Durante los siguientes días, Valeria hizo algo que no estaba acostumbrada a hacer.
Dejó de buscar a Mateo.
No lo esperaba en los pasillos.
No revisaba el teléfono esperando un mensaje suyo.
Y, cuando él se acercaba, ella hablaba con normalidad.
Como si nada hubiera pasado.
Mateo lo notó.
—¿Estás evitándome?
—No.
—Lo estás haciendo.
Valeria cerró su casillero.
—Solo estoy haciendo lo mismo que tú.
—¿Qué significa eso?
Ella lo miró.
—Recordar que no somos nada.
Mateo se quedó callado.
La frase que él mismo había utilizado ahora le pesaba.
—No quise decirlo así.
—Pero lo dijiste.
—Porque pensé que era lo correcto.
—¿Y lo es?
Mateo no supo qué responder.
Valeria sonrió con tristeza.
—Ese es el problema, Mateo. Siempre estás buscando lo correcto para no decir lo que realmente quieres.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Y tú qué quieres?
Valeria sintió que la pregunta le dolía más de lo esperado.
—No lo sé.
Era mentira.
Sí lo sabía.
Quería que él la eligiera.
Pero estaba cansada de esperar a que lo hiciera.
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Esa tarde, Alex la encontró en la biblioteca.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Últimamente dices mucho eso.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Tal vez debería dejar de decirlo.
Alex se sentó frente a ella.
—No tienes que contarme nada.
Valeria agradeció que no insistiera.
—Gracias.
Alex sonrió.
—Pero sí quería preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Todavía quieres salir conmigo?
Valeria se quedó pensando.
No quería usarlo para darle celos a Mateo.
Tampoco quería fingir que no le gustaba pasar tiempo con él.
—Sí —respondió finalmente—. Quiero conocerte.
Alex asintió.
—Entonces hagámoslo.
Sin juegos.
Sin esperar a que adivinara.
Sin preguntarle qué significaba cada mirada.
Valeria sonrió.
Era extraño.
Con Alex, las cosas parecían fáciles.
Y quizá eso era precisamente lo que más miedo le daba.
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Esa noche, Mateo recibió un mensaje de Valeria.
Valeria: Mañana voy a salir con Alex.
Mateo miró la pantalla durante varios segundos.
Escribió:
Mateo: Está bien.
Lo borró.
Volvió a escribir.
Mateo: ¿Es una cita?
También lo borró.
Finalmente dejó el teléfono sobre la cama.
No tenía derecho a preguntarlo.
Pero por primera vez entendió algo que hasta entonces había evitado:
si seguía sin decir nada, algún día podría recibir una respuesta que ya no pudiera cambiar.
Tomó el teléfono otra vez.
Escribió:
Mateo: No quiero que salgas con él.
Se quedó mirando el mensaje.
Y no lo envió.
Porque quería ser valiente.
Pero todavía no sabía cómo.