Un año después, Valeria Santos seguía odiando las estaciones de autobuses.
No por el ruido, ni por las filas interminables, ni por el café demasiado caro que vendían en el local de la esquina.
Las odiaba porque siempre llegaba un momento en el que tenía que despedirse de Mateo Ferrer.
Y porque, aunque llevaba doce meses haciéndolo, todavía no había aprendido a marcharse sin mirar atrás.
—Tienes una cara horrible —dijo Mateo.
Valeria levantó la vista de su teléfono.
—Qué bonito. Yo también me alegro de verte.
—No, en serio. Pareces a punto de asesinar a alguien.
—Estoy considerando mis opciones.
Mateo sonrió y dejó su mochila junto a la de ella.
Había llegado hacía apenas veinte minutos, después de un viaje de varias horas desde la ciudad donde estudiaba. Tenía el pelo revuelto, una arruga en la camisa y la misma sonrisa que Valeria conocía desde los quince años.
La diferencia era que ahora podía acercarse y besarla sin tener que preguntarse si estaba interpretando mal el momento.
Así que lo hizo.
Un beso breve, cálido, familiar.
Valeria le rodeó el cuello con los brazos y lo besó otra vez antes de apartarse.
—Ahora sí —dijo—. Ya puedo considerar otras opciones.
Mateo apoyó la frente contra la suya.
—¿Me has echado de menos?
—No.
—Qué lástima. Porque yo he pasado todo el viaje pensando en ti.
—Eso explica por qué has tardado tanto en llegar.
Él soltó una carcajada.
Valeria sonrió, pero cuando Mateo la abrazó, cerró los ojos un instante más de lo habitual.
Había imaginado aquel reencuentro durante toda la semana. Había contado los días, revisado el horario del autobús y organizado sus tareas para tener libre el viernes por la tarde.
No se lo había dicho porque le daba vergüenza admitir cuánto esperaba aquellos momentos.
Mateo, sin embargo, parecía haber aprendido a reconocerla incluso cuando ella intentaba esconderse.
—¿Qué pasa? —preguntó, acariciándole el pelo.
—Nada.
Él se apartó lo suficiente para mirarla.
Valeria suspiró.
—Vale. Sí pasa algo.
—Te escucho.
Ella miró hacia las puertas de la estación, donde la gente entraba y salía con maletas, mochilas y abrazos que duraban unos segundos antes de convertirse en despedidas.
—A veces me cansa echarte de menos.
Mateo no respondió con una broma.
Tampoco le dijo que pronto terminarían las clases, que podrían verse más o que todo sería más fácil si ella dejaba de pensar tanto.
Solo le tomó la mano.
—A mí también.
Valeria lo miró, sorprendida por la sencillez de la respuesta.
—¿No vas a decirme que debería acostumbrarme?
—No. Porque no creo que tengas que acostumbrarte a que algo te duela para demostrar que puedes soportarlo.
Ella sintió que se le aflojaba algo en el pecho.
Durante el primer semestre habían tenido días difíciles. Habían discutido por llamadas que no llegaban, por planes que cambiaban y por la sensación de que, mientras uno estaba viviendo algo importante, el otro se lo perdía.
La distancia no había convertido su relación en una historia más bonita.
La había vuelto real.
Y lo real tenía horarios, cansancio, gastos, exámenes y días en los que ninguno sabía qué decir.
También tenía llamadas inesperadas, fotografías absurdas, mensajes de buenos días escritos medio dormidos y la emoción de encontrar una voz conocida al otro lado del teléfono después de una jornada complicada.
No todo era romántico.
Pero casi todo importaba.
—¿Sabes qué me habría gustado? —preguntó Valeria.
—¿Qué?
—Que viviéramos en la misma ciudad.
Mateo asintió.
—A mí también.
—Que pudieras venir a cenar un martes sin tener que organizarlo con dos semanas de anticipación.
—Eso estaría bien.
—Y que pudiera verte cuando tengo un día horrible, en vez de tener que explicártelo por teléfono.
Mateo le apretó la mano.
—Podemos pensar en cómo hacerlo mejor.
Valeria sonrió un poco.
—¿No vas a intentar convencerme de que todo esto merece la pena?
—Creo que eso tienes que decidirlo tú.
Ella lo observó durante unos segundos.
Después se acercó y lo abrazó.
—Sí —murmuró contra su hombro—. Merece la pena.
Mateo la estrechó entre sus brazos.
—Para mí también.
No necesitaban convertir aquella conversación en una promesa eterna.
Solo necesitaban reconocer que podían extrañarse y seguir queriéndose. Que podían estar cansados de la distancia sin estar cansados el uno del otro.
Y que decirlo no significaba que su relación estuviera fallando.
Significaba que estaban aprendiendo a cuidarla.
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El viernes por la noche, Mateo cenó con la familia Santos.
Lucía, que ahora tenía catorce años, había decidido que el aniversario de su relación era una ocasión suficientemente importante como para hacer preguntas incómodas durante toda la cena.
—¿Quién dijo «te quiero» primero? —preguntó mientras servía agua.
Valeria casi se atragantó.
—Lucía.
—Es una pregunta normal.
—No, no lo es —dijo Mateo, intentando contener la risa.
—¿Quién besó a quién primero?
—Lucía —repitió Valeria.
—¿Cuánto tardaron en darse cuenta de que se gustaban?
Su padre dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Esa sí quiero saberla.
—Papá, no ayudes.
Andrés Santos sonrió, encantado.
Elena, por su parte, observaba a Mateo con esa expresión tranquila que utilizaba cuando quería que alguien hablara sin sentirse interrogado.
Mateo levantó ambas manos.
—Antes de que esto se convierta en una investigación oficial, quiero aclarar que la primera pregunta tiene una respuesta bastante sencilla.
Valeria lo miró con desconfianza.
—Mateo, ni se te ocurra.
Él sonrió.
—Yo dije «te quiero» primero.