Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 47----Lo que estamos dispuestos a intentar

Valeria leyó la nota de Mateo cuatro veces antes de guardarla.

La primera, buscando lo que decía.

La segunda, intentando descubrir lo que no decía.

La tercera, porque había una frase que no conseguía quitarse de la cabeza.

Quiero estar contigo.

La cuarta fue para asegurarse de que no se la había inventado.

Después dobló el papel por las mismas marcas, lo metió en el bolsillo delantero de su mochila y se quedó mirando el techo de su habitación.

No era una declaración nueva. Mateo ya le había dicho que quería intentarlo, que no quería que fuera solamente su amiga, que estaba cansado de fingir que le daba igual verla con alguien más.

Pero aquella nota tenía algo distinto.

No le pedía que esperara.

No le prometía que todo saldría bien.

Tampoco le exigía una respuesta inmediata.

Por primera vez, Mateo parecía entender que quererla no le daba derecho a decidir por ella, y que tener miedo no lo eximía de hablar.

El problema era que Valeria también tenía algo que decir.

Y no estaba segura de poder hacerlo sin que la voz le temblara.

—Si sigues mirando esa mochila, va a empezar a cobrarte alquiler —dijo Lucía desde la puerta.

Valeria se incorporó de golpe.

—¿Qué haces aquí?

—Vivo aquí.

—¿No tienes deberes?

—¿No tienes una vida?

Valeria le lanzó un cojín. Lucía lo esquivó con una facilidad que resultaba ofensiva y entró en la habitación.

—Mamá dice que bajes a cenar en diez minutos.

—Ahora voy.

Lucía miró la mochila y luego a su hermana.

—¿Es de Mateo?

—No.

—Entonces, ¿por qué te has puesto roja?

—Porque estoy considerando seriamente tirarte por la ventana.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Tampoco te la he contestado.

Lucía sonrió, satisfecha con haber conseguido alguna reacción, y se sentó al borde de la cama.

—¿Van a estar juntos?

La pregunta cayó entre ambas con una sencillez irritante.

Valeria bajó la mirada hacia sus manos.

—No lo sé.

—¿Pero quieres?

Esta vez no respondió enseguida.

Pensó en los años de bromas que solo ellos entendían, en los mensajes que llegaban justo cuando había decidido dejar de esperar, en las conversaciones que terminaban con algo importante todavía atrapado entre los dos.

Pensó también en Alex, en la tranquilidad de hablar con alguien que decía lo que quería sin convertirlo en un acertijo. En lo fácil que habría sido aceptar esa claridad y dejar de preguntarse qué significaba cada gesto de Mateo.

Pero una cosa era reconocer que Alex le ofrecía algo bueno.

Y otra, muy distinta, fingir que eso borraba lo que sentía por Mateo.

—Sí —admitió finalmente—. Quiero.

Lucía dejó de sonreír como si acabara de escuchar algo más importante de lo que esperaba.

—Entonces, ¿qué falta?

Valeria soltó una risa breve.

—¿Tienes trece años y ya crees que todo se arregla diciendo lo que quieres?

—No. Creo que se complica muchísimo cuando nadie lo dice.

Valeria la miró.

—¿Quién te enseñó eso?

—Ustedes dos. Es imposible vivir en esta casa y no aprenderlo.

Lucía se levantó y se dirigió a la puerta.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Por cierto, si lo haces sufrir demasiado, voy a tener que elegir entre ustedes. Y me cae bien, pero tú me das dinero para comprar helado.

—¡Lucía!

Su hermana desapareció por el pasillo riéndose.

Valeria se quedó sola, aunque ya no estaba pensando en la nota.

Estaba pensando en la pregunta.

¿Qué falta?

Quizá había llegado el momento de dejar de responderse con una lista interminable de cosas que podían salir mal.

Quizá faltaba algo mucho más sencillo.

Hablar con Mateo sin intentar adivinar qué iba a decir después.
----------------

El correo llegó a las once y diecisiete de la mañana.

Mateo estaba en la biblioteca, con el portátil abierto y una hoja llena de números que ya había revisado tantas veces que empezaba a odiarlos personalmente.

Había anotado el sueldo estimado del trabajo de verano, los gastos de transporte, el alojamiento, los materiales y las becas a las que había solicitado acceso. Algunas cifras eran provisionales. Otras dependían de respuestas que todavía no tenía.

El resultado no era tranquilizador, pero por primera vez tampoco era una fantasía.

Era un plan.

Uno imperfecto, difícil y lleno de condiciones, pero suyo.

El aviso de correo apareció en una esquina de la pantalla.

Actualización sobre tu solicitud de ayuda económica.

Mateo dejó de mover el pie debajo de la mesa.

Abrió el mensaje.

Leyó la primera línea.

Después volvió al principio y lo leyó entero.

La ayuda aprobada cubría una parte de los gastos, pero no todo. La cantidad era considerable y le permitía reducir la diferencia que necesitaba financiar, aunque todavía debía encontrar una solución para el alojamiento y el resto de los costos.

No era suficiente para dejar de preocuparse.

Sí era suficiente para seguir adelante.

Mateo se pasó una mano por la cara y soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

—Por tu expresión, espero que no sea una factura.

Diego dejó su mochila en la silla de enfrente.

—Me han aprobado una parte de la ayuda.

—¿Una parte buena o una parte de esas que sirven para pagar el lápiz con el que firmas el préstamo?

Mateo giró el portátil para que pudiera leer.

Diego revisó el mensaje y asintió despacio.

—Esto cambia las cosas.

—No todas.

—Nadie ha dicho que todas.

Mateo cerró la tapa del portátil, aunque dejó una mano encima.

—Todavía no sé cómo voy a cubrir lo que falta.

—Tienes el trabajo.

—Sí.

—Y puedes volver a hablar con la universidad sobre las opciones de alojamiento.

—Sí.

—Y podrías preguntarle a tu padre si está dispuesto a ayudar con una parte, aunque no acepte elegir por ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.