Durante los días siguientes, Aiden descubrió que la notificación que más esperaba no era un nuevo correo ni una actualización del juego…
Era el pequeño aviso que decía:
“Lyra se ha conectado.”
Empezó a conectarse más temprano, como si el juego ahora tuviera un propósito diferente al de subir niveles o conseguir recompensas. Cuando entraba, casi siempre la encontraba ya en línea. Y si no, no tardaba en aparecer.
No hablaban de cosas personales, al menos no todavía. El chat seguía limitado a estrategias, bromas rápidas, y comentarios sarcásticos sobre otros jugadores. Pero había algo diferente en la forma en que ella le respondía. Algo que rompía la frontera entre avatar y persona.
Una noche, después de una larga sesión de juego en una mazmorra de hielo, Lyra escribió algo distinto:
—“Eres bueno jugando, Kael… pero también eres raro. Me gusta eso.”
Aiden tardó unos segundos en responder.
—“¿Raro cómo?”
—“No sé. No buscas impresionar. Solo… estás. Pero estás bien.”
No supo qué contestar. Simplemente sonrió. Apoyó la espalda en su silla y miró la pantalla como si la pudiera ver a través de los píxeles.
Era extraño. Nunca había sentido algo tan… vivo con alguien que nunca había visto.
Decidieron ir juntos a completar una serie de misiones secundarias. Y fue durante esas sesiones más tranquilas que comenzaron a abrirse un poco más.
—“¿Hace cuánto juegas?” —le preguntó Aiden, mientras sus personajes cruzaban un campo de flores digitales.
—“Desde que necesito distraerme. Así que… hace bastante.”
No era una respuesta concreta, pero sí honesta. Aiden no presionó. Se limitó a acompañarla.
—“¿Tú?” —preguntó ella después de un rato.
—“Desde que la realidad dejó de tener sentido para mí.”
—“Vaya. Suena intenso.”
—“Lo es.”
Ella no respondió de inmediato. Luego escribió:
—“No me gusta el mundo real. Me siento menos rota aquí.”
Aiden tragó saliva. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre el teclado por un momento.
—“Yo también.”
Era la primera vez que ambos compartían algo más allá de la mecánica del juego. No hablaban de nombres, ni de dónde vivían, ni de cómo eran físicamente. Pero cada palabra era una pequeña grieta que abría paso a algo más profundo.
Esa noche, después de varias horas jugando, Lyra dijo que debía irse.
—“Mañana nos vemos, ¿sí?”
—“¿A qué hora?”
—“A la misma de siempre. Tú sabes.”
Y se desconectó.
Aiden se quedó mirando su pantalla vacía, con el cursor parpadeando donde antes estaban sus mensajes. Se levantó de la silla, fue a la cocina y preparó una taza de café, aunque era de madrugada.
No podía dejar de pensar en ella.
No sabía cómo era su voz, ni su rostro. Solo tenía una idea, una presencia. Una sensación de que cuando jugaban juntos, el mundo dejaba de pesar tanto.
Y se preguntó si ella también pensaba en él cuando apagaba el juego.
Los días se volvieron semanas. Se acostumbraron a compartir las noches. Ya no solo hacían misiones; a veces simplemente paseaban por los paisajes de Elarion, sentados al borde de los acantilados o explorando ruinas que no daban recompensas, pero sí conversaciones.
—“¿Por qué siempre juegas solo?” —le preguntó Lyra una noche, mientras sus personajes observaban el atardecer digital en la cima del Monte del Silencio.
—“Porque la gente siempre se va. Prefiero no acostumbrarme.”
—“Yo también… pero aquí estoy.”
—“Sí, aquí estás.”
Hubo un silencio que ninguno de los dos quiso llenar con texto. Era el tipo de pausa que no se siente incómoda. Era una pausa sincera.
Entonces, ella escribió:
—“No tienes que decirme nada real. No tienes que mostrarme nada. Solo quiero que sepas que, por alguna razón, me siento bien cuando juego contigo.”
Y con eso, cerró sesión.
Aiden no respondió. No porque no supiera qué decir, sino porque… lo entendía.
No conocía su rostro. No sabía si era alta o baja, si tenía una sonrisa dulce o una mirada triste. Pero sí sabía que, de todas las personas en el mundo —físico o virtual—, nadie le había hecho sentir tan acompañado sin necesidad de tocarlo.
Ella era la única que lo hacía sentir visible, incluso sin verlo.
Y eso, aunque él no lo supiera todavía, ya era una forma de amar.