—¿Vas a seguir mirándolo o piensas hablarle?
La voz de Sofía me hizo volver la mirada.
—No lo estaba mirando.
—Claro.
Mateo seguía al otro lado del patio, hablando con Nico. De vez en cuando miraba hacia nosotros.
O quizá solo estaba mirando alrededor.
Preferí pensar eso.
—No entiendo por qué haces esto —dije.
—¿Qué cosa?
—Intentar hacer que todo parezca más importante de lo que es.
Sofía me miró durante unos segundos.
—Porque tú haces exactamente lo contrario.
No respondí.
—Valeria —dijo más suavemente—. ¿Qué pasó entre ustedes?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Nada.
Sofía soltó una risa.
—Esa palabra otra vez.
—Porque es verdad.
—No, no lo es.
—Nunca fuimos novios.
—No pregunté eso.
La miré.
—Entonces, ¿qué estás preguntando?
Sofía suspiró.
—Estoy preguntando por qué tres semanas sin hablar con él te duelen como si hubieras perdido a alguien.
Sentí un nudo en la garganta.
—No me duele.
—Valeria…
—No somos nada.
Lo dije demasiado rápido.
Sofía se quedó callada.
Y esa vez no discutió.
Solo me miró con una expresión que no supe interpretar.
—Ese es el problema —dijo finalmente.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, alguien se acercó.
Mateo.
—Sofía.
—Mateo.
Él me miró.
—¿Podemos hablar?
Sofía sonrió.
—Yo justo iba a buscar agua.
—No tienes que irte —dije.
—Sí tengo.
Y se fue.
La observé alejarse.
—Tu amiga me odia —dijo Mateo.
—No te odia.
—Entonces no entiendo por qué siempre me deja solo contigo.
Lo miré.
—Quizá porque quiere que hablemos.
Mateo bajó la mirada.
—¿Y tú quieres?
No supe qué responder.
—¿Sobre qué?
Él levantó los ojos.
—Sobre nosotros.
Mi corazón se aceleró.
—¿Nosotros qué?
Mateo abrió la boca.
Pero no dijo nada.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—Olvídalo.
—Mateo…
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Me miró durante unos segundos.
—¿De verdad quieres saber?
Asentí.
Él respiró profundamente.
—Entonces mañana.
—¿Mañana qué?
—Mañana te lo digo.
Y antes de que pudiera preguntarle algo más, se alejó.
Me quedé allí, viendo cómo desaparecía entre los estudiantes.
Otra vez había dejado una pregunta sin respuesta.
Y empezaba a sospechar que Mateo Ferrer era experto en hacerme esperar.
Lo que todavía no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando él también.