya es un mar de lágrimas, envuelta en sollozos.

Pero aún lo espera.

La esperanza todavía no muere del todo.

Sube al coche y se asoma por la ventanilla.

Quizá él salga.

Quizá se arrepienta.

Y si no estoy mirando por la ventana, no lo sabré.

Pero no lo hace.

Sus sollozos salen sin reprimirse.

Ya no le da pena que el viejo mayordomo esté a su lado escuchándola.

El carruaje se aleja.

Y Cielo no deja de mirar por la ventana hasta que el castillo desaparece en el horizonte.

Durante todo el camino no deja de llorar.

Ahora recuerda aquella escena como un sueño nebuloso.

Como una pesadilla.

Todas las palabras que él le dijo incluso se las ha memorizado.

Cada una.

Cada grito.

Cada acusación.

Cada mirada.

Cielo llega finalmente al pueblo.

Al barrio humano.

De vuelta a su triste realidad.

El carruaje se detiene.

Louis baja primero.

—Fue un gusto conocerla, señorita Cielo.

Ella, sin preguntar nada, se abalanza sobre él y le da un abrazo fuerte, todavía entre sollozos.

—El gusto ha sido mío, Louis...

Y el viejo, por primera vez, deja aquella máscara de elegancia y prudencia.

La abraza como un amigo lo haría.

Durante unos segundos ninguno dice nada.

Hasta que Cielo pregunta entre lágrimas:

—Él no va a cambiar de opinión, ¿verdad?

Louis cierra los ojos un instante.

—No lo creo, niña...

Suspira.

—No lo creo.

Cielo baja la mirada.

—¿Pero qué fue lo que pasó? Él de pronto comenzó a llamarme...

La voz se le quiebra.

—Lo sé, niña.

Louis suspira nuevamente.

—Fue Simonne. Vino a verlo por la mañana y estuvieron hablando un rato.

Cielo levanta la mirada.

—¿Entonces fue por ella...?

—No se trata de ella. Es que él...

Louis no termina la frase.

Cielo lo hace por él.

-No confía en mí.

Lo dice con resignación.

—Entiendo...

Louis la observa con tristeza.

Entonces recuerda algo.

—Me pidió que le diera esto.

Extiende un costal mediano.

Cielo ni siquiera se molesta en inspeccionarlo.

Sabe lo que es.

—Logré sobrevivir sin su dinero antes de conocerlo. No lo necesito, Louis.

—Pero, niña...

—Por favor. No insistas, Louis.

Se limpia las lágrimas.

—Suficiente humillación he tenido hoy.

Louis baja la mirada.

—Está bien.

Guarda silencio unos segundos.

—¿Segura de que no quiere que la lleve a algún lugar en específico? ¿Dónde pasará la noche?

Cielo intenta sonreír.

—No te preocupes. Ya me las arreglaré.

Hace una pausa.

—Si pregunta por mí...

Louis la mira.

Hay lástima en sus ojos.

Lástima porque sabe que ella todavía espera que Dimitri pregunte por ella.

Que quizá quiera buscarla.

Cielo todavía no ha perdido la esperanza

—Olvídalo.

El mayordomo sube nuevamente al carruaje.

Antes de partir, le ofrece una sonrisa tristona.

Después se aleja, dejándola sola en aquel camino empedrado y polvoriento, a mitad del día.

Cielo permanece inmóvil. Observa cómo el carruaje desaparece poco a poco. Y cuando finalmente ya no puede verlo...

Lo único que quería...

Era que él le pidiera que se quedara.

Cielo respira profundamente.

Mira a su alrededor.

El barrio humano.

Las calles que conoce.

La vida que dejó atrás.

Todo parece más pequeño de lo que recuerda.

Más gris.

Más triste.

¿Y ahora qué?




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