Mateo permaneció sentado en el borde de la cama durante varios minutos.
La hoja de Julia seguía entre sus dedos.
“Si algún día quieres saber por qué Valeria nunca dijo lo que sentía, pregúntale a papá qué pasó después del gimnasio.”
La volvió a leer.
Después miró la caja.
No recordaba haber visto aquellas fotografías antes.
La entrada de cine.
El lápiz azul.
Una fotografía de él y Valeria cuando tenían quince años.
Y otra de una actividad escolar.
Todo parecía pertenecer a épocas distintas.
Pero había algo que las conectaba.
Valeria.
Mateo tomó el teléfono.
Buscó el nombre de su hermana.
La llamó.
Julia respondió al tercer tono.
—¿Qué pasó?
—¿Por qué dejaste una caja en mi habitación?
Silencio.
—La encontraste.
—Sí.
—Entonces ya era hora.
Mateo se levantó.
—¿Qué significa eso?
—Significa que llevas demasiado tiempo evitando preguntar.
—Julia.
—¿Qué quieres saber?
—¿Qué pasó después del gimnasio?
Su hermana tardó unos segundos.
—¿Papá te habló de eso?
—No.
—Entonces pregúntale a él.
—Ya sé que algo pasó.
—Mateo…
—No quiero otra respuesta a medias.
Julia suspiró.
—Está bien.
Mateo esperó.
—Después de aquella tarde, papá habló contigo.
—Eso lo sé.
—No. No sabes todo.
Mateo sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué no sé?
—Que antes de hablar contigo, habló con alguien más.
—¿Con quién?
Julia guardó silencio.
Mateo cerró los ojos.
—¿Con Valeria?
—Sí.
Todo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Papá habló con ella.
—¿Cuándo?
—Dos días después.
Mateo se apoyó contra la pared.
—¿Por qué?
—Porque te había visto con ella.
—¿Y qué le dijo?
—No lo sé todo.
—Julia.
—Yo escuché parte.
Mateo apretó el teléfono.
—¿Qué parte?
—Le dijo que tú estabas pasando por un momento complicado.
—Eso no tiene sentido.
—Después le pidió que no te distrajera.
Mateo cerró los ojos.
—¿Qué?
—Dijo que tú necesitabas concentrarte en tus estudios y en la universidad.
—¿Y ella qué respondió?
—No lo sé.
—¿Por qué nunca me dijiste esto?
Julia tardó en contestar.
—Porque papá me pidió que no interviniera.
—¿Y tú obedeciste?
—Tenías dieciséis años, Mateo.
—Yo también tenía derecho a saber.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Mateo se quedó callado.
—¿Valeria sabía que él había hablado contigo?
—No creo.
—¿Entonces qué hizo ella?
—Eso tienes que preguntárselo.
Mateo miró nuevamente la caja.
—¿Por eso guardaste todo esto?
—No.
—¿Entonces?
—Porque una vez encontré el lápiz azul en tu habitación.
Mateo frunció el ceño.
—¿El mío?
—El que tú decías que habías perdido.
—Yo se lo dejé a ella.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque te escuché hablar de eso con mamá.
Mateo sonrió sin humor.
—Sabías demasiadas cosas.
—Más de las que debía.
—Y aun así no dijiste nada.
Julia respiró profundamente.
—Pensé que algún día lo resolverían ustedes.
—Casi lo arruinamos.
—Pero no lo hicieron.
Mateo miró el teléfono.
—Todavía no.
Julia sonrió al otro lado.
—Entonces no llegues tarde esta vez.
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Al día siguiente, Valeria llegó al colegio con una sensación extraña.
Mateo no le había escrito.
Eso era poco habitual.
Pero no quiso interpretarlo como algo malo.
Tal vez necesitaba espacio.
Tal vez estaba ocupado.
Tal vez simplemente había tenido una mala noche.
Intentó concentrarse en las clases.
No funcionó.
Cuando sonó el timbre del recreo, salió al patio.
Lo encontró cerca de las escaleras.
—Hola.
Mateo levantó la mirada.
—Hola.
Valeria supo inmediatamente que algo había cambiado.
—¿Qué pasó?
—Necesito preguntarte algo.
Ella asintió.
—Pregunta.
—¿Mi padre habló contigo después del gimnasio?
Valeria se quedó inmóvil.
Durante unos segundos no respondió.
Mateo entendió la respuesta.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Dos días después.
—¿Qué te dijo?
Valeria bajó la mirada.
—No quiero hablar de esto aquí.
—Vamos afuera.
Caminaron hasta el patio trasero.
Ninguno habló hasta llegar a una esquina vacía.
—¿Qué te dijo? —repitió Mateo.
Valeria cruzó los brazos.
—Me dijo que estabas pasando por mucha presión.
—¿Y?
—Que no necesitabas distracciones.
Mateo cerró los ojos.
—¿Eso fue todo?
—No.
—¿Qué más?
Valeria respiró profundamente.
—Me dijo que tú tenías un futuro importante delante.
Mateo sintió que algo se rompía por dentro.
—¿Y tú qué respondiste?
—Que yo no estaba intentando distraerte.
—¿Qué más?
Valeria lo miró.
—Que me importabas.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Eso le dijiste?
—Sí.
—¿Y él?
—Me dijo que precisamente por eso debía alejarme.
Mateo apartó la mirada.
—¿Por eso desapareciste?
Valeria negó.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Ella tardó en responder.
—Porque tenía miedo.
—¿De él?
—De todo.
—Valeria…
—Mateo, yo tenía dieciséis años.
Su voz se quebró ligeramente.
—No sabía qué hacer. Tu padre me hizo sentir que si seguía acercándome a ti podía perjudicarte.
Mateo apretó los puños.
—Nunca debió hablar contigo.
—Lo sé.
—Yo debería haberlo sabido.
—Tú tampoco sabías cómo enfrentarlo.
—Pero podía haberte defendido.
Valeria negó.
—No tenías que defenderme de algo que ni siquiera sabías que estaba pasando.