Mateo la esperaba frente a una cafetería pequeña.
—Llegaste —dijo.
—Eso parece.
—Pensé que no vendrías.
Valeria levantó una ceja.
—¿Después de todo lo que me costó aceptar?
Mateo sonrió.
—Justo por eso.
Entraron.
Al principio fue raro.
Demasiado raro.
Habían pasado años hablando durante horas, pero ahora que estaban sentados frente a frente con la intención de tener una cita, ninguno sabía qué decir.
—Esto es incómodo —dijo Valeria.
Mateo soltó una risa.
—Muchísimo.
—Bien.
—¿Bien?
—Significa que no soy la única.
Poco a poco comenzaron a hablar.
De cosas tontas. De profesores. De música. De la universidad.
Por un momento, pareció que podían olvidar todo lo que había pasado entre ellos.
Hasta que Mateo preguntó:
—¿Te arrepientes?
Valeria dejó de mover la cuchara.
—¿De qué?
—De haber aceptado salir conmigo.
Ella lo miró.
—Todavía no.
Mateo sonrió.
—¿Todavía?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Al salir de la cafetería caminaron por el parque.
Sus manos estuvieron cerca varias veces.
Ninguno hizo nada.
Cuando llegaron a la esquina donde tenían que separarse, Mateo se detuvo.
—Me gustó.
—¿La cita?
—Sí.
Valeria sonrió.
—A mí también.
Hubo un silencio.
Mateo pareció querer decir algo.
Pero finalmente solo dijo:
—Entonces… ¿nos vemos el lunes?
Valeria asintió.
—El lunes.
Se despidieron.
Ella caminó unos metros y miró hacia atrás.
Mateo todavía estaba allí.
Él también la estaba mirando.
Ninguno regresó.
Porque quizá ambos entendían que, si uno volvía, esa noche podía convertirse en algo para lo que todavía no estaban preparados.
Y ninguno quería arruinarlo.
Todavía.