Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 11----Lo que no me contaste

Durante todo el día, Valeria intentó convencerse de que no había cambiado nada.

Era una mentira bastante mala.

Antes de aquella conversación, podía fingir que no sabía.

Podía decirse que quizá Mateo nunca había sentido lo mismo. Que todas aquellas miradas, mensajes a medianoche, celos sin derecho y momentos que parecían demasiado importantes habían sido solo cosas que ella había interpretado mal.

Pero ahora no.

Ahora lo sabía.

Mateo Ferrer había estado enamorado de ella.

O, al menos, le había gustado.

Y lo peor era que todavía le gustaba.

Valeria llevaba veinte minutos mirando el mismo párrafo de su cuaderno cuando Sofía le quitó el bolígrafo de la mano.

—Vas a romperlo.

—¿Qué?

—El bolígrafo.

Valeria bajó la mirada.

Lo estaba apretando tanto que tenía los dedos blancos.

—Ah.

Sofía dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Vas a contarme qué pasó?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si te lo cuento, vas a decir algo.

—Obviamente.

—Y no quiero escucharlo.

Sofía sonrió.

—Entonces definitivamente necesito saberlo.

Valeria suspiró.

Miró hacia el otro lado del salón.

Mateo estaba sentado con Nico y Diego. Hablaba con ellos, pero no parecía estar escuchando demasiado.

En algún momento levantó la vista.

Sus ojos encontraron los de Valeria.

Esta vez ninguno apartó la mirada.

Fue extraño.

Porque durante años habían hecho exactamente lo contrario.

Mirarse demasiado.

Apartarse demasiado rápido.

Volver a buscarse cuando creían que el otro no estaba mirando.

Ahora ya no había dónde esconderse.

Mateo fue el primero en sonreír.

Una sonrisa pequeña.

Casi nerviosa.

Valeria respondió.

Y entonces sonó el timbre.

—Qué romántico —murmuró Sofía.

—Cállate.

—No dije nada.

—Lo pensaste.

—También es verdad.

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Mateo esperó hasta el final de las clases.

Valeria lo supo desde que salió del salón.

Estaba apoyado contra la pared del pasillo, con la mochila colgada de un solo hombro.

Cuando la vio, se enderezó.

—Hola.

—Hola.

Los dos se quedaron quietos.

Como si ninguno supiera qué hacer después.

Mateo se pasó una mano por el cabello.

—Sobre ayer…

Valeria sintió que el corazón le daba un golpe.

—Sí.

—No quiero que pienses que…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Que lo dije solo porque me preguntaste.

Valeria frunció el ceño.

—¿Y por qué lo dijiste?

Mateo soltó una risa nerviosa.

—Porque era verdad.

Eso fue suficiente para dejarla sin respuesta.

Mateo bajó la mirada.

—Me gustas desde hace mucho.

—¿Cuánto?

Él sonrió.

—¿Quieres una fecha exacta?

—Tal vez.

—No tengo una.

—Entonces dime cuándo te diste cuenta.

Mateo pensó unos segundos.

—No sé.

—Mateo.

—Valeria, de verdad no sé.

Se acercó un poco.

—Solo sé que un día empecé a buscarte aunque no necesitara nada.

Ella sonrió.

—Eso suena bastante a ti.

—¿A qué te refieres?

—Siempre encontrabas una excusa.

—Tú también.

Valeria abrió la boca para responder, pero no encontró nada.

Porque tenía razón.

Los dos habían sido así.

Siempre había una excusa.

Un mensaje.

Un trabajo.

Una pregunta.

Un asiento.

Una caminata.

Un “¿llegaste bien?”.

Un “¿estás despierta?”.

Cualquier cosa servía mientras significara volver a hablar.

—Entonces… —dijo ella lentamente— ¿por qué nunca hiciste nada?

Mateo dejó de sonreír.

Ahí estaba otra vez.

Ese lugar al que siempre llegaban y del que ninguno sabía cómo salir.

—Porque tenía miedo.

—¿De mí?

—De perderte.

Valeria tragó saliva.

—Pero nunca me tuviste.

Mateo levantó la mirada.

La frase pareció dolerle.

—Ya lo sé.

Silencio.

—Entonces ¿qué pasó? —preguntó ella—. Dijiste que había algo que nunca me contaste.

Mateo miró hacia el patio.

Durante unos segundos pareció debatirse entre hablar o marcharse.

—Sí.

—¿Qué es?

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque no quiero decirlo así.

—¿Así cómo?

—Con gente pasando alrededor. Con cinco minutos antes de que tengamos que irnos. Con Nico apareciendo cada treinta segundos.

Valeria sonrió.

—Eso último sí sería bastante probable.

Mateo también sonrió.

Pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Te lo voy a contar.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Valeria cruzó los brazos.

—Esa palabra no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque siempre significa que no sabes cuándo.

Mateo la miró durante unos segundos.

—Esta vez sí sé.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Ella arqueó una ceja.

—¿Otra vez mañana?

—Esta vez de verdad.

Valeria negó con la cabeza.

—Eso dijiste ayer.

—Y ayer te dije que me gustabas.

—Cierto.

—Y hoy sigo pensando lo mismo.

Valeria sintió que una sonrisa se le escapaba.

—Entonces mañana.

—Mañana.

Mateo comenzó a caminar.

Después de unos pasos, se detuvo.

—Valeria.

—¿Sí?

—No quiero que esto cambie lo que somos.

Ella se quedó mirándolo.

—¿Y qué somos?

Mateo sonrió con tristeza.

—Ese es exactamente el problema.

Y se fue.

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Esa noche, Valeria abrió las notas de su teléfono.

Tenía decenas de fragmentos que nunca había enviado.

Algunos eran de hacía años.

Otros de hacía apenas unas semanas.

Buscó uno al azar.

“A veces creo que si te lo dijera, todo sería más fácil.”

Lo leyó.

Después abrió otro.

“Me gustaría saber qué pasaría si dejaras de tener miedo.”

Valeria se quedó quieta.

Porque ahora sabía algo que cuando había escrito aquello no sabía.




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