Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 2---- La pregunta

A las siete y doce de la mañana, Mateo me escribió.

Mateo: ¿Podemos hablar?

Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.

No porque no supiera qué responder.

Porque sabía exactamente qué quería decirle.

Y eso era lo que me preocupaba.

Yo: Sí.

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Mateo: En el recreo.

Yo: Está bien.

Bloqueé el teléfono.

Lo desbloqueé.

Volví a leer la conversación.

Solo eran tres mensajes.

Tres mensajes que no deberían significar nada.

Pero con Mateo nunca era tan sencillo.

—¿Estás sonriendo? —preguntó Sofía desde el otro lado de la mesa.

Levanté la mirada.

—No.

—Sí.

—No.

—Valeria, llevas diez segundos mirando el teléfono como si acabara de declararte su amor.

—No seas exagerada.

Sofía apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Qué dijo?

—Que quiere hablar conmigo.

Su expresión cambió.

—¿Mateo?

Asentí.

—¿Hoy?

—En el recreo.

Sofía se quedó callada.

Eso era peor que cualquier comentario.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Sofía.

—Solo estoy pensando.

—Eso nunca es buena señal.

Sonrió.

—¿Y si esta vez sí te dice lo que siente?

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—No va a decir nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es Mateo.

Sofía suspiró.

—Ese es precisamente el problema.

Antes de que pudiera responder, alguien dejó un vaso sobre mi mesa.

—Te traje esto.

Levanté la mirada.

Alex.

—¿Para mí?

—Café. Sin azúcar.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabes cómo lo tomo?

—La semana pasada te escuché pedirlo.

Sofía sonrió de inmediato.

—Qué observador.

Alex se rio.

—Intento prestar atención.

Tomé el vaso.

—Gracias.

—De nada.

Se quedó unos segundos allí.

—Por cierto, ¿sigues libre después de clases?

Miré a Sofía.

Ella fingió estar muy concentrada en su desayuno.

—Creo que sí.

—Quería preguntarte si podíamos avanzar un poco con el proyecto.

—Claro.

—Perfecto. Te espero en la biblioteca.

Alex se fue.

Esperé exactamente tres segundos.

—No digas nada —advertí.

Sofía levantó las manos.

—No he dicho nada.

—Pero estás pensando demasiado fuerte.

—Solo digo que Alex es lindo.

—Sofía.

—Y atento.

—Sofía.

—Y sabe cómo tomas el café.

—Ya entendí.

Ella sonrió.

—¿Y Mateo sabe?

No respondí.

Porque no sabía si la pregunta era sobre el café.

O sobre algo mucho más importante.

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El recreo llegó demasiado rápido.

O demasiado lento.

No estaba segura.

Caminé hacia el lugar donde Mateo me había dicho que estaría. Lo encontré cerca de las escaleras, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el patio.

Cuando me vio, enderezó la espalda.

—Hola.

—Hola.

Silencio.

Genial.

Tres semanas sin hablar y ahora ninguno sabía cómo empezar.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí.

—Entonces, ¿qué querías decirme?

Mateo miró hacia otro lado.

—Ayer quería preguntarte algo.

—Eso ya me lo dijiste.

—Lo sé.

—Entonces pregúntame.

Sentí una punzada de decepción.

No sabía por qué esperaba otra cosa.

—Entonces ya está.

Me di la vuelta.

—Vale.

Me detuve.

No por él.

Por mí.

Porque odiaba que todavía me importara tanto lo que Mateo pensaba.

—Aunque sí voy a estar con él después de clases —añadí.

Mateo guardó silencio.

—Tenemos un proyecto.

—Claro.

—Y no tienes que poner esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Exactamente.

Me miró durante un segundo.

Después sonrió.

Pero no era su sonrisa de siempre.

Era esa que usaba cuando no quería que alguien supiera que algo le molestaba.

—Nos vemos, Valeria.

—Nos vemos.

Lo vi alejarse.

Y por alguna razón, sentí que acabábamos de tener una conversación sobre algo que ninguno de los dos había mencionado.

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Por la tarde, la biblioteca estaba casi vacía.

Alex tenía los apuntes organizados, el portátil abierto y una lista de cosas por hacer.

—¿Siempre eres así de organizado? —pregunté.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras la vida resuelta.

Se rio.

—No tengo la vida resuelta.

—Lo parece.

—Tú tampoco pareces tenerla.

—Yo definitivamente no.

Trabajamos durante casi una hora.

Y lo extraño fue que resultó fácil.

No tenía que pensar cada palabra.

No tenía que preguntarme qué significaba una mirada.

No tenía que intentar descubrir si un silencio era incómodo o importante.

Alex simplemente hablaba.

Yo respondía.

Y todo funcionaba.

—¿Quieres ir por algo de comer? —preguntó cuando terminamos.

Lo miré.

—¿Ahora?

—Si quieres.

Pensé en Mateo.

En su pregunta.

En su cara cuando le dije que estaría con Alex.

Y me odié un poco por hacerlo.

Porque Alex no tenía la culpa de nada.

—Sí —respondí—. Vamos.

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Esa noche, cuando llegué a casa, tenía un mensaje.

De Mateo.

Lo abrí.

Mateo: ¿Llegaste bien?

Fruncí el ceño.

Había algo casi ridículo en la pregunta.

Después de todo lo que había pasado entre nosotros, después de tres semanas sin hablar, eso era lo que tenía que decirme.

Yo: Sí.

Pasaron unos minutos.

Mateo: Bien.

Eso fue todo.

Dejé el teléfono sobre la cama.

Me cambié de ropa.

Me lavé la cara.

Intenté no pensar en él.

Cinco minutos después, volví a mirar el teléfono.

Había otro mensaje.




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