Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 43----La distancia antes de irnos

La carta seguía abierta sobre la mesa.

Valeria la había leído tantas veces que ya podía repetir de memoria las primeras líneas, la fecha límite para confirmar su plaza y el nombre de la universidad que aparecía impreso en la parte superior. Aun así, cada vez que volvía a mirarla, sentía que las palabras cambiaban de significado.

Aceptada.

Debería haber sido suficiente para hacerla feliz.

Y lo era. Una parte de ella quería levantarse, abrazar a su madre, llamar a Sofía y gritar hasta quedarse sin voz. Había trabajado demasiado para llegar hasta allí como para fingir que aquella oportunidad no le importaba.

Pero la universidad estaba en otra ciudad.

La de Mateo también.

Y, por primera vez, no se trataba de una posibilidad lejana que podían ignorar mientras terminaban las clases. Tenían fechas, documentos, plazos y decisiones que no podían posponer con un «ya veremos».

—Vas a desgastar el papel —dijo Lucía desde la puerta.

Valeria levantó la mirada.

Su hermana llevaba una tostada en la mano y el pelo recogido de cualquier manera. La observó con esa curiosidad que siempre parecía anunciar una pregunta incómoda.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—Sí. Pero esto es más interesante.

Lucía entró y se sentó en el borde de la cama.

—¿La universidad queda muy lejos?

—Lo suficiente.

—¿Y Mateo va a la misma?

Valeria bajó los ojos hacia la carta.

—No.

Lucía mordió la tostada.

—Entonces, ¿van a dejar de hablarse?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Su hermana sonrió, satisfecha de haber encontrado una grieta.

—Ah. Entonces van a seguir hablando.

—Lucía.

—¿Qué? Solo digo que si no van a dejar de hablarse, no entiendo por qué tienes esa cara.

Valeria dejó la carta sobre el escritorio.

—Porque hablar no es lo mismo que estar cerca.

Lucía se quedó callada unos segundos. Por una vez, no hizo un chiste.

—Mamá dice que las cosas importantes cuestan.

—Mamá también dice que no hay que tomar decisiones por miedo.

—Pues hazle caso a mamá.

Y se levantó, como si acabara de resolver un problema que llevaba años ocupando demasiado espacio en la vida de su hermana.

Valeria la vio salir.

Después volvió a mirar la carta.

No quería rechazar una oportunidad por Mateo. Tampoco quería fingir que él no formaba parte de lo que imaginaba cuando pensaba en el futuro.

Lo que no sabía era cómo sostener ambas cosas sin que una terminara convirtiéndose en el precio de la otra.

--------------------

Mateo llevaba veinte minutos sentado frente a su padre cuando Gabriel colocó una carpeta sobre el escritorio.

—Aquí están los programas de la universidad que te comenté —dijo—. Administración, economía y dos opciones relacionadas con la empresa. Las tres tienen buenas posibilidades de prácticas.

Mateo miró la carpeta sin tocarla.

—Ya recibí una aceptación.

—Lo sé.

—De otra universidad.

—También lo sé.

Gabriel juntó las manos sobre el escritorio. No parecía enfadado. Eso, de alguna manera, hacía más difícil la conversación. Cuando levantaba la voz, Mateo podía defenderse. Cuando hablaba con aquella calma, cada frase parecía una conclusión que ya había tomado por él.

—No estoy intentando arruinarte una oportunidad, Mateo. Estoy tratando de que entiendas las consecuencias de tus decisiones.

—Las entiendo.

—¿De verdad? ¿Has calculado cuánto cuesta vivir fuera? ¿Has pensado en el alquiler, el transporte, los materiales? ¿En lo que sucede si eliges una carrera que no te ofrece las mismas posibilidades?

—Estoy investigándolo.

—No es suficiente.

Mateo apretó la mandíbula.

La carta de la otra universidad seguía en su mochila. Era una opción que le interesaba por razones que no tenían nada que ver con Valeria. Había leído el plan de estudios, comparado asignaturas y hablado con un orientador. Por primera vez, una decisión académica le había despertado curiosidad en lugar de limitarse a parecerle una obligación.

No tenía todas las respuestas.

Pero quería tener la oportunidad de encontrarlas.

—No voy a elegir una carrera solo porque sea útil para la empresa.

Gabriel se recostó en la silla.

—Y yo no voy a financiar una decisión impulsiva sin saber cómo piensas sostenerla.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Mateo había esperado una discusión. Quizá un intento de convencerlo. Incluso otra de aquellas conversaciones interminables sobre estabilidad y responsabilidad.

No esperaba que su padre volviera a poner el dinero sobre la mesa como una condición.

—¿Estás diciendo que no vas a ayudarme si elijo esa universidad?

—Estoy diciendo que tienes que asumir que tus decisiones tienen consecuencias.

—Eso ya lo dijiste.

—Y parece que todavía no lo entiendes.

Mateo se puso de pie.

—No. Creo que lo entiendo perfectamente.

Gabriel también se levantó.

—No conviertas esto en una guerra conmigo.

—No quiero una guerra. Quiero decidir qué voy a hacer con mi vida.

—Tienes dieciocho años. No sabes todavía qué quieres hacer con ella.

Mateo sintió el golpe de aquellas palabras, aunque se negó a demostrarlo.

Porque había algo de verdad en ellas. No sabía exactamente qué quería hacer durante los siguientes cuarenta años. No sabía si la carrera que le interesaba sería la correcta ni si acabaría trabajando en algo completamente distinto.

Pero sabía qué no quería.

No quería llegar a los veinticinco años descubriendo que había pasado todos aquellos años cumpliendo expectativas ajenas por miedo a decepcionar a alguien.

—Tal vez no lo sepa todo —respondió—. Pero necesito poder equivocarme por mi cuenta.

Gabriel no contestó.

Mateo recogió la mochila y salió del despacho.

En el pasillo sacó el teléfono.

Abrió la conversación de Valeria.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.