El problema de tomar una decisión era que, después de hacerlo, el mundo no se detenía para felicitarte.
Seguían existiendo las clases, los exámenes, las tareas pendientes y los profesores que hablaban de la graduación como si todos estuvieran preparados para abandonar el colegio. Seguían existiendo los mensajes que llegaban a medianoche, los trabajos que nadie quería hacer y las conversaciones sobre quién se mudaría primero.
Y seguían existiendo los padres que no estaban de acuerdo.
Mateo lo descubrió el jueves por la mañana, cuando bajó a desayunar y encontró sobre la mesa una hoja impresa con varios números marcados en rojo.
Su padre estaba sentado junto a la ventana. Tenía una taza de café en una mano y el teléfono en la otra.
—He revisado los costos de la universidad que elegiste —dijo Gabriel, sin saludarlo.
Mateo dejó la mochila en una silla.
—Buenos días para ti también.
Su madre levantó la mirada desde la encimera, pero no intervino.
Gabriel deslizó la hoja por la mesa.
—La matrícula, el alojamiento, el transporte y los gastos básicos. No incluye emergencias ni materiales adicionales.
Mateo miró las cifras.
Ya las había visto. Había pasado buena parte de la noche anterior haciendo cálculos, comparando residencias y buscando becas. Sabía que no sería fácil.
Lo que no había hecho era imaginar cuánto más difíciles podían parecer las cifras cuando su padre las colocaba delante de él.
—Estoy buscando ayudas económicas —dijo.
—Las becas no están garantizadas.
—Lo sé.
—Y un trabajo de medio tiempo no va a cubrir todos estos gastos.
—No he dicho que vaya a cubrirlos todos.
Gabriel dejó la taza sobre la mesa.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Mateo apretó los labios.
Aquella era la parte que más le molestaba. No que su padre señalara los problemas, sino que pareciera considerar cada problema una prueba de que la única opción razonable era obedecerlo.
—Encontrar una manera.
—Eso no es un plan.
—Estoy trabajando en uno.
—Mientras tanto, la otra universidad tiene una oferta que podemos asumir sin dificultades. Estarías cerca de casa, tendrías apoyo y podrías empezar a conocer el funcionamiento de la empresa.
—No quiero estudiar eso.
—No te estoy pidiendo que trabajes en la empresa mañana.
—Me estás pidiendo que elija una carrera para prepararme para un trabajo que no quiero.
Gabriel lo miró en silencio.
Laura se acercó a la mesa y dejó un plato delante de Mateo.
—Podemos revisar las opciones con calma —dijo—. No hace falta resolverlo todo en el desayuno.
—El plazo para aceptar la plaza está avanzando —respondió Gabriel—. La calma no cambia los números.
Mateo apartó la hoja.
—Tampoco cambia lo que quiero.
Su padre respiró profundamente, como si tuviera que contener una respuesta más dura.
—No voy a discutir contigo cada mañana.
—No te lo he pedido.
—Entonces espero que, cuando tengas que asumir las consecuencias, no vengas a decirme que nadie te advirtió.
Mateo se levantó.
No había terminado el desayuno, pero había perdido el apetito.
—No te voy a culpar por elegir algo distinto a lo que yo quiero —dijo Gabriel—. Pero tampoco puedes esperar que pague cualquier decisión sin condiciones.
Mateo se quedó quieto.
—¿Y si necesito ayuda?
—Tendrás que demostrar que esa opción es viable.
La conversación había terminado, aunque ninguno hubiera dicho adiós.
Mateo recogió la mochila y salió de la casa con una sensación incómoda en el pecho. No estaba seguro de si su padre pretendía enseñarle responsabilidad o si simplemente no podía soportar que su hijo eligiera un camino que él no había previsto.
Quizá ambas cosas eran ciertas.
Lo peor era que entender las razones de Gabriel no hacía que doliera menos.
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Valeria se enteró del problema durante el recreo.
No porque Mateo se lo contara, sino porque Diego la encontró cerca de la biblioteca y le preguntó si sabía cómo estaba su amigo.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Diego dudó.
—Está intentando resolver lo de la universidad.
—¿Ha pasado algo?
—Su padre no quiere financiar la que eligió.
Valeria sintió que se le encogía el estómago.
—¿Te lo dijo Mateo?
—No exactamente. Hablamos ayer y me contó que estaba buscando alternativas. Hoy me escribió temprano para preguntarme si conocía a alguien que hubiera solicitado becas.
Ella bajó la mirada.
—No me había contado eso.
Diego se metió las manos en los bolsillos.
—Creo que no quiere que pienses que tienes que ayudarlo a solucionarlo.
—No pienso eso.
—Ya lo sé. Pero Mateo a veces cree que, si no le cuenta a alguien un problema, evita convertirlo en una carga.
Valeria soltó una risa sin humor.
—Parece que hemos mejorado muchísimo desde los quince años.
—Un poco. Ahora por lo menos nos damos cuenta de que estamos haciendo tonterías.
—Qué progreso.
Diego sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—No te lo digo para que hables con él ni para que lo convenzas de nada. Solo pensé que debías saberlo.
Valeria agradeció que lo hubiera aclarado.
Porque, por supuesto, quería hablar con Mateo. Quería preguntarle cómo estaba, qué necesitaba y si había encontrado alguna opción. Quería hacerle saber que podía contar con ella.
Pero también recordaba la conversación de las gradas.
No quería que él confundiera acompañarlo con decidir por él.
Y no quería convertirse en otra persona que le dijera qué camino debía elegir.
—Gracias por contármelo —dijo.
Diego asintió y se marchó hacia el patio.
Valeria se quedó junto a la biblioteca, mirando el teléfono.
Abrió el chat de Mateo.
¿Cómo estás?
Escribió la pregunta, pero no la envió de inmediato.