Entre misiones y latidos.

Continuar la partida.

Dos semanas no parecían tanto. Pero después de haber sentido el calor de una caricia, el roce de una mano, el peso de una mirada compartida sin pantallas… la distancia pesaba más que nunca.

Aiden volvió a su rutina: clases, trabajo, noches con auriculares y teclado. Pero ahora, todo tenía un sabor distinto. No porque su vida hubiera cambiado drásticamente, sino porque ella existía más allá del juego, más allá del chat. Había una realidad que había tocado con sus propias manos. Y la ausencia se sentía como una pausa, no como una pérdida.

Del otro lado, Lyra también trataba de encontrar un equilibrio. Miraba la taza de café que Aiden le había regalado. Tenía un dibujo de sus avatares abrazados, una broma interna que solo ellos comprendían. Cada vez que la usaba, sonreía. No por nostalgia, sino por amor. Por una certeza que se había vuelto parte de ella.

Volvieron al juego la noche siguiente. Mismo lobby, mismos colores, misma música de fondo. Pero todo se sentía distinto.

—“Estás más callado hoy,” dijo Lyra, ajustando el micrófono.

—“Estaba esperando tu voz. Es mejor que cualquier soundtrack,” respondió Aiden, con una sonrisa sincera que ella sintió incluso a través de la pantalla.

Comenzaron la partida. Jugaban en dúo, como siempre, pero sin hablar demasiado. No hacía falta. Conocían sus ritmos. Sabían cuándo uno necesitaba cubrir al otro, cuándo retirarse, cuándo avanzar sin decir nada. Era como bailar. Una danza digital de coordinación y cariño. Como si el juego se hubiese convertido en una coreografía que solo ellos sabían ejecutar.

Cuando terminó la partida —ganaron, claro— se quedaron en la sala de espera. Sin prisa.

—“¿Has pensado… en lo que viene después?” preguntó Lyra de pronto, sin mirar la cámara.

Aiden se acomodó en su silla. Su voz se volvió suave.

—“Todo el tiempo.”

—“Yo también.”

Hubo un silencio. No incómodo, sino denso, lleno de cosas no dichas.

—“Pensé que después de verte, la distancia me dolería menos,” dijo ella. “Pero ahora me duele más. No por tristeza… sino porque te siento más cerca que nunca.”

—“Y porque ya sabemos lo que nos estamos perdiendo cuando no estamos juntos,” agregó Aiden.

Ella asintió.

Comenzaron a hablar de posibilidades.

No promesas, no decisiones apresuradas. Solo posibilidades. Un futuro que no estaba escrito, pero que ahora parecía más alcanzable.

—“¿Y si un día nos vamos a vivir a la misma ciudad?” preguntó Lyra.

—“¿Y si construimos algo juntos, poco a poco, y vemos hacia dónde nos lleva?” propuso él.

No necesitaban tener todas las respuestas. Solo necesitaban la disposición de buscarlas juntos.

Esa noche hablaron hasta que el sol empezó a asomarse. No se dieron cuenta. Hablaron de viajes, de proyectos, de miedos también. De cómo mantener vivo el amor a distancia. De cómo no dejar que la rutina los consuma. De cómo proteger eso tan valioso que habían construido desde cero.

—“No me importa cuánto tardemos,” dijo Aiden, “si al final sigues siendo tú.”

—“Y yo no me canso de esperarte,” respondió Lyra, “porque esperarte es mejor que estar con alguien más por conformidad.”

Los días siguientes fluyeron con naturalidad. Seguían jugando. Seguían hablándose. Pero ahora también se enviaban cartas físicas, pequeños detalles por correo, mensajes escritos a mano con perfume, canciones dedicadas que se compartían al amanecer.

Una vez, Aiden le mandó una caja con una réplica en miniatura del árbol donde se conocieron en el videojuego. Dentro, una nota decía:

“Aquí nació algo. Ahora démosle raíces en el mundo real.”

Lyra lloró al recibirlo.

Y esa noche, le respondió con un dibujo de un nuevo árbol, más grande, más fuerte, con dos figuras abrazadas a su sombra.

Sabían que aún quedaban obstáculos: la distancia, los tiempos, el futuro incierto. Pero también sabían que tenían lo más difícil: el deseo genuino de luchar por lo suyo.

No sabían cómo ni cuándo, pero sí sabían con quién.

Y eso bastaba.

Un mes después, mientras jugaban una partida tranquila, Aiden se detuvo un momento, con su personaje inmóvil frente al avatar de Lyra. El cielo virtual se teñía de tonos anaranjados. Era uno de esos atardeceres pixelados que solo un juego puede crear… pero que ellos habían aprendido a amar.

—“¿Qué haces?” preguntó ella.

—“Solo estoy pensando…” dijo él.

—“¿En qué?”

—“En todo lo que vendrá después.”

Lyra sonrió, mirando la pantalla, pero pensando en mucho más allá.

—“Entonces sigamos jugando.”

Y juntos, como al principio, como siempre, continuaron la partida.

Fin… ¿o solo un nuevo comienzo?




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