Entre lo que nunca fuimos

capítulo 12----Antes de nosotros

Al día siguiente, Valeria llegó al colegio diez minutos antes de lo habitual.

No porque quisiera.

O eso se repetía.

Había dormido poco.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía el mismo mensaje.

Esta vez no quiero hacerlo.

No sabía si Mateo se refería a escapar de la conversación o a algo mucho más grande.

Y odiaba no saberlo.

—Tienes cara de no haber dormido —dijo Sofía apenas la vio.

—Dormí.

—Claro.

—Dormí.

—¿Cuánto?

Valeria se quedó pensando.

—No sé.

Sofía sonrió.

—Eso pensé.

Valeria dejó la mochila sobre la silla.

—Hoy me va a contar.

Sofía se quedó quieta.

—¿Qué?

—Lo que nunca me contó.

—¿Y sabes qué es?

—No.

—¿Y él sí?

—Supongo.

Sofía se sentó frente a ella.

—¿Te dijo algo más?

Valeria dudó.

Que no empezó cuando yo creo.

La expresión de Sofía cambió.

—¿Cómo que no empezó cuando tú crees?

—Eso mismo me pregunto.

—¿Y cuándo crees que empezó?

Valeria miró hacia la ventana.

—Cuando tenía quince.

Sofía negó lentamente.

—Yo no creo que haya empezado ahí.

—¿Por qué?

—Porque cuando los conocí, ustedes ya se miraban raro.

Valeria soltó una pequeña risa.

—Eso no significa nada.

—Valeria.

—¿Qué?

—Hay cosas que no significan nada.

Sofía se inclinó hacia ella.

—Y luego están ustedes.

Antes de que Valeria pudiera responder, alguien pasó junto a ellas.

Mateo.

No dijo nada.

Solo dejó algo sobre la mesa de Valeria.

Un lápiz.

Ella lo reconoció inmediatamente.

Era azul.

Viejo.

Con una pequeña marca en uno de los extremos.

Valeria lo tomó.

—¿Qué es esto?

Mateo se encogió de hombros.

—Una prueba.

—¿De qué?

—De que sí me acuerdo.

Y siguió caminando.

Valeria miró el lápiz.

Después miró a Sofía.

—¿Qué acaba de pasar?

Sofía sonrió.

—No tengo idea.

—¿Tú sabes algo?

—No.

—Sofía.

—Te juro que no.

Pero estaba sonriendo demasiado.

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A la hora del almuerzo, Mateo finalmente se acercó.

—¿Podemos hablar?

Valeria dejó el tenedor.

—Pensé que nunca lo preguntarías.

—Ven.

Caminaron hasta una zona más tranquila detrás del edificio.

No era exactamente un lugar secreto.

Pero nadie iba allí a menos que quisiera estar solo.

Mateo se apoyó contra la pared.

Valeria permaneció de pie frente a él.

—Bueno.

—Bueno.

—Habla.

Mateo soltó una risa.

—¿Siempre eres así de paciente?

—No cuando me haces esperar desde ayer.

—Justo eso quería evitar.

Valeria cruzó los brazos.

—Entonces empieza.

Mateo respiró profundamente.

—Antes de que te conociera como me conoces ahora…

Se detuvo.

—¿Sí?

—Yo ya sabía quién eras.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué?

—No mucho. Pero sabía quién eras.

—¿Cómo?

Mateo bajó la mirada.

—Mi hermana iba a tu colegio.

Valeria parpadeó.

—¿Julia?

—Sí.

—¿Y?

—La acompañé una vez a una actividad.

Valeria intentó recordar.

—Eso fue hace muchísimo.

—Sí.

—¿Y yo estaba ahí?

Mateo asintió.

—Tenías como catorce.

Valeria sintió un pequeño escalofrío.

—¿Me viste?

—Sí.

—¿Y nunca me dijiste?

—No.

—¿Por qué?

Mateo sonrió.

—Porque no sabía que algún día ibas a ser importante para mí.

La frase la dejó sin respuesta.

—¿Entonces qué pasó ese día?

Mateo se quedó mirando el suelo.

—Nada.

Valeria abrió los ojos.

—¿Nada?

—Nada importante.

—Mateo, acabas de decirme que ya me habías visto antes.

—Sí.

—Eso no es nada.

—Para mí sí lo fue.

—¿Por qué?

Él levantó la mirada.

—Porque me acuerdo.

Valeria sintió que se le aceleraba el corazón.

—¿De qué?

Mateo tardó unos segundos en responder.

—De que estabas sentada sola.

Ella no entendió.

—¿Y?

—Tenías un libro.

—¿Cuál?

Mateo sonrió.

—No me acuerdo.

Valeria soltó el aire.

—Entonces no te acuerdas.

—Sí me acuerdo de ti.

Aquello la hizo callar.

Mateo metió las manos en los bolsillos.

—Estabas leyendo y todo el mundo estaba hablando. Tú no.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?

—Nada.

—Entonces…

—Pero cuando llegué a mi salón unas semanas después y te vi, te reconocí.

Valeria sintió que algo encajaba.

El asiento.

El primer día.

La forma en que él había actuado como si sentarse a su lado fuera la cosa más natural del mundo.

—¿Por eso te sentaste conmigo?

Mateo negó.

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Porque eras la única persona que conocía.

Valeria se rio.

—Eso es mentira.

—Un poco.

—Mateo.

Él sonrió.

—También quería ver si te acordabas de mí.

Valeria se quedó quieta.

—No me acordaba.

—Ya lo sé.

—¿Y eso te molestó?

—Un poco.

—¿Por qué?

Mateo se encogió de hombros.

—No sé.

Valeria lo observó.

Había algo en su expresión que no había visto antes.

Algo parecido a vergüenza.

—¿Y el lápiz?

Mateo miró el que ella tenía en la mano.

—Ese fue después.

—¿Por qué me lo devolviste tantos meses después?

—Porque lo habías guardado.

Valeria frunció el ceño.

—¿Cómo sabías?

—Te vi sacarlo de tu mochila un día.

Ella abrió la boca.

—¿Me estabas mirando?

—No de esa forma.

—¿De qué forma?

Mateo sonrió.

—De la forma en que tú me mirabas a mí.

Valeria sintió calor en las mejillas.

—Eso no responde nada.

—Lo sé.

Por unos segundos ninguno habló.




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