Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 31----Lo que quiero

Valeria pasó casi toda la noche pensando en el mensaje de Mateo.

Sobre lo que quiero.

Había leído esas cuatro palabras tantas veces que terminaron perdiendo sentido.

¿Qué quería realmente?

¿Decirle que quería estar con ella?

¿Pedirle que esperara?

¿O simplemente explicarle algo más que llevaba años guardándose?

Valeria no lo sabía.

Y eso era lo que más miedo le daba.

Porque, por primera vez, Mateo había prometido hablar sin esconderse detrás de un “después”, un “luego” o un “cuando pueda”.

Y ella había decidido escucharlo.

Pero escuchar no significaba aceptar cualquier respuesta.

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A la mañana siguiente, Mateo llegó al colegio con la sensación de que llevaba una piedra en el pecho.

Diego lo encontró antes de entrar a clases.

—¿Hoy es el gran día?

Mateo lo miró.

—No sé.

—Ayer estabas seguro.

—Ayer no tenía que hacerlo.

Diego soltó una risa.

—¿Sabes qué es lo peor de ti?

—Hay muchas opciones.

—Que piensas que decir la verdad significa tener todas las respuestas.

Mateo se quedó callado.

—No tienes que saber cómo va a terminar —continuó Diego—. Solo tienes que decirle cómo estás ahora.

Mateo asintió lentamente.

—Eso sí puedo hacerlo.

—Entonces hazlo.

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La encontró durante el recreo.

Valeria estaba sentada con Sofía, pero cuando vio a Mateo acercarse, supo inmediatamente a qué venía.

Sofía miró a ambos.

—Voy por algo de comer.

Valeria la observó alejarse.

—Me vendiste muy rápido.

—Después me agradeces.

Mateo sonrió.

—¿Podemos caminar?

Valeria se levantó.

Caminaron hasta el jardín trasero del colegio.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Dijiste que querías contarme lo que quieres —dijo Valeria.

—Sí.

Mateo respiró profundamente.

—Quiero seguir estando cerca de ti.

Ella no respondió.

—Quiero seguir saliendo contigo. Quiero conocerte de otra manera. Quiero dejar de fingir que no me importa cuando sales con alguien más.

Valeria bajó la mirada.

—¿Y eso qué significa?

Mateo negó con la cabeza.

—No lo sé.

Ella levantó los ojos.

—¿No lo sabes?

—No sé qué nombre ponerle todavía.

Valeria guardó silencio.

—Pero sí sé algo —continuó él—. No quiero que seas solamente mi amiga.

El corazón de Valeria se aceleró.

—Mateo…

—Déjame terminar.

Ella asintió.

—Me gustas. Desde hace mucho. Y todavía me gustas. Eso sí lo sé. Lo que no sé es cómo hacer que esto funcione sin arruinar lo que tenemos.

Valeria sintió que los ojos se le humedecían.

No porque fuera exactamente lo que esperaba.

Sino porque era la primera vez que él no estaba huyendo.

—Yo también tengo miedo —admitió.

Mateo sonrió apenas.

—Lo sé.

—No quiero volver a esperar años por una respuesta.

—No quiero hacerte esperar.

—Entonces no me prometas cosas que no sabes si puedes cumplir.

Mateo asintió.

—No lo haré.

Hubo un silencio diferente.

Más tranquilo.

Más honesto.

Hasta que Valeria preguntó:

—¿Y Renata?

Mateo se quedó quieto.

Sabía que esa pregunta llegaría.

—Me cae bien.

—Eso no responde.

—No estoy enamorado de ella.

Valeria apartó la mirada.

—Pero saliste con ella.

—Sí.

—¿Y volverías a hacerlo?

Mateo dudó.

Y esa duda fue suficiente.

Valeria respiró profundamente.

—Ya entendí.

—No, espera.

—No estoy enojada.

—Entonces, ¿qué?

Ella lo miró.

—Estoy intentando entender si lo que quieres conmigo es suficiente para que dejes de buscar otras opciones.

Mateo no respondió.

Porque no sabía si podía pedirle a Renata que desapareciera de su vida cuando él y Valeria todavía no habían decidido qué eran.

Y esa era precisamente la contradicción que los seguía persiguiendo.

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Después de clases, Mateo encontró a Renata.

—¿Podemos hablar?

Ella lo miró con curiosidad.

—Claro.

Se sentaron en una banca.

—Creo que tengo que ser honesto contigo.

Renata sonrió ligeramente.

—Eso suena serio.

—Me gustas.

Ella levantó las cejas.

—Pero…

Mateo suspiró.

—Pero hay alguien más.

Renata no pareció sorprendida.

—Valeria.

Mateo asintió.

—Siempre fue ella, ¿verdad?

Él bajó la mirada.

—Sí.

Renata se quedó pensativa unos segundos.

—Entonces no entiendo por qué estás conmigo.

Mateo no encontró una respuesta sencilla.

—Porque contigo todo es fácil.

—Y con ella no.

—No.

Renata sonrió con cierta tristeza.

—Entonces no me uses para esconderte de lo difícil.

Mateo levantó la mirada.

—No quería hacer eso.

—Lo sé.

Renata se puso de pie.

—Pero a veces las personas hacen daño sin querer.

Antes de irse, añadió:

—Solo asegúrate de que cuando finalmente decidas qué quieres, no sea demasiado tarde.

Mateo la vio marcharse.

Por primera vez, entendió que Renata nunca había sido el verdadero problema.

El problema siempre había sido él.

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Esa noche, Valeria estaba escribiendo en su teléfono cuando recibió un mensaje.

Mateo: Hablé con Renata.

Valeria dejó de escribir.

Valeria: ¿Y?

Pasaron unos segundos.

Mateo: Le dije la verdad.

Valeria sintió una mezcla extraña de alivio y miedo.

Valeria: ¿Qué verdad?

La respuesta tardó un poco más.

Mateo: Que siempre fuiste tú.

Valeria cerró los ojos.

Durante años había imaginado escuchar esas palabras.

Pero ahora que finalmente habían llegado, descubrió algo inesperado.




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