Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 45----Cuando quedarse no es suficiente

El domingo, Mateo llegó al despacho de su padre con una carpeta azul, tres documentos impresos y la sensación de que estaba a punto de presentar un examen para el que nadie le había explicado las preguntas.

Gabriel ya lo esperaba.

Sobre el escritorio estaban las dos opciones universitarias que habían discutido durante la semana. La universidad cercana tenía una marca junto al nombre del programa de administración. La otra, la que Mateo había elegido, aparecía en una hoja separada, sin anotaciones.

Como si todavía no mereciera ocupar el mismo espacio.

—Siéntate —dijo su padre.

Mateo obedeció.

Dejó su carpeta sobre las rodillas y esperó.

—Tu madre me comentó que estás solicitando ayudas económicas.

—Sí.

—¿Cuáles?

Mateo sacó los documentos. Le explicó las condiciones de cada programa, los requisitos y las fechas de respuesta. También le enseñó una estimación de gastos, con varias alternativas de alojamiento y un presupuesto mensual que había preparado después de hablar con el orientador.

Gabriel revisó cada hoja sin interrumpirlo.

Mateo había pasado buena parte del sábado trabajando en aquello. Había comprobado los números tantas veces que podía recordarlos sin mirar el papel. No era un plan perfecto, pero era un plan real.

Cuando terminó de explicarlo, su padre apoyó las manos sobre el escritorio.

—Incluso con las dos ayudas, te faltaría dinero.

—Lo sé.

—Y todavía no sabes si te las van a conceder.

—Lo sé.

—¿Entonces qué esperas que haga?

Mateo respiró hondo.

Había ensayado aquella conversación frente al espejo. Había preparado argumentos, posibles respuestas y formas de no perder la paciencia. Sin embargo, sentado frente a su padre, todo parecía reducirse a una pregunta que ninguno quería formular de la misma manera.

—Quiero que me ayudes a encontrar una solución —dijo—. No que aceptes mi decisión sin hacer preguntas. Quiero que la revisemos y veamos si es posible.

Gabriel entrelazó los dedos.

—¿Y si no es posible?

Mateo miró la carpeta.

—Entonces tendré que buscar otra alternativa.

—¿Aceptarías la universidad que te propuse?

La pregunta llegó demasiado pronto.

Mateo había pensado en ella. Por supuesto que la había pensado. La opción cercana resolvería buena parte del problema económico y le permitiría quedarse en casa mientras empezaba la universidad. No tendría que buscar alojamiento ni calcular cuánto costaría cada viaje.

Pero también significaría estudiar una carrera que no le interesaba por las razones que su padre consideraba suficientes.

—No quiero aceptar una carrera que no quiero solo porque es la opción más fácil.

Gabriel endureció la expresión.

—No he dicho que sea fácil. He dicho que es razonable.

—Puede ser razonable para ti.

—Porque tengo experiencia.

—Y te agradezco todo lo que has hecho por mí. Pero no quiero que esa experiencia decida cada cosa que voy a hacer.

Su padre apartó los documentos.

—Hablas como si yo estuviera intentando controlarte.

Mateo sintió el impulso de responder que sí. Que llevaba años sintiéndolo. Que cada vez que intentaba hablar de lo que quería, la conversación terminaba convertida en una explicación sobre lo que debía hacer.

Pero también sabía que su padre había trabajado para darle oportunidades que él mismo no había tenido. Que había pasado años construyendo una empresa y una estabilidad que consideraba una forma de proteger a su familia.

No quería negar nada de eso.

—Creo que estás intentando protegerme —dijo—. Pero a veces lo haces de una forma que no me deja decidir.

Gabriel se quedó en silencio.

Mateo continuó antes de perder el valor.

—No te estoy pidiendo que pagues algo que no podemos permitirnos. Si no conseguimos el dinero, lo aceptaré. Buscaré otra opción. Pero quiero intentarlo antes de renunciar.

Su padre miró de nuevo los documentos.

—¿Y si te equivocas?

Mateo sintió un nudo en el estómago.

—Entonces me equivocaré.

—Podrías perder tiempo.

—Sí.

—Podrías descubrir que esa carrera no era lo que imaginabas.

—También.

—Podrías acabar regresando y teniendo que empezar de nuevo.

Mateo tragó saliva.

—Lo sé.

Gabriel levantó la mirada.

—No parece que entiendas lo que significa.

—Lo entiendo, papá. Lo que pasa es que tú crees que, si hay una posibilidad de equivocarme, no debería intentarlo.

Su padre se puso de pie y caminó hasta la ventana.

Durante unos segundos, Mateo pensó que la conversación había terminado.

Entonces Gabriel habló.

—Cuando tenía tu edad, quería estudiar música.

Mateo parpadeó.

No era una historia que hubiera escuchado antes.

—¿Música?

—Sí.

Gabriel mantuvo la mirada en la calle.

—Mi padre tenía un negocio pequeño. Necesitaba ayuda y yo era el mayor. Elegí algo que me permitiera trabajar con él. Después las cosas fueron creciendo, llegaron otras responsabilidades y nunca encontré el momento de hacer lo que había querido.

Mateo no supo qué decir.

—No te cuento esto para que sientas pena por mí —continuó Gabriel—. Estoy satisfecho con muchas de las decisiones que tomé. Construí una vida, una familia y una empresa que me importa. Pero también sé lo que significa renunciar a algo y no saber nunca qué habría pasado.

Se volvió hacia él.

—Precisamente por eso quiero que tomes una decisión sensata.

Mateo sintió una mezcla de tristeza y frustración.

—¿Y si para mí lo sensato es intentarlo?

Gabriel no respondió enseguida.

—No voy a prometerte que pagaré esa universidad —dijo finalmente—. No puedo aceptar un presupuesto que todavía depende de ayudas que no tienes.

Mateo asintió, aunque la decepción le cayó en el pecho como un peso.

—Pero revisaré los números contigo cuando tengas las respuestas —añadió su padre—. Si consigues una parte importante del dinero y demuestras que puedes cubrir el resto, volveremos a hablar.




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