Subí las escaleras intentando convencerme de que no me importaba lo que acababa de pasar.
No me importaba la mirada de Adrián.
No me importaba su tono.
Y definitivamente no me importaba que hubiera conseguido irritarme en menos de cinco minutos.
Mentira.
Me importaba muchísimo.
—¿Te gusta? —preguntó mamá detrás de mí.
Me giré.
—¿La casa?
—Sí.
Miré alrededor.
—Es bonita.
—¿Solo bonita?
—Mamá...
Ella sonrió.
—Está bien. Te dejaré descansar.
Abrió una de las puertas del pasillo.
—Esta es tu habitación.
Entré y me quedé quieta.
Era enorme.
Había una cama matrimonial, un escritorio frente a la ventana, un armario empotrado y un pequeño balcón desde el que podía verse prácticamente todo el jardín.
—Wow...
Mamá sonrió al ver mi reacción.
—Daniel quería que tuvieras un espacio que sintieras tuyo.
Pasé los dedos por la colcha.
—Es demasiado.
—Te lo mereces.
La miré.
—Gracias.
Mamá se acercó y me abrazó.
—Sé que no ha sido fácil para ti.
—No quiero que pienses que estoy molesta contigo.
—Sé que no lo estás.
—Solo necesito acostumbrarme.
—Lo harás.
Asentí.
Después de que mamá se marchara, cerré la puerta y solté el aire que llevaba varios minutos conteniendo.
Me senté sobre la cama.
Por fin estaba sola.
Tomé el teléfono y revisé los mensajes que había dejado pendientes.
Tenía uno de mi mejor amiga, Mara.
Mara: ¿Llegaste viva?
Sonreí.
Escribí rápidamente:
Yo: Apenas.
La respuesta llegó inmediatamente.
Mara: ¿Y la casa?
Miré alrededor.
Yo: Gigante.
Mara: ¿Y el famoso hermanastro?
Fruncí el ceño.
¿Cómo podía estar más interesada en él que en mí?
Yo: Es insoportable.
Mara: Entonces está guapo.
Solté una carcajada.
Yo: No tiene nada que ver una cosa con la otra.
Mara: Vera.
Yo: ¿Qué?
Mara: Cuando dices eso, significa que sí está guapo.
Negué con la cabeza.
No pensaba darle la razón.
Dejé el teléfono sobre la cama y empecé a abrir algunas cajas.
Pasaron unos veinte minutos hasta que escuché música.
Muy fuerte.
Salí de la habitación.
La música venía de una de las habitaciones del final del pasillo.
Caminé hacia allí.
No sabía por qué.
Quizá porque quería pedirle que bajara el volumen.
Quizá porque quería demostrarme a mí misma que no me intimidaba.
Golpeé la puerta.
La música bajó.
Esperé.
Nada.
Volví a golpear.
—¿Qué?
Abrí la puerta unos centímetros.
Adrián estaba sentado sobre una silla frente a su escritorio, mirando su teléfono.
—¿Puedes bajar un poco la música?
Levantó la mirada.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Entonces sí.
Lo miré confundida.
—¿Sí qué?
—Sí, puedo bajarla.
Tomó el control y redujo el volumen.
—Gracias.
Me di la vuelta.
—Vera.
Me detuve.
—¿Qué?
—Puedes entrar.
Miré la habitación.
—No quiero.
—Entonces, ¿por qué sigues en la puerta?
No tenía respuesta.
—Buenas noches.
—Todavía no es de noche.
—Para mí sí.
Él sonrió.
—Buenas noches, entonces.
Cerré la puerta.
Y escuché su risa al otro lado.
Volví a mi habitación y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
Perfecto.
Aquel chico iba a conseguir volverme loca.
Esa noche bajé a cenar con mamá y Daniel.
Adrián ya estaba sentado en la mesa.
A su lado había otro chico que no conocía.
—Vera, él es León —dijo Daniel—. El hermano menor de Adrián.
León levantó la mirada y sonrió.
—Hola.
—Hola.
—Tranquila, yo no soy tan insoportable como él.
Adrián lo miró.
—Hablas demasiado.
—Y tú demasiado poco.
Sonreí.
Por primera vez desde que llegué, alguien me cayó bien.
Durante la cena, Daniel empezó a hablar de las reglas de la casa.
—No quiero que esto se convierta en una prisión —dijo—, pero hay algunas cosas que debemos respetar.
Asentí.
—Primero, si van a llegar tarde, avisan.
—Está bien —respondí.
—Segundo, nada de fiestas sin avisar.
Adrián dejó los cubiertos sobre el plato.
—Eso va a ser complicado.
Daniel lo miró seriamente.
—Precisamente por eso lo estoy diciendo.
León soltó una risa.
Daniel continuó.
—Y tercero...
Hizo una pausa.
—Esta casa tiene espacios privados. Quiero que todos respeten eso.
Adrián me miró.
Yo lo miré.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me estás mirando.
—¿Y?
—Es incómodo.
—Te acostumbrarás.
Levanté una ceja.
—No pienso acostumbrarme a ti.
Él sonrió.
—Ya veremos.
Daniel dejó escapar un suspiro.
—Solo llevan unas horas juntos.
León comenzó a reír.
—Esto promete.
—Cállate —dijimos Adrián y yo al mismo tiempo.
Nos miramos.
Y, por primera vez, ambos sonreímos.
Solo fue un segundo.
Pero fue suficiente para que algo extraño apareciera en mi pecho.
Aparté la mirada rápidamente.
No.
Definitivamente no.