La segunda cita terminó sin un beso.
Tampoco hubo una confesión.
Solo un abrazo breve antes de separarse.
—Me gustó —dijo Mateo.
—A mí también.
—¿Nos vemos el lunes?
Valeria asintió.
—El lunes.
Y se fue.
Por primera vez en mucho tiempo, Valeria caminó de regreso a casa sonriendo.
Hasta que recordó el mensaje de Renata.
¿Sigues en pie para mañana?
No sabía por qué le molestaba.
Mateo y ella no eran novios.
Ni siquiera habían hablado de qué eran.
Pero después de aquella noche, después de todo lo que habían esperado, le parecía extraño que Mateo pudiera salir con otra persona al día siguiente como si nada.
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El sábado por la tarde, Valeria recibió un mensaje de Sofía.
¿Ya viste las historias?
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué historias?
Sofía le mandó una captura.
Mateo estaba en la feria.
Con Renata.
Valeria sintió que algo se le cerraba en el pecho.
No estaban haciendo nada extraño.
Solo caminaban juntos.
Pero la sonrisa de Mateo era la misma que había tenido con ella la noche anterior.
Y eso dolió más de lo que quería admitir.
No tienes derecho, se recordó.
El problema era que tener razón no hacía que doliera menos.
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El lunes, Mateo la esperó a la entrada.
—Hola.
—Hola.
Él notó inmediatamente que algo había cambiado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Valeria…
—No pasa nada.
Mateo suspiró.
—Eso nunca significa que no pase nada.
Ella lo miró.
—¿La pasaste bien el sábado?
Mateo tardó unos segundos.
—Sí.
Valeria asintió.
—Me alegro.
Intentó pasar de largo, pero él la detuvo suavemente.
—También pensé en ti.
Ella se quedó quieta.
—¿Mientras estabas con ella?
—Sí.
—Eso no debería hacerme sentir mejor.
—No quería que te sintieras mal.
—Entonces no entiendo por qué fuiste.
Mateo bajó la mirada.
—Porque no somos nada.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Valeria respiró lentamente.
—Exacto.
Y se marchó.
Mateo se quedó observándola alejarse.
Había dicho la verdad.
Pero, por alguna razón, nunca había sonado tan cruel.
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Esa tarde, Mateo recibió un mensaje de Renata.
¿Está todo bien con Valeria?
Él escribió:
No lo sé.
Renata tardó unos segundos en responder.
Entonces pregúntale.
Mateo miró la pantalla.
Después escribió algo que borró tres veces.
Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.
Porque preguntar significaba arriesgarse a escuchar una respuesta que quizá no estaba preparado para recibir.
Y mientras tanto, Valeria hacía exactamente lo mismo.
Los dos querían saber.
Los dos tenían miedo de preguntar.
Y, una vez más, el silencio empezaba a decidir por ellos.