Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 5---- Renata

Al día siguiente llegué al colegio con una sola idea en la cabeza.

Mateo me debía una respuesta.

Lo vi cerca de los casilleros.

Estaba hablando con Nico.

Y con una chica que no conocía.

Ella se reía de algo que Mateo había dicho.

Él también sonreía.

Me quedé quieta unos segundos.

—¿Quién es? —pregunté.

Sofía miró hacia donde señalaba.

—Renata.

—¿La conoces?

—De vista.

Renata tenía el cabello recogido y una sonrisa que parecía aparecer con facilidad. Mateo le dijo algo y ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

No sé por qué me molestó.

Tal vez porque Mateo nunca había sido así conmigo.

O quizá sí.

Solo que yo había olvidado cómo se sentía verlo desde lejos.

—No pongas esa cara —dijo Sofía.

—¿Qué cara?

—La de “no me importa, pero voy a mirar cada cinco segundos”.

Aparté la mirada.

—No me importa.

—Claro.

En ese momento Mateo levantó la vista.

Me vio.

Durante un segundo dejó de sonreír.

Después dijo algo a Renata y caminó hacia mí.

—Hola.

—Hola.

Miró a Sofía.

—¿Puedo hablar con ella?

Sofía sonrió.

—Por supuesto.

Se fue.

Mateo se quedó frente a mí.

—Ayer dije que hoy hablaríamos.

—Lo recuerdo.

—Pero…

Esperé.

—Tengo que irme a clase.

Lo miré incrédula.

—¿En serio?

—Lo siento.

—¿Entonces cuándo?

—Después.

—Siempre dices después.

Mateo bajó la mirada.

—Lo sé.

Sonó el timbre.

Él dio un paso atrás.

—Nos vemos.

—Mateo.

Se detuvo.

—¿Quién es Renata?

Me arrepentí de haberlo preguntado en cuanto las palabras salieron de mi boca.

Mateo levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Por nada.

Sonrió.

—Pensé que no te importaba.

Sentí que me ardían las mejillas.

—No me importa.

—Claro.

Y se fue.

Lo odié un poco.

Pero más me odié a mí misma por haber preguntado.
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Durante el almuerzo, Renata terminó sentándose con nosotros.

—Hola —dijo alegremente—. Soy Renata.

—Valeria.

—Ya sé.

La miré.

—¿Ya sabes?

—Mateo me ha hablado de ti.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Qué dijo?

Renata sonrió.

—Que eres muy inteligente.

No sabía qué esperaba escuchar.

Pero definitivamente no era eso.

—Ah.

—Y que eres imposible de convencer cuando tienes una idea en la cabeza.

Sofía soltó una carcajada.

—Eso sí es verdad.

Renata se rio.

—Me cae bien.

—¿Quién? —preguntó Mateo, apareciendo detrás de nosotros.

—Tu amiga.

Mateo miró a Renata.

—No es mi amiga.

—Todavía —respondió ella.

Él negó con la cabeza, divertido.

Yo bajé la mirada hacia mi comida.

No quería escuchar más.

No porque me importara.

Sino porque, por primera vez, me pregunté cuánto tiempo podía seguir fingiendo que no me importaba.

Y lo peor era que Mateo parecía estar empezando a darse cuenta.




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