Entre misiones y latidos.

Sombras entre codigos.

No todo era perfecto. Y Aiden lo sabía.

Por más cálido que fuera su vínculo con Lyra, por más auténticas que se sintieran sus palabras, existía una barrera invisible que a veces dolía más que cualquier discusión: la distancia. La irrealidad del medio. El no saber si, fuera de ese mundo digital, sus corazones podrían seguir latiendo al mismo ritmo.

Los días pasaban. Las noches se alargaban. Y, con ellas, también lo hacían las preguntas.

¿Estaban enamorándose realmente… o solo se refugiaban el uno en el otro?

Esa noche, Aiden llegó tarde a casa. Había tenido una jornada agotadora en el trabajo: discusiones con su jefe, tareas duplicadas, un metro colapsado de gente con caras grises. Llegó empapado por la lluvia, con los ojos pesados y el alma igual de húmeda que su ropa.

Pero se conectó.

No porque tuviera fuerzas… sino porque necesitaba verla. A ella. Su refugio. Su pausa.

Lyra ya estaba en línea. Lo estaba esperando en el claro donde solían encontrarse. Su personaje, sentado como siempre bajo el árbol. Cuando Aiden llegó, no escribió nada. Solo se sentó a su lado.

El silencio digital se prolongó.

—“¿Estás bien?” —preguntó ella.

—“No mucho. Pero estoy aquí.”

—“¿Quieres hablar?”

Aiden dudó. Quería, pero al mismo tiempo, sentía que todo lo que pudiera decir sería una descarga pesada. No quería manchar ese rincón puro que compartían con las sombras de su día.

—“Solo… no tengo ánimo hoy. Siento que todo me pesa.”

Lyra tardó. Luego escribió:

—“Puedo quedarme contigo. En silencio, si hace falta. No me molesta. Pero también necesito decirte algo.”

Aiden se enderezó en la silla. Esa frase no sonaba como las demás.

—“¿Qué pasa?”

Lyra escribió:

—“Me desconecté un par de días para aclarar cosas conmigo misma. No te lo dije porque… no sabía cómo ibas a reaccionar.”

El corazón de Aiden dio un pequeño vuelco.

—“¿Y qué descubriste?”

—“Que tengo miedo de todo esto. Mucho miedo. Me importa demasiado lo que está pasando entre nosotros, y no sé cómo manejarlo. Esto se siente tan real… que me asusta que se vuelva irreal si un día decides no volver.”

Aiden sintió el nudo en la garganta. Porque él también había tenido ese pensamiento. Ese temor constante de que, al encender el juego, ella ya no estuviera. Y todo se derrumbara sin explicación.

—“¿Crees que yo desaparecería así, sin más?”

—“No lo sé. Pero no quiero idealizarte. No quiero vivir esperando algo que quizá no suceda fuera de aquí.”

Fue un golpe suave, pero directo. Dolía.

—“¿Y qué quieres, entonces?”

Hubo un silencio largo. El cursor titilaba. Hasta que apareció la frase:

—“Quiero que esto crezca, pero con los pies en la tierra. Necesito saber que no soy solo una distracción para ti.”

Aiden tragó saliva. Sintió cómo esa frase lo golpeaba justo en la herida.

—“No eres una distracción. Eres lo único que hace que mis días valgan la pena últimamente.”

—“¿Pero eso es amor, Aiden? ¿O es soledad maquillada?”

Esa pregunta le dolió más que cualquier cosa que hubieran dicho antes.

Y no respondió enseguida. Porque no sabía. O quizá no quería admitirlo.

Después de unos minutos, tecleó:

—“No sé si esto es amor todavía. Pero sé que no quiero dejar de hablar contigo. No quiero perder lo que tenemos. Sea lo que sea.”

Lyra respondió casi de inmediato:

—“Yo tampoco. Pero necesito que hablemos con verdad. Que no solo nos idealicemos. Que sepamos quiénes somos… con defectos y todo.”

Y entonces, ella escribió algo inesperado:

—“Mañana quiero hacer una videollamada contigo. Solo unos minutos. Quiero saber si cuando vea tu rostro… esto sigue siendo tan real como ahora.”

Aiden se quedó paralizado.

Su mayor miedo. Su prueba más grande.

Él, que no se mostraba nunca. Que se sentía pequeño frente a cualquier juicio. Él, que no se creía suficiente. ¿Y si la decepcionaba? ¿Y si todo lo que habían construido colapsaba al verse?

—“¿Te asusta?” —preguntó Lyra.

—“Mucho.”

—“A mí también. Pero si vamos a seguir, tenemos que romper el velo. Aunque duela.”

Aiden dejó las manos sobre el teclado. Cerró los ojos. Respiró hondo. Y respondió con la verdad más limpia que tenía:

—“Entonces mañana te mostraré mi cara. Porque por ti… vale la pena el miedo.”

Se despidieron con una extraña mezcla de ternura y tensión. Como dos corazones latiendo al borde de un acantilado.

Esa noche, Aiden no durmió bien. Se quedó horas frente al espejo, mirándose como si buscara algo que valiera ser mostrado. Y no encontró nada especial. Pero recordó su voz. Su dulzura. Sus silencios compartidos.

Y eso le dio fuerzas.

Porque cuando un lazo es verdadero, la imagen solo es una puerta más. Nunca el destino.

Y al día siguiente, ambos sabrían si su mundo sobreviviría al encuentro de sus miradas.




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