Mateo recibió la llamada un lunes a las cuatro y doce de la tarde.
Estaba en la parada del autobús, con la mochila entre los pies y la solicitud de una beca abierta en el teléfono, cuando un número desconocido apareció en la pantalla.
Contestó sin pensarlo demasiado.
—¿Mateo Ferrer?
—Sí, soy yo.
—Te llamamos por la entrevista que realizaste la semana pasada. ¿Tienes un momento para hablar?
Mateo se incorporó.
—Sí. Claro.
La mujer del otro lado de la línea le explicó que habían revisado su solicitud para el puesto de asistente durante el verano. Necesitaban a alguien que pudiera empezar en dos semanas, con un horario exigente y algunas jornadas los sábados. El sueldo no cubriría todos los gastos de la universidad, pero le permitiría ahorrar una parte importante.
Habían decidido ofrecerle el puesto.
Mateo se quedó mirando la calle mientras escuchaba las condiciones.
—¿Sigues ahí? —preguntó la mujer.
—Sí. Perdón. Es que… sí, acepto. Me gustaría aceptar.
Le explicaron los documentos que debía entregar y la fecha de inicio. Mateo anotó todo en el reverso de una hoja arrugada que llevaba en la mochila. Cuando terminó la llamada, permaneció quieto durante unos segundos.
Tenía trabajo.
No era suficiente para resolver todos sus problemas, pero era un comienzo.
Podía ahorrar. Podía presentar una propuesta más sólida a su padre. Podía demostrar que no estaba eligiendo una universidad por capricho, sino porque estaba dispuesto a trabajar para llegar hasta ella.
Por primera vez en semanas, el futuro parecía un poco menos cerrado.
Entonces miró el calendario.
Dos semanas para empezar.
Casi todo el verano ocupado.
Y una lista de cosas que había querido hacer antes de marcharse, entre ellas aquel día en la playa del que había hablado con Valeria.
Sacó el teléfono.
Abrió el chat.
Escribió: Me dieron el trabajo.
Lo envió antes de que pudiera convencerse de esperar.
La respuesta llegó poco después.
Valeria: ¡Mateo! ¿En serio?
Mateo: Sí. Empiezo en dos semanas.
Valeria: ¡Sabía que te iban a elegir!
Mateo sonrió.
Mateo: Hace diez minutos decías que no podías saberlo.
Valeria: No arruines mi momento de tener razón.
Mateo: Jamás me atrevería.
La conversación continuó con preguntas sobre el puesto, el horario y el dinero que podría ahorrar. Mateo le explicó que tendría que reorganizar algunas cosas, pero que el trabajo podía acercarlo bastante a la cantidad que necesitaba.
Valeria se alegró de verdad.
Y, aun así, cuando guardó el teléfono, sintió una tristeza que no sabía dónde colocar.
No era envidia. No quería que Mateo perdiera aquella oportunidad.
Era el reconocimiento de que cada paso que él daba hacia su futuro también lo alejaba un poco de la vida que habían compartido hasta entonces.
Y que, si quería seguir formando parte de ese futuro, tendría que aprender a hacerlo de otra manera.
--------------------
Sofía encontró a Valeria en el patio, sentada sobre una mesa de picnic con las piernas cruzadas.
—Tienes cara de estar pensando demasiado.
—Qué observadora.
—Es uno de mis talentos. El otro es reconocer cuándo mi mejor amiga está a punto de decir que todo está bien cuando claramente no lo está.
Valeria le mostró el mensaje de Mateo.
Sofía lo leyó y sonrió.
—¡Eso es fantástico!
—Sí.
Sofía levantó la mirada.
—Y hay un «pero».
Valeria dejó escapar el aire.
—Va a trabajar casi todo el verano. Puede que no podamos hacer el viaje. Y después nos vamos a la universidad. Cada vez hay menos tiempo para hacer cosas juntos.
—Es verdad.
Valeria la miró, sorprendida de que no intentara tranquilizarla.
—¿No vas a decirme que todo saldrá bien?
—¿Quieres que te mienta?
—No.
Sofía se sentó a su lado.
—Entonces no voy a decirte que todo saldrá bien. No lo sé. Puede que tengan semanas complicadas. Puede que no puedan verse tanto como quieren. Puede que haya días en los que uno de los dos esté cansado y el otro necesite hablar.
—Eso no ayuda demasiado.
—Todavía no he terminado.
Sofía le dio un pequeño golpe con el hombro.
—También puede que aprendan a organizarse. Que encuentren una forma de seguir presentes aunque no estén en el mismo sitio. Que descubran que no necesitan verse todos los días para saber que alguien les importa.
Valeria miró el patio.
—¿Y si no pueden?
—Entonces tendrán que enfrentarse a eso cuando ocurra. No puedes resolver ahora todos los problemas que quizá tengan dentro de seis meses.
Valeria se quedó callada.
Sofía tenía razón, aunque no le gustara.
Había pasado tanto tiempo intentando anticipar el dolor que, en ocasiones, terminaba sufriendo por cosas que ni siquiera habían sucedido.
—¿Sabes qué me preocupa más? —preguntó Valeria.
—Dime.
—Que Mateo se esfuerce tanto por conseguir lo que quiere que, cuando por fin lo consiga, no quede espacio para nada más.
Sofía la observó.
—¿Te ha dicho que no quiere hacerte espacio?
—No.
—¿Te ha dicho que no quiere seguir viéndote?
—No.
—¿Te ha dicho que no quiere estar contigo?
Valeria guardó silencio.
Sofía levantó las manos.
—No estoy diciendo que tengas que conformarte con cualquier cosa. Estoy diciendo que no puedes castigarlo por un futuro que todavía no ha ocurrido.
Valeria se frotó las palmas.
—Lo sé.
—Y otra cosa: no conviertas cada oportunidad que él consigue en una prueba de cuánto le importas. Tiene derecho a construir su vida sin demostrarte amor a través de lo que sacrifica.
Valeria miró a su amiga.
—¿Desde cuándo sabes decir cosas tan sensatas?