Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 14----Después de aquel día

Mateo no durmió bien.

No porque no supiera qué decirle a Valeria.

Sino porque sabía exactamente qué tenía que contarle.

Y llevaba años evitando hacerlo.

Se quedó mirando el techo de su habitación mientras los recuerdos volvían uno detrás de otro.

El gimnasio.

Las escaleras.

La llamada de su padre.

La expresión de Valeria cuando se separaron.

Y después…

Todo lo que ocurrió cuando ella se fue.

Cerró los ojos.

Había intentado convencerse de que ya no importaba.

Pero algunas cosas no dejan de importar solo porque pasen los años.

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Tenía dieciséis años.

Y aquella tarde había sido una de las pocas en las que había conseguido quedarse a solas con Valeria.

El gimnasio estaba casi vacío.

Habían terminado una actividad hacía unos minutos y todos se habían marchado.

Valeria estaba sentada en las escaleras.

Mateo se había sentado a su lado.

—Quédate un rato.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Es la única que tengo.

Valeria sonrió.

—Eres pésimo dando explicaciones.

—Ya lo sé.

Hablaron de cosas sin importancia.

De profesores.

De exámenes.

De una película que ninguno había terminado de ver.

De cualquier cosa que les permitiera seguir ahí.

Hasta que llegó el silencio.

Mateo recordó haber mirado sus manos.

Después las de ella.

Y luego su rostro.

—¿Qué? —preguntó Valeria.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—No te estoy mirando raro.

—Sí.

Mateo sonrió.

—Quizá un poco.

Ella negó con la cabeza.

—Eres extraño.

—Tú también.

Se quedaron callados.

Y entonces Mateo se acercó.

Muy despacio.

Lo suficiente para darle tiempo de apartarse.

Valeria no lo hizo.

Él sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.

—¿Puedo…?

No terminó la pregunta.

No hizo falta.

Ella tampoco respondió.

Solo lo miró.

Y por un segundo Mateo pensó que finalmente iba a dejar de tener miedo.

Hasta que sonó su teléfono.

Su padre.

Mateo cerró los ojos.

—Tengo que contestar.

Valeria se apartó.

—Está bien.

Mateo respondió la llamada.

No duró más de un minuto.

Cuando terminó, Valeria ya estaba de pie.

—¿Te vas?

—Sí.

—Valeria…

Ella sonrió.

—Hablamos después.

—Sí.

Pero nunca hablaron.
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O al menos eso era lo que Valeria creía.

Porque después de que ella se fue, Mateo volvió a sentarse en las escaleras.

Se pasó las manos por la cara.

—Idiota.

Había estado a punto.

Por fin.

Después de meses de buscar excusas para estar cerca de ella, había estado a punto de besarla.

Y entonces lo había arruinado.

Sacó el teléfono.

Abrió su conversación con Valeria.

Escribió:

¿Podemos hablar de lo que pasó?

Lo borró.

Escribió:

Lo siento.

Lo borró también.

Finalmente escribió:

¿Llegaste bien?

Envió el mensaje.

Valeria respondió unos minutos después.

Sí. ¿Tú?

Mateo sonrió.

Sí.

Y eso fue todo.

Al día siguiente se comportaron como si nada hubiera ocurrido.

Pero Mateo no pudo hacerlo.

No completamente.

Porque cada vez que la miraba recordaba lo cerca que habían estado.

Y porque había una pregunta que no dejaba de repetirse en su cabeza:

¿Y si ella sí quería?
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Dos días después, Mateo estaba en el patio cuando vio a Valeria hablando con un chico de otro curso.

No era nada.

Una conversación.

Una risa.

Unos minutos.

Pero Mateo sintió algo que no sabía nombrar.

Celos.

Y, por primera vez, comprendió algo que le dio miedo.

Si seguía esperando, alguien más podía llegar primero.

Esa tarde buscó a Diego.

—Necesito preguntarte algo.

Diego levantó la mirada.

—Eso nunca termina bien.

—¿Cómo sabes si le gustas a alguien?

Diego se quedó mirándolo.

—¿A quién?

Mateo no respondió.

—Ah.

Diego sonrió.

—A Valeria.

—No dije eso.

—No hacía falta.

Mateo suspiró.

—Creo que casi la beso.

Diego dejó de sonreír.

—¿Qué?

—El otro día.

—¿Y?

—Nos interrumpieron.

—¿Y qué pasó después?

—Nada.

Diego negó con la cabeza.

—Eres un idiota.

—Gracias.

—¿Se lo vas a decir?

Mateo miró hacia donde estaba Valeria.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Diego soltó una risa.

—Eso significa nunca.

Mateo le dio un golpe en el hombro.

—Cállate.

Pero Diego tenía razón.

Mateo quería decírselo.

Solo que todavía no sabía cómo.

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Dos semanas después ocurrió algo que cambió todo.

Mateo había salido del salón cuando escuchó voces cerca de las escaleras.

Reconoció una de ellas.

Valeria.

Se detuvo.

No quería escuchar.

Pero escuchó.

—¿Te gusta alguien?

Era una voz masculina.

Mateo no reconoció al chico.

Valeria se rio.

—¿Por qué preguntas?

—Porque creo que sí.

Mateo sintió que algo se le hundía en el pecho.

No escuchó la respuesta.

No pudo.

Se marchó antes.

Aquella noche decidió que no iba a decir nada.

Que si Valeria estaba interesada en alguien más, él no iba a arruinarlo.

Que era mejor conservar su amistad.

Que algún día se le pasaría.

No se le pasó.

Pero aprendió a esconderlo.

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—¿Mateo?

La voz de su hermana lo sacó del recuerdo.

Julia estaba parada en la puerta de su habitación.

—¿Qué haces despierto?




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