El calendario marcaba la fecha que durante meses había parecido un sueño lejano. Ahora, esa utopía se volvía realidad. Después de tantos “algún día”, “ojalá pronto” y “cuando llegue el momento”, Aiden y Lyra estaban a menos de veinticuatro horas de conocerse en persona.
El mundo parecía más ruidoso de lo habitual. Las horas se arrastraban, pero a la vez pasaban volando. Ambos sentían como si una cuenta regresiva invisible colgara del cielo.
Aiden no pudo dormir la noche anterior. Dio vueltas en la cama una y otra vez, mirando el techo, preguntándose cómo sería verla, cómo sería su voz sin la latencia de la conexión, cómo se verían sus ojos al reflejar la luz real y no la de una pantalla.
—“¿Y si se decepciona? ¿Y si no soy lo que esperaba?” —se preguntaba, sin poder contener el torbellino de inseguridades.
Frente al espejo, se observó con atención. No era perfecto, pero pensó: "Ella se ha enamorado de lo que soy por dentro. Todo lo demás... es secundario, ¿no?"
A la mañana siguiente, alistó su mochila con manos temblorosas. Guardó la carta que había escrito hacía semanas, la que pensaba entregarle a Lyra cuando la viera por primera vez. No era larga, pero era honesta. Y eso era lo único que quería ser con ella: genuino.
Lyra, por su parte, amaneció antes que el sol. La emoción era tan intensa que ni siquiera el café podía calmarla. Se había preparado mentalmente, físicamente, emocionalmente… o al menos eso creía.
El espejo se convirtió en su confidente. Se detuvo a mirar su reflejo, arreglando una vez más su cabello, una y otra vez. No era vanidad, era vulnerabilidad. Quería que Aiden la viera tal como era, pero también quería que la primera impresión fuera especial.
Había elegido con cuidado la ropa que usaría. No algo espectacular, sino algo que la representara. Se había perfumado con una fragancia suave, esa que decía mucho sin decirlo todo. En su bolso, llevaba una pequeña libreta con dibujos que había hecho durante sus noches de espera. Dibujos de su árbol virtual, de los lugares en el juego donde habían charlado por horas, de frases que él le había dicho. Pensaba dársela si el momento era el indicado.
—“Por favor, que todo sea como lo hemos soñado,” susurró para sí misma mientras salía.
Ambos habían elegido un lugar neutral, bonito pero tranquilo: un pequeño parque urbano, con bancos de madera, árboles altos, y una fuente que se escuchaba suave desde la distancia. Lo habían buscado juntos en Google Maps, señalándolo con emoción semanas atrás: “Aquí. Aquí será.”
Aiden llegó primero. Se sentó en un banco de madera, mirando su reloj más veces de las necesarias. Tenía la carta en la mano, arrugada por los nervios. Miraba a su alrededor con ojos inquietos. Todo parecía real… menos él. Sentía que el mundo iba demasiado rápido, que el aire era más denso.
Y entonces, la vio.
Lyra caminaba hacia él, vestida como en sus fotos, pero con una luz que ninguna cámara había podido capturar. Él la reconoció al instante, y sin embargo, la sintió completamente nueva. Como si su existencia virtual hubiera mutado en carne, en alma, en presencia.
Sus miradas se encontraron a unos metros de distancia. Se detuvieron.
Los latidos de ambos retumbaron como tambores en el pecho. Era como ver una escena que habían ensayado miles de veces, pero esta vez sin teclas, sin conexión, sin auriculares.
Lyra dio el primer paso.
Aiden se levantó, y sin pensarlo, caminó hacia ella.
Y cuando estuvieron a centímetros, ninguno supo bien qué hacer. ¿Abrazarse? ¿Tomarse de las manos? ¿Hablar?
Pero fue ella quien rompió el hechizo con una sonrisa, y con un susurro apenas audible:
—“Hola… por fin.”
Él no pudo evitarlo. La abrazó. No fuerte, no torpemente, sino con una ternura desbordante, como si estuviera abrazando cada promesa hecha, cada madrugada compartida, cada “te quiero” dicho a través de una pantalla.
Y en ese instante, se dieron cuenta de algo:
Que el amor que habían construido no había sido digital. Había sido verdadero, humano, sincero. Solo necesitaba un cuerpo para manifestarse, y ahora, por fin, lo tenía.
No dijeron mucho más. Se sentaron en aquel banco, compartiendo el silencio más significativo de sus vidas. Aiden sacó la carta. Lyra sacó su libreta. Se las entregaron al mismo tiempo. Sonrieron.
Y el mundo, por un momento, dejó de girar.
Porque en ese parque sencillo, dos personas que se habían conocido entre misiones y latidos se encontraban finalmente... latiendo juntos.