En el momento de estrechar las manos, una gruesa cadena me ató a Kai. La cadena no era de metal, pero tampoco era tangible.
Mi padre no tardó en enterarse de lo sucedido y su reacción fue peor de lo que yo esperaba. Si con la muerte de Darío no parecía conmovido en lo más mínimo, conmigo irrumpió en la habitación de Kai. Se acercó a mi, me abofeteó y me agitó. Sentía sus dedos clavarse en mis brazos.
-¡Tú no eres consciente de lo que has hecho!- me gritó en la cara lleno de furia. -¡¿Cómo se te ocurre?! ¡Contéstame, joder!
-No te go porque darte explicaciones de lo que yo hago si tú no me las das tampoco. Dejaste que Darío muriese...Asesino...
Mi padre se mordió la lengua para no dirigirme ni una palabra más y decidió poner fin a nuestra pequeña discusión. Me dio una bofetada más. Era uno de esos golpes que tú padre te daba cuando le harías con tus palabras.
Se dirigió hacia Kai y le cogió del kimono que llevaba color rojo cerezo que él vestía.
-Ni te atrevas a hacerle daño a Collet.- le advirtió con una voz grave y fría.
-No estás en posición de amenazarme, aquí no eres nadie. - tartamudeó Kai aterrorizado, pero luchando por no parecerlo. -Suéltame, Caín.
-Como desees, señorito Kai.
Mi padre le soltó y se marchó dando tumbos. Estaba de repente a solas con Kai. Me aguanté en ardor de mis mejillas por las bofetadas de mi padre y caminé hacia la puerta. Necesitaba hablar con Jack. Un tirón en mi brazo me detuvo. Eran las cadenas, que habían aparecido de la nada.
-No vas a ninguna parte, niña.
-Necesito hablar con Jack.
Intenté soltarme de las cadenas en un acto de desesperación. Kai se sentó en el piso y chasqueó los dedos. Por arte de magia fui arrastrada a él. Me pidió que me arrodillarse y mi cuerpo obedeció a contra de mi voluntad.
-Recuerda que por hacer un trato conmigo, tú alma me pertenece hasta que nos pasemos. -Kai tenía una macabra sonrisa en sus labios. -Esas son las consecuencias de hacer un pacto con un demonio.
Estaba asustada, temiendo por lo que podía hacerme. Mi cuerpo no me pertenecía, sino a él. La magia me había condenado y me había lanzado a ella desconociéndola.
Kai pronunció unas palabras y pudo soltarse de la cadena. En cambio, a mí, la cadena me mantuvo atada a la reja de la ventana de la habitación. Ok podía huir. Kai empezó a caminar hacia la puerta y me abandonó. Quedé sola en aquella habitación desconocida, sollozando por el miedo al futuro desconocido que me esperaba.
Me quedé dormida, con los ojos rojos de tanto llorar. Escuché pasos aproximarse y me desperté. Vi una chica que tenía el mismo cabello castaño alborotado de mi padre, compartía sus ojos verdes y almendrados. Su piel era blanca y suave. Aquella muchacha tenía una aureola en su cabeza y unas pequeñas alas blancas.Se acercó a mi mientras sonreía dulcemente. Se veía inocente. Mi cuerpo retrocedió hacia la pared por miedo y tras darme cuenta que ella era otro ángel.
-Tranquilo, no te voy a hacer daño. -extendió una bandeja con comida que ella sostenía en sus manos. -Caín me pidió que te llevase esto.
Observé la bandeja con un plato de arroz tres delicias. Me encantaba el arroz, pero mi apetito era cero. La chica se acercó a mí un poco más y luego se sentó delante mía. Puso su mano en mi cabeza.
-No te haré daño.
De la nada, todos los momentos que había vivido en las últimas 24 horas empezaron a pasar con rapidez, uno a uno ante mis ojos. Cuando volví al presente, la chica me miraba entre lágrimas horrorizada, en completo shock.
-Los siento, solo quise saber lo que tú... -sollozó y no terminó la oración.
-¿Qué me has hecho?- pregunté casi sin voz.
La desconocida tomó unos segundos para tranquilizarse. Sus ojos grandes me miraban con bondad.
-Soy un ángel y puedo ver tus recuerdos. Solo quería saber porqué llorabas tanto, pero nunca pensé que pasaste por todo eso...
Se limpió las lágrimas de su cara e hizo un gran esfuerzo por dejar de llorar.
-Soy Kiara. Yo también soy hija de Caín, osea; tú padre.
Me quedé paralizada antes aquella revelación. Descubrir que tenía una media hermana me hizo preguntarme qué era lo que yo sabía de mi padre y me cuestioné si realmente podía confiar en quién me crió...