El lunes siguiente comenzó de una manera extraña.
No había mensajes de Mateo.
No había notas escondidas.
No había esperas junto a la entrada.
Valeria lo notó.
Y, aunque una parte de ella se sintió decepcionada, otra entendió que quizá eso era exactamente lo que necesitaba.
Mateo había dicho que quería demostrarle las cosas.
Ahora tenía que descubrir cómo hacerlo sin convertir cada gesto en una promesa.
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A media mañana, Valeria entró al salón y encontró un libro sobre su escritorio.
Lo reconoció inmediatamente.
Era el ejemplar que había mencionado meses atrás, cuando hablaban de los libros que querían leer antes de graduarse.
Había una pequeña nota dentro.
Pensé que te gustaría. No tienes que devolverme nada.
Valeria sonrió.
No había corazones.
Ni una frase romántica.
Ni siquiera su nombre.
Solo eso.
Miró hacia el fondo del salón.
Mateo estaba hablando con Diego.
Cuando sus miradas se cruzaron, él sonrió.
Valeria levantó ligeramente el libro.
Él hizo un gesto con la cabeza.
Y siguió hablando con Diego.
Sin acercarse.
Sin esperar una reacción.
Por alguna razón, ese detalle le gustó más de lo que quería admitir.
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Durante el recreo, Sofía vio el libro.
—¿Te lo regaló?
—Sí.
—¿Y no dijo nada?
—Nada.
Sofía abrió los ojos.
—¿Mateo Ferrer aprendió a comportarse como una persona normal?
Valeria soltó una carcajada.
—No exageres.
—Estoy siendo objetiva.
—Solo fue un libro.
Sofía la miró.
—Antes habrías analizado esa nota durante tres horas.
Valeria bajó la mirada.
—Antes tenía que adivinarlo todo.
Sofía dejó de bromear.
—¿Y ahora?
Valeria pensó unos segundos.
—Ahora quiero ver si él puede hablar sin obligarme a adivinar.
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Esa tarde, Valeria tuvo una reunión con Alex para terminar un trabajo.
Estuvieron en la biblioteca durante casi dos horas.
Cuando terminaron, Alex cerró la computadora.
—¿Quieres ir por algo de comer?
Valeria sonrió.
—Claro.
Salieron juntos.
No sabían que Mateo estaba al otro lado del patio.
Lo vio.
Y, por primera vez, no sintió la necesidad de acercarse.
No porque no le doliera.
Le dolía.
Pero entendía que Valeria no le debía exclusividad.
Todavía no.
Diego apareció detrás de él.
—¿No vas a hacer nada?
Mateo negó con la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Eso sí que es nuevo.
Mateo sonrió.
—Si quiero que confíe en mí, no puedo pedirle que deje de vivir mientras yo decido qué hacer con mis sentimientos.
Diego lo miró sorprendido.
—Estás madurando.
—No te acostumbres.
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Más tarde, Mateo llegó a casa y encontró a su padre en la sala.
Gabriel tenía unos documentos sobre la mesa.
—Tenemos que hablar de la universidad.
Mateo dejó la mochila.
—¿Ahora?
—Sí.
Se sentó frente a él.
Gabriel le mostró varias opciones.
—Estas son las carreras que hemos estado revisando.
Mateo miró los papeles.
—¿Hemos?
—Tu madre y yo.
—¿Y yo?
Su padre lo observó.
—Por supuesto que tú.
Mateo soltó una pequeña risa.
—No parece.
Gabriel frunció el ceño.
—Quiero ayudarte a tomar una buena decisión.
—¿Y si no quiero estudiar lo que tú quieres?
El silencio fue inmediato.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensas.
Gabriel se recostó en el sillón.
—Mateo, quiero que tengas un futuro estable.
—Yo también.
—Entonces tienes que empezar a pensar seriamente.
Mateo miró los documentos.
—Estoy pensando.
—No lo suficiente.
Aquellas palabras le recordaron aquella noche.
La noche del gimnasio.
La conversación que había hecho que se alejara de Valeria.
Mateo cerró los ojos por un instante.
—¿Crees que estar con alguien me impediría hacerlo?
Gabriel lo miró.
—Creo que este año necesitas concentrarte en tu futuro.
Mateo entendió.
No había cambiado nada.
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Esa noche, Julia entró a su habitación.
—¿Papá volvió con lo mismo?
—Sí.
—¿Y tú?
—No sé qué quiero estudiar.
Julia se sentó junto a él.
—Eso es normal.
—No para él.
—No tienes que vivir la vida que él imaginó para ti.
Mateo miró su teléfono.
Tenía un mensaje de Valeria.
Gracias por el libro. Me gustó mucho.
Mateo sonrió.
Mateo: Me alegra.
Escribió otra cosa.
La borró.
Volvió a escribir.
Mateo: No tienes que responderme nada. Solo quería que supieras que pensé en ti cuando lo vi.
Valeria respondió unos minutos después.
Valeria: Eso sí puedes decírmelo.
Mateo sonrió.
No necesitaba más.
Por ahora.
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Al día siguiente, Valeria llegó al colegio con el libro bajo el brazo.
Mateo la vio desde el otro extremo del pasillo.
Ella levantó el libro.
Él sonrió.
Y ninguno se acercó.
No porque estuvieran alejándose.
Sino porque, por primera vez, estaban aprendiendo que no todo tenía que suceder inmediatamente.
Quizá esa era la diferencia entre lo que habían sido durante años y lo que podían llegar a ser.
Pero todavía no sabían si iban a llegar a ser algo.
Y ninguno quería hacer promesas.
No esta vez.