Valeria no durmió bien.
El mensaje de Mateo seguía en la pantalla de su teléfono.
Que siempre fuiste tú.
Lo había leído tantas veces que ya no sabía qué sentir.
Durante años había querido escuchar algo así.
Pero ahora que lo tenía, no podía evitar preguntarse por qué había tardado tanto.
Tal vez porque las palabras de Mateo siempre habían llegado después de algo.
Después de una pelea.
Después de una distancia.
Después de que alguien más apareciera.
Y Valeria ya no quería que él reaccionara solamente cuando sintiera que podía perderla.
Quería que la eligiera cuando no hubiera nadie más mirando.
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Al llegar al colegio, Mateo la esperaba junto a la entrada.
—Hola.
—Hola.
—¿Dormiste?
Valeria sonrió ligeramente.
—No mucho.
—Yo tampoco.
Caminaron juntos.
Por unos minutos ninguno habló.
—¿Estás arrepentido? —preguntó ella.
Mateo la miró.
—¿De qué?
—De lo que me dijiste anoche.
—No.
—¿Aunque las cosas cambien?
—Sí.
Valeria asintió.
—Entonces no quiero que vuelvas a decirme que siempre fui yo.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no quiero ser una frase bonita.
Él se quedó callado.
—Quiero que sea algo que hagas —continuó ella—. Algo que se note.
Mateo respiró profundamente.
—Lo entiendo.
—No creo que lo entiendas todavía.
Ella se adelantó.
Mateo la siguió con la mirada.
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Durante el recreo, Sofía se sentó junto a Valeria.
—¿Y?
—Hablamos.
—Eso ya lo sé.
—Le dijo a Renata que le gusto.
Sofía abrió los ojos.
—¿En serio?
Valeria asintió.
—Y que siempre fui yo.
Sofía se quedó en silencio unos segundos.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Nada.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué hacer con eso.
Sofía la observó.
—¿Lo sigues queriendo?
Valeria bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces…
—No significa que tenga que correr hacia él.
Sofía sonrió.
—Eso sí es nuevo.
—Estoy cansada de ser la que espera.
Sofía tomó su mano.
—Entonces no esperes. Mira qué hace.
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Alex apareció después de clases.
—¿Te apetece caminar?
Valeria dudó solo un segundo.
—Sí.
Fueron hacia la plaza cercana al colegio.
Alex estaba más callado de lo normal.
—¿Pasó algo?
—Quiero preguntarte algo.
Valeria lo miró.
—Dime.
—¿Todavía quieres conocerme?
Ella supo inmediatamente por qué preguntaba.
—Sí.
Alex respiró aliviado.
—Bien.
—Pero quiero ser honesta contigo.
—Eso espero.
Valeria sonrió.
—Me gusta pasar tiempo contigo. Me gusta cómo eres conmigo. Pero hay alguien que todavía me importa.
Alex no apartó la mirada.
—Mateo.
Ella asintió.
—Sí.
Él tardó unos segundos en responder.
—Lo sabía.
—¿Y aun así quieres seguir saliendo conmigo?
—Sí.
Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué?
Alex sonrió.
—Porque que te guste otra persona no significa que yo tenga que desaparecer.
—No quiero lastimarte.
—Entonces no me prometas algo que no puedes darme.
Valeria sintió un extraño alivio.
Alex no estaba intentando competir.
Simplemente estaba siendo claro.
Y eso hacía que todo fuera más difícil.
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Esa tarde, Mateo estaba sentado en las gradas cuando Nico apareció.
—¿Puedo?
—Siéntate.
Nico se dejó caer a su lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Escuché que hablaste con Renata.
—Sí.
—¿Y?
—Le dije la verdad.
Nico sonrió.
—Por fin.
Mateo lo miró.
—No te emociones.
—¿Qué?
—Todavía tengo miedo.
Nico soltó una risa.
—Eso nunca se te va a quitar.
Mateo se quedó mirando el patio vacío.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que durante años pensé que necesitaba dejar de tener miedo para decirle lo que sentía.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que tenía que decirlo precisamente porque tenía miedo.
Nico asintió.
—Eso tiene más sentido.
Mateo sonrió.
—Tú tampoco eres tan idiota.
—Gracias. Creo.
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Esa noche, Valeria abrió una nota antigua en su teléfono.
Había una frase que había escrito meses atrás:
Si alguna vez me eliges, espero que no sea cuando ya me haya cansado de esperar.
La leyó varias veces.
Después la borró.
No porque ya no sintiera lo mismo.
Sino porque no quería seguir escribiendo sobre lo que Mateo algún día podría hacer.
Quería ver qué hacía de verdad.
Al otro lado de la ciudad, Mateo también estaba pensando en ella.
Tenía el teléfono en la mano.
Podía escribirle.
Podía decirle buenas noches.
Podía preguntarle cómo había ido su tarde.
Pero esta vez decidió no hacerlo.
No quería llenar el silencio con más palabras.
Quería encontrar una manera de demostrarle que hablaba en serio.
Aunque todavía no sabía cómo.
Y quizá esa sería la parte más difícil.
Porque querer a alguien era fácil cuando solo existía dentro de la cabeza.
Lo difícil era aprender a quererlo sin esconderse.