Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 30----Lo que no envié

Mateo siguió mirando la pantalla.

El mensaje continuaba ahí.

No quiero que salgas con él.

Cuatro palabras que podían cambiarlo todo.

O empeorarlo.

Apagó el teléfono y lo dejó sobre la cama.

—Cobarde —murmuró para sí.

Se levantó y caminó hasta la ventana.

Desde allí podía ver algunas luces de las casas vecinas. Todo parecía tranquilo, normal. Como si su vida no estuviera girando alrededor de una conversación que llevaba años intentando tener.

Pensó en Valeria.

En el primer día que se sentó a su lado.

En el asiento que había reservado para ella al día siguiente.

En el gimnasio.

En aquella noche en la que casi la besó.

En las veces que quiso decirle que le gustaba y terminó preguntándole cualquier otra cosa.

En los años que habían pasado haciendo exactamente lo mismo.

Acercarse.

Alejarse.

Volver.

Y ahora Alex estaba ahí.

Un chico que no parecía tener miedo de decirle a Valeria que la quería conocer.

Un chico que no necesitaba años para tomar una decisión.

Mateo cerró los ojos.

—No puedo seguir así.
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Al día siguiente llegó temprano al colegio.

Diego lo encontró sentado en las gradas del patio.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—Pensando.

—Eso nunca termina bien contigo.

Mateo sonrió.

—Ayer casi le escribí a Valeria que no quería que saliera con Alex.

Diego se sentó a su lado.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque no tengo derecho.

—Otra vez con eso.

—Es verdad.

—No. Es cómodo.

Mateo lo miró.

Diego continuó:

—Cada vez que quieres hacer algo, dices que no tienes derecho. Pero cuando Valeria se aleja, te duele. Cuando sale con Alex, te molesta. Cuando habla con alguien más, te pones celoso.

—¿Qué quieres que haga?

—Decir la verdad.

Mateo soltó una risa amarga.

—Eso llevo años intentando.

—No. Llevas años intentando encontrar el momento perfecto para decirla.

Mateo guardó silencio.

—Y te tengo una noticia —añadió Diego—. No existe.

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A media mañana, Mateo vio a Valeria salir del salón.

Ella también lo vio.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Finalmente, Mateo caminó hacia ella.

—¿Podemos hablar?

Valeria dudó.

—Tengo que entregar esto en secretaría.

—Te acompaño.

Ella asintió.

Caminaron juntos por el pasillo.

—¿Sigues molesta?

—No estoy molesta.

—¿Entonces?

Valeria respiró hondo.

—Estoy cansada.

Mateo frunció el ceño.

—¿De mí?

—De no saber qué hacer contigo.

Él bajó la mirada.

—Yo tampoco sé qué hacer conmigo.

—Eso es lo que me preocupa.

Llegaron a las escaleras y Valeria se detuvo.

—Mateo, tú me dices que te gusto. Me dices que no quieres perderme. Me invitas a salir. Después sales con Renata. Luego me dices que no somos nada.

—Sé que parece contradictorio.

—Porque lo es.

—No quiero mentirte.

—Entonces no lo hagas.

Mateo la miró.

—¿Qué quieres que te diga?

Valeria sostuvo su mirada.

—Lo que realmente quieres.

Él sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Podía hacerlo.

Podía decirlo.

Podía terminar con todos esos años de dudas.

—Quiero…

Una voz los interrumpió.

—Valeria.

Alex estaba al final del pasillo.

Ella se giró.

—¿Sí?

—¿Sigues libre después de clases?

Mateo apartó la mirada.

Valeria miró primero a Alex y después a él.

—Sí.

—Entonces nos vemos después.

Alex se fue.

Mateo soltó lentamente el aire.

—Vas a salir con él.

No era una pregunta.

—Sí.

—Está bien.

Valeria frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Ese es exactamente mi problema.

Ella negó con la cabeza.

—No, Mateo. Tu problema es que siempre esperas que yo diga primero lo que tú estás pensando.

Él sintió el golpe de la frase.

Porque era verdad.

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Después de clases, Valeria se encontró con Alex en una cafetería pequeña cerca del colegio.

Hablaron durante horas.

De música.

De universidad.

De sus familias.

De las cosas que querían hacer después de graduarse.

Alex le contó que quería estudiar ingeniería.

Valeria le habló de sus dudas.

—¿Tú sabes qué quieres? —preguntó él.

Ella pensó en Mateo.

—No completamente.

—Está bien.

—¿Tú nunca tienes miedo?

Alex sonrió.

—Claro que sí.

—No parece.

—Porque aprendí algo.

—¿Qué?

—Que tener miedo no significa que tengas que quedarte quieto.

Valeria bajó la mirada.

Las palabras le resultaron demasiado familiares.

Quizá porque alguien más llevaba años diciéndole lo mismo sin decirlo.

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Esa noche, Mateo estaba en su habitación cuando recibió una notificación.

Una foto.

Valeria y Alex sentados en la cafetería.

No era una foto romántica.

Ni siquiera estaban demasiado cerca.

Pero Mateo sintió que algo dentro de él se quebraba.

No por Alex.

Por él mismo.

Porque había tenido oportunidades.

Muchas.

Y siempre había elegido esperar.

Tomó el teléfono.

Abrió la conversación con Valeria.

Escribió:

Tenemos que hablar.

Se quedó mirando las palabras.

Esta vez no las borró.

Las envió.

La respuesta llegó unos minutos después.

¿Sobre qué?

Mateo escribió:

Sobre lo que quiero.

Valeria tardó en contestar.

Mucho.

Finalmente apareció:

Entonces mañana quiero escucharlo.

Mateo dejó el teléfono sobre la cama.




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