Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 37----Lo que no se puede adelantar

El problema de tomar una decisión importante era que, después de tomarla, el mundo no cambiaba.

El lunes seguía siendo lunes.

Las clases seguían empezando a las siete.

Los profesores seguían dejando tareas como si la graduación no estuviera a unas pocas semanas de distancia.

Y Mateo seguía sentado dos filas delante de Valeria, girándose de vez en cuando para mirarla como si necesitara comprobar que aquella conversación del viernes había ocurrido de verdad.

Valeria también lo hacía.

Solo que ella intentaba que no se notara.

—Deja de mirarlo —murmuró Sofía.

Valeria apartó la vista del frente.

—No lo estaba mirando.

—Claro.

—Estaba mirando la pizarra.

Sofía levantó una ceja.

—La pizarra está detrás de él.

Valeria volvió a mirar al profesor.

—Entonces estaba mirando… el conocimiento.

—Qué romántico.

Valeria sonrió a pesar suyo.

—Cállate.

Sofía se inclinó sobre la mesa.

—¿Van a hablar hoy?

—No sé.

—¿No sabes o no quieres saber?

—Las dos.

Sofía dejó escapar un suspiro.

—Valeria.

—¿Qué?

—Ayer me dijiste que querías ver qué pasaba si dejaban de tener miedo.

—Sí.

—Entonces empieza por dejar de inventarte excusas.

Valeria bajó la mirada al cuaderno.

No era una excusa.

Al menos, no exactamente.

Lo que le daba miedo no era hablar con Mateo.

Era que hablar con él volviera real todo aquello que llevaban años evitando.

Porque mientras solo existían conversaciones a medias, mensajes borrados y posibilidades, siempre podían imaginar que todavía había tiempo.

Pero ahora habían hablado.

Mateo había dicho que quería intentarlo.

Ella había dicho que también.

Y aun así, ninguno había utilizado la palabra que llevaba semanas flotando entre ellos.

Novios.

Pareja.

Juntos.

Quizá porque decirla significaba aceptar que ya no había un lugar cómodo donde esconderse.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Sofía.

Valeria cerró el cuaderno.

—Mucho.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Significa que te importa.

Antes de que Valeria pudiera responder, el profesor anunció que tendrían que presentar los proyectos finales la semana siguiente.

La clase entera reaccionó con una mezcla de quejas y resignación.

Alex se giró desde el otro lado del salón.

—¿Terminamos la parte que falta hoy?

Valeria asintió.

—Sí.

Mateo también se giró.

Sus ojos se encontraron durante apenas un segundo.

No hubo sonrisa.

No hubo gesto de molestia.

Solo una mirada larga.

Como si los dos hubieran entendido exactamente lo mismo.

Después de clases.

Hablarían.

Esta vez sin mensajes.

Sin interrupciones.

Sin alguien apareciendo en el peor momento.

O eso creía Valeria.

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El problema fue que Mateo recibió una llamada antes de que terminara la última clase.

Su padre.

No contestó.

La llamada volvió a entrar.

Mateo apretó el teléfono entre los dedos.

La tercera vez salió del salón.

—¿Sí?

—Necesito hablar contigo cuando llegues a casa.

—¿Sobre qué?

—La universidad.

Mateo cerró los ojos.

—Papá, ya te dije que todavía estoy revisando opciones.

—Y yo te dije que no tenemos todo el tiempo del mundo.

—Todavía falta.

—No, Mateo. Precisamente eso es lo que parece que no entiendes. Falta muy poco.

Mateo apoyó la espalda contra la pared.

—¿Qué quieres que haga?

Hubo un silencio al otro lado.

—Que tomes una decisión seria.

—La estoy tomando.

—¿Y cuál es?

Mateo no respondió.

Porque, por primera vez, no quería elegir lo que su padre esperaba.

Pero tampoco sabía todavía qué quería elegir él.

—Cuando llegues hablamos —dijo Gabriel.

La llamada terminó.

Mateo se quedó unos segundos mirando la pantalla.

Después guardó el teléfono.

Cuando regresó al salón, Valeria estaba recogiendo sus cosas.

Ella lo miró.

Mateo levantó una mano, indicándole que esperara.

Valeria asintió.

Pero entonces Alex apareció junto a ella.

—¿Vamos?

—Sí.

Mateo sintió aquella vieja incomodidad aparecer.

Solo que esta vez no quería dejar que decidiera por él.

Se acercó.

—Valeria.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Podemos hablar después?

Alex miró a ambos.

—Yo puedo esperarte.

Valeria negó con la cabeza.

—No. Termina tú lo que falta. Yo te alcanzo después.

Alex asintió.

—Está bien.

Se fue sin hacer preguntas.

Mateo lo observó alejarse.

—¿Siempre es así de tranquilo?

Valeria sonrió.

—Casi siempre.

—Eso me molesta un poco.

—No tienes derecho.

Mateo soltó una risa corta.

—Lo sé.

Valeria lo miró unos segundos.

—¿Entonces?

—Tengo que irme con mi papá.

Ella perdió un poco la sonrisa.

—Ah.

—Pero quiero hablar contigo.

—¿Hoy?

Mateo asintió.

—Hoy.

—¿Dónde?

Él pensó un momento.

—En el lugar donde empezamos.

Valeria supo inmediatamente a qué se refería.

El viejo banco detrás del gimnasio.

El mismo lugar donde años atrás habían empezado tantas conversaciones que nunca llegaron a terminar.

—Está bien.

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Mateo llegó a casa casi una hora después.

Su padre estaba en el despacho.

Sobre el escritorio había varios folletos universitarios.

Mateo reconoció dos de inmediato.

Uno era de la universidad que Gabriel llevaba meses recomendándole.

El otro era de una institución fuera de la ciudad.

Mateo lo tomó.

—¿De dónde salió esto?

—Lo encontré entre tus cosas.

Mateo lo miró.

Era la universidad que había marcado en una lista que Valeria le había visto días atrás.




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