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La primera vez que besé a Adrián Valcárcel supe que había cometido un error.
La segunda vez ya no me importó.
La tercera descubrí que el problema nunca había sido besarlo.
El problema era que empezaba a necesitarlo.
Y eso era precisamente lo único que no podía permitirme.
Recuerdo aquella noche con una claridad que todavía me resulta incómoda. La música se escuchaba desde el jardín, las luces de la piscina se reflejaban sobre los ventanales de la casa y había demasiada gente entrando y saliendo como para que alguien se diera cuenta de que yo llevaba casi diez minutos escondida en el balcón del segundo piso.
Tenía el corazón acelerado.
No por la fiesta.
Por él.
Adrián estaba abajo.
Lo sabía porque podía escuchar su voz entre todas las demás.
No necesitaba verlo para reconocerlo. Tenía una manera particular de hablar, como si nunca tuviera prisa y como si cada palabra que decía estuviera destinada a provocar a alguien.
Apoyé las manos sobre la baranda y cerré los ojos durante unos segundos.
Había cometido demasiados errores aquella noche.
Pero ninguno tan grande como haberle permitido acercarse.
-¿Estás huyendo de mí?
Abrí los ojos de golpe.
No tuve que girarme para saber quién era.
-No.
Adrián soltó una pequeña risa detrás de mí.
-Entonces eres muy mala mintiendo.
Me giré lentamente y lo encontré apoyado contra el marco de la puerta.
Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos y el cabello ligeramente despeinado. Tenía esa expresión tranquila que tanto me molestaba, como si todo lo que ocurría a su alrededor le resultara entretenido.
-¿Qué haces aquí? -pregunté.
-Podría preguntarte lo mismo.
-Yo llegué primero.
-Eso no responde mi pregunta.
-Tampoco tengo por qué responderla.
Adrián sonrió.
Y odié que aquella sonrisa todavía consiguiera ponerme nerviosa.
-Sigues enfadada conmigo.
-No estoy enfadada.
-Vera.
-¿Qué?
-Cuando dices mi nombre de esa manera, sé que estás enfadada.
Aparté la mirada.
-Deberías volver a la fiesta.
-¿Quieres que me vaya?
Lo miré otra vez.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Y ese silencio fue peor que cualquier discusión.
Porque ambos sabíamos que la respuesta verdadera era no.
Adrián dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Él volvió a avanzar.
Yo volví a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la baranda.
-No hagas eso -murmuré.
-¿Qué cosa?
-Acercarte.
-¿Por qué?
-Porque sabes perfectamente por qué.
Su expresión cambió.
Ya no estaba sonriendo.
-Entonces dime que me aleje.
Abrí la boca.
No salió ninguna palabra.
Adrián se quedó frente a mí, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir su respiración.
-Eso pensé -susurró.
Y fue en ese momento cuando comprendí que estaba a punto de cometer otro error.
Uno mucho peor que el primero.
Porque esta vez no quería detenerlo.
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Tres meses antes...
Yo todavía no sabía que mudarme a aquella casa iba a cambiar mi vida.
No sabía quién era Adrián Valcárcel.
No sabía que iba a odiarlo.
Mucho menos que terminaría enamorándome de él.
Y, sobre todo, todavía no conocía la regla que todos parecían conocer menos yo.
Entre nosotros no podía pasar nada.
Pero algunas reglas existen precisamente para romperse.