Mateo había imaginado aquella conversación tantas veces que, cuando por fin llegó el momento de tenerla, no supo cómo empezar.
Tenía los números sobre el escritorio, el correo de la universidad abierto en el portátil y una libreta llena de anotaciones que había revisado hasta aprenderse de memoria cada cifra.
La ayuda económica aprobada cubría una parte de los gastos. El alojamiento compartido reduciría otra. El trabajo de verano le permitiría ahorrar antes de empezar las clases, y había encontrado una segunda opción de financiación que todavía estaba pendiente de confirmación.
Aun así, faltaba dinero.
No era una cantidad imposible, pero tampoco una que pudiera ignorar.
Su padre había pasado la tarde revisando el plan. Cuando Mateo entró en el despacho, Gabriel tenía los documentos organizados en tres montones y una expresión que no permitía adivinar su conclusión.
—Siéntate —dijo.
Mateo obedeció.
Gabriel le acercó una hoja.
—He hablado con el asesor. Podemos cubrir una parte de los gastos del primer año, siempre que mantengas un presupuesto y revisemos cómo van las cosas al terminar el primer semestre.
Mateo miró el documento.
—¿De verdad?
—No he dicho que vaya a pagarte todo.
—Lo sé.
—Y tampoco significa que crea que esta sea necesariamente la mejor opción.
Mateo levantó la vista.
—También lo sé.
Su padre suspiró, quizá esperando una discusión que esta vez no llegó.
—Pero has hecho un esfuerzo por encontrar alternativas. No has venido a pedirme que resuelva el problema sin explicarme cómo piensas afrontarlo. Eso merece que considere ayudarte.
Mateo bajó los ojos hacia la hoja. Había una cifra escrita al final, una cantidad que no cubría todos los gastos, pero que convertía su plan en algo mucho más viable.
Sintió alivio.
Después, una alegría cautelosa.
Y, finalmente, algo que se parecía a la incredulidad.
—Gracias —dijo.
Gabriel asintió.
—No me lo agradezcas como si te estuviera haciendo un favor sin condiciones. Vas a tener responsabilidades. Tendrás que trabajar durante el verano, administrar el dinero y cumplir con tus estudios.
—Lo entiendo.
—Y si las cosas no salen como esperas, tendrás que asumirlo.
Mateo sonrió ligeramente.
—Papá, estoy intentando estudiar una carrera, no comprar una isla.
Gabriel lo miró con severidad durante un segundo, hasta que la comisura de su boca se movió apenas.
—No te pongas gracioso.
—Es un mecanismo de defensa familiar.
—Ese mecanismo necesita mantenimiento.
Mateo soltó una carcajada.
La tensión se alivió lo suficiente para que ambos pudieran respirar.
Gabriel recogió los papeles y los alineó sobre el escritorio.
—Hay otra cosa que quiero decirte.
Mateo esperó.
—No quiero que interpretes esto como que estoy de acuerdo con todas tus decisiones. Algunas me siguen preocupando.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que te quedes con la idea de que tienes que vivir la vida que yo habría elegido para ti.
Mateo sintió que algo se le cerraba en la garganta.
Durante mucho tiempo había querido escuchar esas palabras. Había imaginado que, cuando llegaran, sentiría una satisfacción enorme, como si por fin hubiera ganado una discusión que llevaba años pendiente.
En cambio, sintió tristeza por el tiempo que habían pasado sin saber hablarse.
—No quería pelear contigo —dijo—. Solo quería que me escucharas.
Gabriel bajó la mirada.
—Lo sé. Creo que tardé demasiado en entenderlo.
Mateo no intentó convertir aquello en una reconciliación perfecta. Su padre no había dejado de preocuparse de un día para otro, y él tampoco había olvidado todas las veces que se había sentido obligado a elegir entre decepcionarlo y decepcionarse a sí mismo.
Pero algo había cambiado.
Gabriel le estaba dando la posibilidad de construir su futuro sin exigirle que renunciara a él para conservar su aprobación.
—Voy a hacer que funcione —dijo Mateo.
Su padre levantó una ceja.
—Vas a intentarlo. No es lo mismo.
Mateo sonrió.
—Estoy aprendiendo a distinguirlo.
Cuando salió del despacho, sacó el teléfono y abrió la conversación con Valeria.
Escribió un mensaje.
Lo borró.
Volvió a escribirlo, esta vez sin buscar una frase ingeniosa.
Mateo: Mi padre va a ayudarme con una parte de los gastos. No está todo resuelto, pero puedo ir a la universidad que elegí.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Valeria: Mateo.
Después apareció otro mensaje.
Valeria: ¡Mateo!
Él se echó a reír.
Mateo: Supongo que eso significa que te alegras.
Valeria: Significa que estoy sonriendo tanto que mi hermana acaba de preguntarme si me he vuelto loca.
Mateo: Dile que es un efecto secundario de mi encanto.
Valeria: No voy a mentirle a una menor.
Mateo sonrió, pero la siguiente respuesta de Valeria lo hizo quedarse quieto.
Valeria: Estoy muy orgullosa de ti. De verdad.
La leyó dos veces.
Luego escribió:
Mateo: Gracias por acompañarme sin intentar decidir por mí.
Valeria tardó un poco en contestar.
Valeria: Gracias por dejarme acompañarte.
Mateo miró la pantalla durante unos segundos.
Después añadió:
Mateo: ¿Podemos vernos mañana? Quiero que hablemos de nosotros.
Esta vez no hubo vacilaciones.
Valeria: Sí. Mañana. Quiero hablar contigo de todo.
Mateo dejó el teléfono sobre la cama.
Mañana.
La palabra que durante años había utilizado para aplazar las cosas importantes.
La misma palabra que había convertido sus sentimientos en una promesa sin fecha.