El viernes llegó más rápido de lo que Valeria esperaba.
Durante toda la semana había intentado no pensar demasiado en la segunda cita.
No había funcionado.
—Estás nerviosa —dijo Sofía mientras caminaban por el pasillo.
—No.
—Sí.
—Un poco.
Sofía sonrió.
—¿Y sabes qué es lo mejor?
—¿Qué?
—Que esta vez él fue quien te invitó.
Valeria bajó la mirada.
Eso era justamente lo que la ponía nerviosa.
Mateo había empezado a hacer algo.
Y ella no sabía cuánto podía confiar en que esta vez no retrocediera.
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A las seis en punto, Valeria llegó al lugar que Mateo había elegido.
Era una pequeña feria de libros que se hacía una vez al año en el centro de la ciudad.
—Pensé que te gustaría —dijo él cuando apareció.
Valeria miró los puestos.
—¿Cómo sabías?
Mateo se encogió de hombros.
—Te conozco desde hace años.
Ella sonrió.
—Eso no significa que sepas todo de mí.
—No.
Mateo la miró.
—Pero quiero saberlo.
Valeria sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
Decidió ignorarlo.
—Vamos antes de que empiece a llover.
Caminaron entre los puestos, hablando de libros, profesores, universidad y cosas que normalmente no se atrevían a decirse.
Por un momento, fue fácil.
No había preguntas incómodas.
No había celos.
No había Alex ni Renata.
Solo ellos dos.
Hasta que Valeria vio a alguien conocido.
Alex.
Estaba al otro lado de la calle.
También la había visto.
Mateo siguió su mirada.
—¿Quieres ir con él?
Valeria negó lentamente.
—No.
Mateo pareció relajarse.
—¿Segura?
—Sí.
Ella lo miró.
—Hoy estoy aquí contigo.
Mateo sonrió.
Pero antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.
Un mensaje de Renata.
¿Sigues en pie para mañana?
Mateo miró la pantalla.
Valeria alcanzó a verlo.
No dijo nada.
Solo apartó la mirada.
Y Mateo entendió que, aunque aquella noche parecía estar saliendo bien, todavía había demasiadas cosas sin resolver.
—Valeria…
—No tienes que explicarme.
—Pero quiero.
Ella lo miró.
Mateo guardó el teléfono.
—Entonces te lo contaré.
Valeria sonrió apenas.
—Algún día tendrás que dejar de decirme eso y hacerlo.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Lo sé.
Y siguieron caminando.
Sin darse cuenta de que, quizá, ese era precisamente el problema.
Siempre sabían lo que tenían que decir.
Solo que casi nunca lo decían a tiempo.