La rutina había cambiado para Aiden y Lyra desde que comenzaron a planear su encuentro real. Cada noche era un refugio en medio del caos del mundo real, un espacio donde podían ser ellos mismos sin máscaras ni distracciones. El árbol bajo el cual se encontraban en el juego se había convertido en su lugar sagrado, un santuario donde sus palabras y sus sentimientos fluían libres.
Esa tarde, el sol digital comenzaba a caer lentamente, tiñendo el cielo del juego con tonos anaranjados y violetas. Aiden se conectó temprano, esperando ver a Lyra en su lugar habitual. No tardó mucho en encontrarla, ya sentada bajo el árbol, con la mirada perdida en el horizonte pixelado.
Se acercó despacio, como si no quisiera romper la magia del momento.
—“Hola,” dijo él con voz suave, casi como un susurro.
Ella giró el rostro y le regaló una sonrisa que iluminó su avatar y también su corazón.
—“Hola, Aiden. Estaba pensando en nosotros.”
—“¿Y en qué pensabas?” —preguntó él, sentándose a su lado virtual.
Lyra tomó un respiro profundo y luego comenzó a hablar, con una sinceridad que lo conmovió.
—“A veces me cuesta creer que esto sea real. Que entre códigos y píxeles haya algo tan fuerte, tan puro.”
—“Lo es,” respondió él sin dudar. “Aunque estemos separados por kilómetros, siento que te conozco más que a nadie.”
Ambos guardaron silencio un instante, dejando que el mundo virtual desapareciera a su alrededor.
—“¿Sabes qué?” —dijo Lyra al fin—. “Imagino que este árbol guarda todos nuestros secretos, nuestras risas, nuestros miedos.”
—“Y nuestros sueños,” agregó Aiden, tomando la iniciativa de acercarse un poco más.
El avatar de Aiden rozó la mano de Lyra con suavidad, un gesto simple pero cargado de significado. En ese instante, ella sintió un calor que traspasaba la pantalla, una conexión que iba más allá de lo digital.
—“Si pudiera, te tomaría la mano ahora mismo,” susurró él.
—“Yo también lo deseo,” admitió ella con una sonrisa tímida.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era incómodo, sino lleno de una calma reconfortante.
—“¿Recuerdas la primera vez que jugamos juntos?” preguntó Aiden, tratando de romper la tensión.
—“Claro,” rió Lyra. “Tuviste que salvarme cuando casi me caigo en aquel abismo. Desde entonces supe que eras alguien especial.”
—“Y yo supe que quería seguir a tu lado,” respondió él, mirándola con una ternura que pocas veces había mostrado.
Las horas pasaron sin que se dieran cuenta. Hablaron de todo: de sus miedos, de sus esperanzas, de lo que querían construir juntos. Fue una conversación íntima, un intercambio de almas a través de un mundo de fantasía.
—“A veces,” confesó Lyra, “me asusta lo que viene. Pero saber que estás ahí me da fuerzas.”
—“Lo mismo siento,” dijo Aiden. “No importa lo que pase, quiero luchar por nosotros.”
En ese momento, la pantalla pareció desvanecerse, dejando solo a dos personas conectadas por algo mucho más fuerte que la distancia.
—“Te quiero, Aiden,” murmuró Lyra con el corazón en la voz.
—“Y yo a ti, Lyra. Más de lo que jamás imaginé.”
Ambos se quedaron en silencio, dejando que esas palabras fluyeran entre ellos, grabándose en sus memorias para siempre.
Mientras la noche caía en sus respectivos mundos, una promesa silenciosa nació bajo aquel árbol virtual: la promesa de un amor que desafiaría cualquier obstáculo.
Porque en medio de píxeles y códigos, habían encontrado algo real.