El problema de empezar a hablar con sinceridad era que, tarde o temprano, llegaba el momento de decir algo que podía cambiarlo todo.
Valeria lo descubrió el jueves por la mañana, cuando Mateo llegó al colegio con una expresión que ella conocía demasiado bien.
No estaba enfadado. Tampoco parecía triste.
Era algo peor.
Estaba pensando demasiado.
—Buenos días —dijo él, dejando la mochila junto a su mesa.
Valeria cerró el libro que estaba leyendo.
—Eso depende.
Mateo arqueó una ceja.
—¿De qué?
—De si vienes a contarme algo o a decirme que después me cuentas algo.
Él bajó la mirada, y durante un instante ella pensó que iba a sonreír.
No lo hizo.
—Hablé con mi padre anoche.
Valeria enderezó la espalda.
—¿Y?
—Revisó los números. Dice que el plan podría funcionar, pero que no puede comprometerse a pagar lo que falta hasta que sepamos exactamente cuánto me van a dar de ayuda.
—Eso parece razonable.
—Sí.
La forma en que lo dijo le indicó que había algo más.
—Mateo.
—También me dijo que, si elijo esa universidad, voy a tener que asumir que quizá no pueda ayudarme tanto como yo esperaba.
Valeria se quedó callada.
—¿Y eso qué significa?
—Que todavía no sé cómo voy a cubrir todo. El trabajo de verano me ayuda, la beca también, pero falta una parte. Estoy buscando otras opciones.
—¿Y tu padre?
Mateo se pasó una mano por el pelo.
—Quiere que vuelva a considerar la universidad que él eligió. Dice que sería más fácil, que podría trabajar con él mientras estudio y que no tendría que preocuparme tanto por el dinero.
—¿Y tú quieres ir allí?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Valeria asintió, aunque algo dentro de ella se tensó.
—Entonces no tienes que hacerlo.
—No es tan sencillo.
—Ya lo sé.
—No, Vale. No lo sabes. —Mateo se detuvo, como si acabara de escuchar su propio tono—. Perdón. No quería decirlo así.
Ella apartó la mirada hacia la ventana.
Aquello era precisamente lo que habían prometido evitar: convertir el miedo en una respuesta hiriente y dejar que el otro se encargara de adivinar lo que había detrás.
—Está bien —dijo—. Sé que es complicado. No sé exactamente cuánto, porque no me has contado todos los detalles. Pero puedes hacerlo.
Mateo la observó.
—¿Y si no puedo?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Valeria sintió que la respuesta fácil se le deshacía en la boca.
Podía decirle que encontrarían una solución. Que todo saldría bien. Que su padre acabaría cediendo y que el dinero aparecería de alguna parte.
Podía ofrecerle una seguridad que no tenía.
Pero había aprendido que las promesas vacías podían parecer amorosas hasta que llegaba el momento de cumplirlas.
—Entonces tendrás que decidir qué alternativa puedes aceptar —respondió—. Pero no quiero que renuncies a lo que quieres solo porque estás asustado.
Mateo asintió despacio.
—Eso es lo que intento hacer.
—Lo sé.
Sonó el timbre antes de que pudieran seguir hablando.
Mateo recogió la mochila, pero no se marchó enseguida.
—¿Podemos hablar después de clases? En serio. Quiero explicarte todo.
Valeria recordó el mensaje de la noche anterior.
No es una mala noticia, pero todavía no sé cómo va a terminar.
—Sí —dijo—. Después de clases.
Mateo pareció relajarse un poco.
—Gracias.
Ella estuvo a punto de preguntarle si quería que lo acompañara mientras revisaba las opciones, si necesitaba ayuda con las solicitudes o si había dormido bien.
En cambio, lo dejó ir.
No porque no le importara.
Sino porque quería que él pudiera contarle lo que le pasaba sin sentir que tenía que resolverlo todo antes de acercarse a ella.
Era un aprendizaje incómodo.
Sobre todo cuando querer a alguien significaba tener que soportar que no siempre pudieras quitarle el miedo.
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A la hora del almuerzo, Sofía dejó su bandeja frente a Valeria y la miró con desconfianza.
—¿Qué pasó?
Valeria levantó la vista.
—Hola a ti también.
—Te conozco. Llevas diez minutos moviendo la comida de un lado a otro y no has insultado a nadie. Es preocupante.
—Mateo tiene problemas con la universidad.
Sofía dejó de bromear.
Valeria le explicó lo que sabía: la ayuda económica parcial, el trabajo de verano, la posibilidad de que Gabriel no cubriera el resto y la insistencia de su padre en que eligiera otra universidad.
—¿Y qué va a hacer? —preguntó Sofía.
—No lo sé. Está buscando alternativas.
—¿Y tú cómo estás?
Valeria se quedó mirando su vaso.
—No sé cómo ayudarlo sin que parezca que estoy intentando convencerlo de algo.
—¿De qué?
—De que se vaya. De que se quede. De que elija lo que quiere. No quiero que tome una decisión por mí.
Sofía apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Vale, puedes apoyarlo sin decidir por él.
—Ya lo sé.
—No parece.
Valeria frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Llevas semanas intentando encontrar la forma perfecta de hacer todo esto. Quieres que Mateo sea sincero, que tú seas sincera, que ninguno tenga miedo, que nadie salga herido y que el futuro coopere. —Sofía hizo una pausa—. Tengo malas noticias: el futuro es bastante idiota.
Valeria soltó una risa breve, a pesar de sí misma.
—Gracias. Me siento mucho mejor.
—De nada. Para eso estoy.
Sofía volvió a ponerse seria.
—No puedes hacer que las decisiones de Mateo no tengan consecuencias. Tampoco puedes hacer que las tuyas no las tengan. Lo único que puedes hacer es dejar de fingir que no te importan.
Valeria pensó en la conversación de las escaleras, en la mano de Mateo sobre la suya y en lo fácil que había sido hablar mientras todavía no tenían que decidir nada concreto.