Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 17----Lo que mi padre esperaba

—¿Qué tiene que ver tu padre conmigo?

La pregunta de Valeria quedó entre los dos.

Mateo no respondió inmediatamente.

El timbre había sonado hacía unos segundos, pero ninguno parecía dispuesto a entrar al salón.

—Después de aquella llamada —dijo finalmente—, mi padre me dijo que quería hablar conmigo sobre la universidad.

Valeria frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—En ese momento, todo.

—No entiendo.

Mateo bajó la mirada.

—Mi padre siempre ha tenido claro lo que quiere para mí.

—¿Qué quieres decir?

—Que quiere que estudie administración.

—¿Y tú?

Mateo soltó una pequeña risa.

—Yo quiero otra cosa.

—¿Qué?

—Todavía no lo sé.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿No sabes qué quieres estudiar?

—No.

—Pero falta poco para graduarnos.

—Lo sé.

—Entonces…

—Mi padre cree que ya debería saberlo.

Valeria guardó silencio.

De repente entendió por qué Mateo había cambiado durante aquellos años.

No todo tenía que ver con ella.

Quizá había estado luchando contra demasiadas cosas al mismo tiempo.

—¿Y qué te dijo aquella noche?

Mateo respiró profundamente.

—Que no podía seguir perdiendo el tiempo.

Valeria sintió algo extraño.

—¿Perdiendo el tiempo?

—Eso dijo.

—¿Por qué?

—Porque según él, estaba demasiado distraído.

—¿Con qué?

Mateo la miró.

No necesitó responder.

Valeria entendió.

—Conmigo.

Él asintió.

—Me había visto hablando contigo varias veces.

—¿Y qué pensaba?

—Que eras una distracción.

Valeria bajó la mirada.

Aquella palabra le dolió más de lo que esperaba.

—Ah.

—No lo dijo porque tuviera algo contra ti.

—Pero lo dijo.

—Sí.

—Entonces sí importa.

Mateo suspiró.

—Valeria, mi padre no sabía lo que tú significabas para mí.

—¿Y tú sí?

Él la miró.

—Creo que sí.

Ella levantó la mirada.

—¿Desde cuándo?

Mateo sonrió ligeramente.

—Desde mucho antes de saber cómo decirlo.

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La conversación continuó después de clases.

Esta vez en una banca detrás de la biblioteca.

Valeria quería entenderlo.

No para justificarlo.

Solo para saber qué había ocurrido realmente.

—¿Qué hiciste después de esa conversación? —preguntó.

—Nada.

—¿Nada?

—Llegué a mi habitación y pensé que quizá mi padre tenía razón.

Valeria negó con la cabeza.

—¿Sobre mí?

—Sobre todo.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté alejarme.

—Lo recuerdo.

—Yo también.

Valeria sonrió con tristeza.

—Fuiste bastante malo.

—¿En qué?

—En alejarte.

Mateo soltó una risa.

—¿Por qué?

—Porque te ibas y luego volvías.

—No podía evitarlo.

—Eso era precisamente lo que más confundía.

Mateo la miró.

—A mí también.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que intentaba dejar de buscarte, encontraba una razón para hacerlo.

Valeria bajó la mirada.

—¿Como cuáles?

—Un trabajo.

—Conveniente.

—Un mensaje.

—Más conveniente.

—Una excusa para caminar contigo.

—Eso sí era obvio.

Mateo sonrió.

—Y tú siempre aceptabas.

—Porque quería.

La sonrisa desapareció del rostro de Mateo.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces…

Valeria lo interrumpió.

—No empieces.

—¿Qué?

—A pensar que todo habría sido diferente.

Mateo la observó.

—¿No lo piensas tú?

Ella tardó en responder.

—Sí.

Después añadió:

—Pero no quiero vivir de los “qué habría pasado si…”.

Mateo asintió lentamente.

—Yo tampoco.

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Aquella tarde, Mateo llegó a casa y encontró a su padre en el comedor.

Gabriel levantó la mirada.

—¿Podemos hablar?

Mateo se quedó quieto.

La frase le resultó familiar.

Demasiado.

—Sí.

Se sentó frente a él.

Gabriel dejó unos documentos sobre la mesa.

—He hablado con la universidad.

Mateo miró los papeles.

—Papá…

—Solo quiero que tengas opciones.

—Ya sé.

—No, Mateo. No lo sabes.

Gabriel se inclinó ligeramente hacia delante.

—Quiero que tengas una vida estable. No quiero que llegues a los treinta y descubras que tomaste decisiones por impulso.

Mateo guardó silencio.

—No te estoy diciendo que hagas algo que odies.

—Pero quieres que estudie administración.

—Porque tienes talento para eso.

—¿Y si no quiero?

Gabriel suspiró.

—Entonces dime qué quieres.

Mateo abrió la boca.

No respondió.

Porque esa era la parte que más le costaba.

No sabía.

—Eso pensé —dijo su padre.

Mateo sintió una punzada de frustración.

—No significa que no quiera nada.

—Entonces encuentra algo.

—Estoy intentando.

Gabriel lo observó.

—¿Hay alguien?

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Una persona.

—No.

La mentira salió demasiado rápido.

Su padre levantó una ceja.

—Mateo.

—No hay nadie.

Gabriel asintió lentamente.

—Bien.

Pero Mateo sabía que no le había creído.

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Más tarde, Julia entró a su habitación.

—¿Cómo fue?

Mateo estaba sentado frente al escritorio.

—Normal.

—Eso significa mal.

—Un poco.

Julia se sentó junto a él.

—¿Y Valeria?

Mateo sonrió.

—¿Por qué preguntas por ella?

—Porque cuando estás preocupado por algo siempre termina apareciendo su nombre.

—Hoy no.

—Entonces definitivamente estás preocupado.

Mateo soltó una risa.

—Papá sabe que hay alguien.

Julia se quedó quieta.

—¿Le dijiste?

—No.

—¿Y ella sabe que él fue una de las razones por las que te alejaste?




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