Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 3---El asiento de al lado

Hay recuerdos que no parecen importantes cuando ocurren.

Hasta que pasan los años.

Y entonces te das cuenta de que quizá todo empezó ahí.

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Tenía quince años cuando conocí a Mateo Ferrer.

No fue una historia de película.

No hubo música.

No chocamos mientras caminábamos por un pasillo.

Ni siquiera me cayó bien al principio.

Ese día llegué temprano a clases y me senté en mi lugar de siempre, junto a la ventana.

Estaba sacando mis cosas cuando la puerta se abrió de golpe.

Mateo entró.

Tarde.

Como casi siempre.

Miró el salón buscando un lugar vacío.

Había uno.

Justo a mi lado.

Suspiré.

Él caminó hasta mi mesa y dejó la mochila en el suelo.

—¿Está ocupado?

Miré la silla.

—No.

Se sentó.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después abrió su cuaderno y miró la pizarra.

—¿En qué página estamos?

Lo miré.

—En la que deberías estar leyendo.

Me observó.

Después sonrió.

—Entonces supongo que me vas a decir cuál es.

—Supongo que tendrás que descubrirlo.

—Qué amable.

—Gracias.

Se rio.

Y yo intenté concentrarme en la clase.

No sabía que aquel chico iba a convertirse en la persona que más veces me haría sonreír.

Tampoco sabía que, años después, iba a pasar tanto tiempo intentando entenderlo.
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Al día siguiente llegué al salón.

Mi asiento estaba libre.

Pero había una mochila encima.

La de Mateo.

Lo miré.

—¿Qué haces?

Él levantó la vista.

—Guardándote el asiento.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Porque aquí se está bien.

Miré la silla.

Después a él.

—Hay muchos lugares.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué este?

Mateo sonrió.

—Porque ayer me gustó.

No supe qué responder.

Así que me senté.

Y eso fue todo.

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—¿En qué piensas?

La voz de Sofía me devolvió al presente.

Parpadeé.

Estábamos en el patio.

—En nada.

—Mientes fatal.

—Estaba recordando algo.

—¿A Mateo?

La miré.

—¿Cómo haces eso?

—Porque siempre que dices “nada”, es Mateo.

Rodé los ojos.

—Era nuestro primer año.

—¿El asiento?

Asentí.

Sofía sonrió.

—Todavía me acuerdo de cómo te molestaba.

—Me molestaba.

—Claro.

—De verdad.

—Valeria.

—¿Qué?

—Te sentaste a su lado durante dos años.

Me quedé callada.

—Y él siempre encontraba una razón para sentarse contigo.

Miré hacia el otro lado del patio.

Mateo estaba allí.

Riendo con Nico.

Como si nunca hubiera existido una distancia entre nosotros.

Como si las últimas tres semanas no hubieran ocurrido.

Y entonces levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Solo un segundo.

Él sonrió.

Yo también.

Y aparté la mirada primero.

Como siempre.




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