Valeria llegó al colegio antes que Mateo.
No porque quisiera verlo.
Al menos eso se dijo.
Había dormido poco y pasado demasiado tiempo pensando en la conversación que supuestamente tendrían el día anterior.
Después de clases.
Esta vez sí.
No voy a escaparme.
Y, aun así, había terminado esperando sola en el patio.
Otra vez.
Valeria dejó la mochila sobre la banca y sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de Mateo.
Mateo: Buenos días.
Lo miró unos segundos.
Respondió:
Valeria: Buenos días.
Nada más.
Guardó el teléfono.
—¿Eso es todo?
Valeria levantó la cabeza.
Sofía estaba frente a ella con dos cafés.
—¿Qué?
—Tu conversación con Mateo.
—Sí.
—¿Buenos días, buenos días y fin?
—Por ahora.
Sofía le entregó uno de los cafés.
—Esto se está poniendo raro.
Valeria sonrió débilmente.
—Siempre ha sido raro.
—No. Antes era confuso. Ahora es raro.
—¿Cuál es la diferencia?
Sofía se sentó a su lado.
—Antes ninguno sabía lo que sentía el otro.
Valeria miró su café.
—Y ahora sí.
—Exacto.
—Y eso debería hacerlo más fácil.
—¿Lo hace?
Valeria negó con la cabeza.
—No.
Sofía se quedó callada.
Después preguntó:
—¿Sigues queriéndolo?
Valeria tardó en responder.
—Sí.
—¿Y él?
—También.
—Entonces, ¿qué demonios están haciendo?
Valeria soltó una pequeña risa.
—Arruinándolo, aparentemente.
Sofía no se rio.
—Valeria.
—¿Qué?
—No puedes pasar otros dos años esperando que Mateo encuentre el momento perfecto.
Valeria bajó la mirada.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
—Porque desde afuera parece que todavía estás esperando.
Valeria respiró hondo.
—Quizá lo estaba.
Sofía la observó.
—¿Y ahora?
Valeria miró hacia el edificio.
—Ahora ya no quiero esperar.
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Mateo llegó diez minutos después.
Entró al patio con Diego y Nico.
Nico estaba hablando de un partido del fin de semana, pero Mateo apenas escuchaba.
En cuanto vio a Valeria, dejó de prestar atención.
Nico siguió su mirada.
—Ah.
Mateo lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Nico.
—Solo digo que llevas tres años haciendo exactamente esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que quiere caminar hacia una persona y al mismo tiempo salir corriendo.
Diego soltó una risa.
—Descripción bastante precisa.
Mateo negó con la cabeza.
—Hoy voy a hablar con ella.
Nico dejó de bromear.
—¿De verdad?
—Sí.
—Bien.
Mateo lo miró.
—Y también voy a hablar contigo después.
Nico entendió inmediatamente.
—Ah.
Diego miró a ambos.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Nico.
Pero no sonó convencido.
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La primera clase pasó lentamente.
La segunda, peor.
Valeria intentó concentrarse, pero cada vez que escuchaba pasos en el pasillo levantaba la mirada.
No era Mateo.
Hasta el recreo.
Cuando salió del salón, lo encontró apoyado contra la pared.
Esperándola.
—Hola —dijo él.
—Hola.
—¿Podemos hablar?
Valeria lo miró.
—Sí.
Mateo respiró profundamente.
—Sobre ayer…
—No tienes que disculparte.
—Sí tengo.
—No.
—Valeria.
—Mateo, no quiero otra explicación sobre por qué no pudiste hablar conmigo.
Él se quedó quieto.
—Quiero saber qué vas a hacer ahora.
Aquella frase lo desarmó.
—No sé.
Valeria sonrió, pero no fue una sonrisa feliz.
—Ese es el problema.
—Estoy intentando descubrirlo.
—Llevas años intentando descubrirlo.
Mateo bajó la mirada.
—Lo sé.
—Y mientras tú intentabas descubrirlo, yo también esperaba.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo sabes.
Valeria sintió que la voz le temblaba.
—Yo también tuve miedo, Mateo.
Él levantó la mirada.
—Pensé que si te decía lo que sentía y tú no sentías lo mismo, te perdería.
Mateo tragó saliva.
—Yo pensé exactamente eso.
—Y entonces ninguno dijo nada.
—Sí.
—Y ahora resulta que los dos sentíamos lo mismo.
—Sí.
—¿No te parece absurdo?
Mateo sonrió ligeramente.
—Muchísimo.
Por un momento, el silencio entre ambos fue distinto.
Más tranquilo.
Más honesto.
Pero Valeria no quiso dejarlo ahí.
—¿Qué quieres conmigo?
Mateo abrió la boca.
Esta vez no había timbre.
No había Nico.
No había nadie acercándose.
No había excusa.
Solo ellos.
—Quiero…
Se detuvo.
Valeria esperó.
Mateo respiró.
—Quiero intentarlo.
Ella lo miró.
—¿Intentar qué?
—Esto.
—¿Qué es esto?
Mateo soltó una pequeña risa nerviosa.
—No lo sé.
—Entonces no me estás respondiendo.
Él asintió.
—Tienes razón.
Valeria cruzó los brazos.
—No quiero otro casi, Mateo.
Aquellas palabras le dolieron.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
—Yo tampoco.
—Entonces no me digas que quieres intentarlo si no sabes qué significa.
Mateo la miró durante unos segundos.
—Significa que quiero dejar de fingir que eres solamente mi amiga.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.
—¿Y qué soy?
Mateo sonrió.
—Eso es lo que quiero descubrir contigo.
Valeria no respondió inmediatamente.
Porque era probablemente lo más parecido a una confesión que él había hecho.
Y, aun así, no era suficiente.
No todavía.
—Tengo que pensarlo.
Mateo asintió.
—Está bien.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Por qué?
—Porque llevas años esperando por mí.