Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 16----La persona que habló

Mateo llegó a casa sin ganas de hablar con nadie.

Dejó la mochila en el suelo de su habitación y se quedó mirando el teléfono.

El mensaje de Camila seguía ahí.

Tenemos que hablar. Ya sé quién fue.

Mateo sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarlo.

Solo esperaba que fuera después de haberle contado todo a Valeria.

No antes.

Su teléfono volvió a vibrar.

Camila: ¿Puedes salir?

Mateo respondió:

Mateo: ¿Ahora?

Camila: Sí.

No preguntó por qué.

Se puso una sudadera y salió.

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Camila lo esperaba en la esquina del parque.

Cuando Mateo llegó, ella no dijo nada durante unos segundos.

—¿Quién fue? —preguntó él.

Camila lo miró.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Sí.

—Entonces escucha antes de sacar conclusiones.

Mateo asintió.

Camila respiró profundamente.

—Fue Nico.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nico.

—No.

—Sí.

Mateo negó con la cabeza.

—Él no…

—No lo hizo con mala intención.

—¿Qué dijo?

Camila bajó la mirada.

—Que Valeria no estaba interesada en ti.

Mateo sintió una mezcla de rabia y decepción.

—¿Por qué?

—Porque creyó que te estaba ayudando.

—¿Ayudándome?

—Sí.

Camila suspiró.

—Nico sabía que estabas pensando en decirle lo que sentías. También sabía que estabas muerto de miedo.

Mateo se pasó una mano por el cabello.

—¿Y entonces?

—Entonces escuchó a Valeria hablando con una amiga.

—¿Qué dijo?

—Que no sabía qué sentía.

Mateo levantó la mirada.

—¿Eso fue todo?

—No.

—¿Qué más?

—Que tenía miedo de arruinar vuestra amistad.

Mateo se quedó callado.

Camila continuó:

—Nico solo escuchó la mitad.

—Y decidió que ella no quería nada conmigo.

—Sí.

Mateo cerró los ojos.

De repente todo encajaba.

No había sido una mentira.

Había sido una interpretación.

Una más.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

—Porque después te vio alejarte y pensó que habías cambiado de opinión.

Mateo soltó una risa amarga.

—Perfecto.

—No fue perfecto.

—No. Fue estúpido.

Camila lo miró.

—Éramos niños.

—Eso no hace que duela menos.

—No.

Silencio.

Mateo miró hacia el parque.

—¿Valeria sabe algo?

—No.

—¿Se lo vas a contar?

Camila negó.

—No me corresponde.

Mateo asintió.

—Entonces se lo diré yo.

—Hazlo.

Camila lo miró fijamente.

—Pero esta vez no esperes a que sea demasiado tarde.

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Mientras tanto, Valeria estaba en casa.

Había abierto el chat con Mateo tres veces.

No había escrito nada.

No quería perseguirlo.

No otra vez.

Su madre pasó frente a la puerta.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Segura?

Valeria sonrió.

—Sí.

Elena siguió caminando.

Valeria volvió a mirar el teléfono.

Nada.

Abrió las notas.

Leyó algunos de los fragmentos que había escrito durante los últimos años.

Uno decía:

“Quizá si él supiera que yo también tengo miedo…”

Valeria lo borró.

Después abrió otro.

“Ojalá algún día deje de esperar.”

También lo borró.

Se quedó mirando la pantalla.

No quería seguir escribiendo sobre lo que podía pasar.

Quería saber qué estaba pasando.

Por primera vez pensó que quizá había esperado demasiado.

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A la mañana siguiente, Mateo llegó temprano.

Encontró a Valeria en el patio.

Estaba hablando con Alex.

Mateo se detuvo.

Durante unos segundos pensó en irse.

Pero recordó las palabras de Camila.

No esperes a que sea demasiado tarde.

Se acercó.

—Valeria.

Ella se giró.

—Hola.

Alex miró a Mateo.

—Voy a dejarles espacio.

—No hace falta —dijo Valeria.

Alex la miró.

—Sí hace falta.

Se alejó.

Mateo esperó hasta que estuvo lo suficientemente lejos.

—Necesito contarte algo.

Valeria cruzó los brazos.

—¿Ahora sí?

Mateo asintió.

—Ahora sí.

—¿Sin “mañana”?

—Sin mañana.

Ella lo miró unos segundos.

—Entonces habla.

Mateo respiró profundamente.

—La persona que me hizo pensar que tú no querías estar conmigo fue Nico.

Valeria parpadeó.

—¿Nico?

—Sí.

—¿Qué hizo?

—Te escuchó hablando con alguien.

—¿Cuándo?

—Después del gimnasio.

Valeria intentó recordar.

—¿Y qué escuchó?

—Que no sabías qué sentías.

Ella bajó la mirada.

—Eso sí lo dije.

—Sí.

—¿Y él te dijo que yo no quería nada contigo?

—Sí.

Valeria soltó el aire.

—Pero eso no significa que no quisiera.

—Ahora lo sé.

—¿Y entonces por qué no me preguntaste?

Mateo sonrió con tristeza.

—Porque tenía dieciséis años y estaba muerto de miedo.

Valeria negó lentamente con la cabeza.

—Yo también.

—Lo sé.

—No, Mateo. No lo sabes.

Él la miró.

—Yo también estaba esperando que hicieras algo.

La expresión de Mateo cambió.

—¿En serio?

Valeria soltó una pequeña risa.

—Sí.

—Entonces…

—Entonces perdimos años por una conversación que ninguno de los dos tuvo.

Mateo bajó la mirada.

—Sí.

Se quedaron en silencio.

Por primera vez, el silencio no se sintió incómodo.

Se sintió triste.

Porque ambos podían ver claramente el camino que no habían tomado.

—Hay algo más —dijo Mateo.

Valeria lo miró.

—¿Qué?

—Nico no fue la única razón por la que me alejé.

Ella sintió que la paciencia volvía a tensarse.

—¿Qué falta ahora?

Mateo dudó.

—Mi padre.




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