Entre nosotros no hay reglas

CAPÍTULO 3—La primera noche

A la mañana siguiente desperté antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba.

Miré el techo, confundida, hasta que la enorme habitación volvió a recordármelo todo.

La casa.

La mudanza.

Daniel.

Adrián.

Cerré los ojos otra vez.

—Genial —murmuré.

Me levanté y fui directamente al baño. Después de una ducha rápida, me puse unos jeans claros y una camiseta negra. Me recogí el cabello en una coleta y bajé las escaleras.

La casa estaba demasiado silenciosa.

Llegué a la cocina y encontré a León sentado frente a la isla, comiendo cereal mientras miraba su teléfono.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Abrí uno de los armarios.

—¿Dónde está el café?

—Segundo armario de la derecha.

Lo encontré y preparé una taza.

—¿Y Adrián?

León levantó lentamente la mirada.

—¿Por qué quieres saber?

—No quiero saber.

—Acabas de preguntar.

—Porque vivo aquí y necesito saber quién está ocupando la cocina.

León sonrió.

—Está durmiendo.

—¿Todavía?

—Anoche salió.

Me apoyé contra la encimera.

—¿Con amigos?

—Sí.

—Ah.

No sabía por qué aquella respuesta me había provocado curiosidad.

León volvió a mirar su teléfono.

—Aunque probablemente aparecerá pronto.

—¿Por qué?

—Porque siempre lo hace.

Como si sus palabras fueran una especie de predicción, escuchamos la puerta principal.

Segundos después, Adrián entró.

Llevaba una chaqueta oscura y el cabello desordenado. Parecía cansado.

Me miró.

Yo lo miré.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Pasó junto a mí.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Me alegro.

Abrió la nevera.

—¿Y tú? —pregunté.

Se quedó quieto.

—¿Yo qué?

—¿Dormiste bien?

Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—¿Te preocupa?

—Solo preguntaba.

—Entonces sí.

León nos observaba desde la mesa con una expresión divertida.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Porque esto es entretenido.

Adrián cerró la nevera.

—Voy a cambiarme.

Antes de subir las escaleras, se giró hacia mí.

—Por cierto, esta noche hay una fiesta.

—No voy.

—No te pregunté.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿para qué me lo dices?

—Porque vas a ir.

—¿Y tú quién eres para decidirlo?

Adrián sonrió.

—Alguien que sabe que terminarás yendo.

Subió las escaleras.

Lo miré hasta que desapareció.

—Lo odio —dije.

León soltó una carcajada.

—Eso dices ahora.

---

A las ocho de la noche, Mara estaba sentada sobre mi cama.

—No puedo creer que vivas aquí.

—Yo tampoco.

Miró alrededor.

—Y tampoco puedo creer que no me hayas dicho que tu hermanastro es así.

—¿Así cómo?

—Guapo.

Rodé los ojos.

—¿Puedes dejar de decirlo?

—No.

Me levanté y tomé mi bolso.

—No voy a la fiesta.

Mara me miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

—Claro que vas.

—No.

—Vera.

—Mara.

—Tienes dieciocho años, estás en una casa enorme, hay una fiesta y probablemente habrá alcohol, música y chicos.

—Precisamente por eso no quiero ir.

—Mientes.

—¿Sobre qué?

—Sobre el motivo.

La miré.

—¿Qué motivo?

Mara sonrió.

—Adrián.

—No.

—Sí.

—No me gusta.

—Nunca dije que te gustara.

Abrí la boca.

Me quedé callada.

Mara comenzó a reír.

—Vamos.

---

Una hora después, había más gente en aquella casa de la que yo había visto en toda mi vida.

La música hacía vibrar las paredes.

Las luces del jardín estaban encendidas y la piscina estaba rodeada de personas.

Mara desapareció prácticamente en cuanto bajamos.

Yo me quedé cerca de la terraza con un vaso en la mano.



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En el texto hay: celos, romance, emabrazo

Editado: 14.10.2026

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