Entre la tierra y el infierno

La noche en el palacio Gyeongbokgung

El dolor fue lo primero que sintió. Un dolor sordo, palpitante, que se extendía desde la base del cráneo hasta la nuca como si alguien hubiera estado martillando sobre su cabeza durante horas. Sofía intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban como láminas de plomo. La oscuridad era absoluta, tan densa que podía sentirla presionando contra su rostro, metiéndose en su boca, arañando su garganta.

—¡Sofía, despierta!

La voz llegó desde algún lugar distante, amortiguada, como si atravesara capas de agua estancada. Algo en ese timbre le resultaba conocido, una nota de desesperación que reconocía de sueños anteriores, de otras noches, de otras vidas tal vez.

—Sofía, ¿puedes oírme? ¡Por favor, responde!

—¿Diego? —murmuró ella, y su propia voz sonó extraña, ronca, como si no hubiera hablado en días—. ¿Eres tú?

Intentó incorporarse, pero sus músculos no le respondían. Algo cálido y pegajoso le resbalaba por la sien. Con un esfuerzo sobrehumano, logró entreabrir los ojos. Al principio solo vio sombras, formas borrosas que danzaban en la penumbra. Luego, gradualmente, la silueta de Diego se recortó contra lo que parecía ser una pared de madera antigua.

—Tienes que levantarte —le urgió él, pasándole un brazo por los hombros—. Tenemos que salir de aquí antes de que nos encuentren.

—¿Encontrarnos? ¿Salir? ¿De qué demonios estás hablando?

Diego la ayudó a ponerse de pie. El suelo bajo sus zapatos era de piedra fría, irregular, gastado por siglos de pisadas anónimas. Un olor a humedad ancestral, a madera podrida y a algo más —algo vagamente metálico, como óxido mezclado con agua estancada— flotaba en el aire.

—¿Acaso no recuerdas lo que pasó? —preguntó Diego, mientras sus ojos escrutaban nerviosamente las sombras que se arremolinaban en los rincones de aquella estancia sin ventanas.

Sofía se llevó una mano a la cabeza. Le dolía pensar. Cada recuerdo era como intentar atrapar agua entre los dedos: imágenes fugaces, sensaciones inconexas, una sensación persistente de que algo fundamental se le escapaba.

—No logro recordar nada. Nada de lo que pasó hoy.

Diego soltó un suspiro entrecortado y, sin mediar palabra, la cargó en brazos. Sofía quería protestar, decirle que podía caminar sola, pero su cuerpo estaba tan agotado que se abandonó a aquel gesto protector. Mientras él avanzaba por pasillos interminables, ella observaba su rostro: la mandíbula tensa, las ojeras profundas que no le había visto antes, una palidez antinatural que le hacía parecer una fotografía descolorida.

—Estamos en el palacio Gyeongbokgung —explicó Diego en un susurro, sin dejar de caminar—. Vinimos porque querías ver cómo era este lugar de noche. Llegamos a medianoche. Caminamos durante una hora entre los pabellones, y entonces... entonces te golpearon en la cabeza. Escuché el impacto, un sonido seco, horrible. Quise voltear, pero antes de poder hacerlo también me golpearon a mí.

Hizo una pausa. Sus pasos resonaban en el silencio como latidos irregulares.

—Lo último que recuerdo es despertar en una habitación oscura. Contigo tirada en el suelo. Y la puerta sellada desde fuera.

—¿Quiénes nos encerraron? ¿Los guardias?

—No. No eran guardias.

La forma en que lo dijo, con aquella entonación plana y definitiva, hizo que un escalofrío recorriera la espina dorsal de Sofía. No preguntó más. Ya podía tenerse en pie, así que le pidió que la bajara y continuaron juntos, tomados de la mano, explorando aquel laberinto de pasillos que no parecía tener fin.

El palacio Gyeongbokgung de noche era un lugar de belleza espectral. Los techos curvos de tejas oscuras se recortaban contra un cielo sin estrellas. Los patios vacíos, diseñados para albergar ceremonias y procesiones, ahora eran extensiones desoladas donde el viento arrastraba hojas muertas en espirales caprichosas. Las linternas de piedra, apagadas desde hacía siglos, parecían testigos silenciosos de su desesperación. Todo estaba inmóvil, suspendido en un silencio tan profundo que Sofía podía escuchar su propia sangre corriendo por sus venas.

Pasó una hora. Luego otra, tal vez. El tiempo se había vuelto un concepto extraño, maleable, como si el palacio existiera en una dimensión donde los relojes no tenían sentido. Cada pasillo desembocaba en otro pasillo. Cada puerta conducía a otra puerta idéntica. Las paredes de madera y papel de arroz se repetían en un ciclo infinito, sin variación, sin lógica.

—Ya ha pasado más de una hora y aún no encontramos la salida —jadeó Sofía, dejándose caer contra una columna—. ¿Podemos descansar un rato? Siento que llevamos días caminando.

—Cinco minutos —concedió Diego, aunque su tono indicaba que compartía su agotamiento y su desesperación—. Solo cinco minutos.

Se sentaron sobre el suelo de piedra, hombro con hombro. El frío de la roca atravesó la tela de sus pantalones casi de inmediato. Sofía cerró los ojos e intentó pensar, elaborar un plan, trazar un mapa mental de aquel laberinto imposible. Pero su mente solo le devolvía imágenes fragmentadas: la sonrisa de Diego antes de salir del hotel, las calles iluminadas de Seúl, la entrada imponente del palacio bajo la luna. ¿Había sido esa misma noche? ¿Cuánto tiempo había pasado realmente?

Fue entonces cuando las escuchó.

Al principio eran solo murmullos, un susurro que se deslizaba por las paredes como agua filtrándose por grietas invisibles. Luego se hicieron más nítidas, más cercanas. Eran voces. Dos voces, para ser exactos. Una masculina y una femenina, aunque había algo extraño en ellas, una cualidad reverberante, como si hablaran desde el fondo de un pozo muy profundo.

Sofía se puso rígida. Diego no parecía haberlas oído. Seguía mirando al frente, con la vista perdida en algún punto indefinido de la oscuridad, completamente inmóvil.

—¿Crees que ellos logren salir? —dijo la voz femenina, arrastrando las palabras con una lentitud deliberada, casi burlona.




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