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No tardé mucho en descubrir que alejarme de Adrián era prácticamente imposible.
La fiesta estaba llena.
Demasiado llena.
Había personas en el jardín, en la terraza, alrededor de la piscina y hasta en las escaleras de la casa. La música sonaba tan fuerte que podía sentir las vibraciones en el suelo.
Intenté encontrar a Mara entre toda aquella gente, pero había desaparecido.
Suspiré y miré mi teléfono.
Yo: ¿Dónde estás?
No respondió.
Guardé el teléfono en mi bolso y caminé hacia la cocina. Necesitaba unos minutos lejos del ruido.
Abrí la nevera buscando una botella de agua y, justo cuando iba a tomarla, escuché una voz detrás de mí.
—¿Escapando otra vez?
Cerré los ojos.
—¿Tú nunca te cansas?
Me giré.
Adrián estaba apoyado contra la puerta de la cocina.
—¿De qué?
—De aparecer cada vez que intento estar sola.
—No sabía que la cocina era tu escondite personal.
—Ahora lo sabes.
Entró tranquilamente y tomó una botella de agua.
—Entonces tendremos que compartirla.
—Qué suerte la mía.
Sonrió.
—No parece que estés disfrutando mucho la fiesta.
—No conozco a nadie.
—Conoces a León.
—León es diferente.
—¿Diferente a mí?
—Muchísimo.
Adrián soltó una risa.
—Eso dolió.
—Sobrevivirás.
Bebió un poco de agua mientras me observaba.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Difícil.
—¿Siempre eres tan molesto?
—Solo cuando alguien me interesa.
La respuesta me tomó desprevenida.
Por primera vez desde que lo conocía, Adrián pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
Hubo un silencio extraño.
—Voy a buscar a Mara —dije finalmente.
—Está afuera.
—¿Cómo sabes?
—La vi hace unos minutos.
Pasé junto a él.
—Gracias.
—Vera.
Me detuve.
—¿Sí?
—No tienes que irte cada vez que estoy cerca.
Lo miré.
—No me voy por ti.
—Claro.
—Es verdad.
—Entonces quédate.
No respondí.
Adrián se hizo a un lado, dejando libre la puerta.
—Vamos.
—¿Adónde?
—A conocer la fiesta.
—Ya sé cómo funciona una fiesta.
—No esta.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, salió de la cocina.
Lo seguí.
No sabía por qué.
Tal vez porque sentía curiosidad.
O quizá porque, aunque no quería admitirlo, estar cerca de él empezaba a resultarme menos incómodo de lo que debería.
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Terminamos en el jardín.
Adrián saludaba a todo el mundo mientras caminábamos. Algunas chicas se acercaban a hablar con él y otras simplemente lo miraban cuando pasaba.
Intenté no prestar atención.
—¿Estás celosa?
Lo miré inmediatamente.
—¿Qué?
—Nada.
—No estoy celosa.
—No dije que lo estuvieras.
—Pero lo insinuaste.
Adrián sonrió.
—Te pones nerviosa muy rápido.
—Tú me pones nerviosa.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
Me di cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
—Quise decir que me irritas.
—Ya.
—Eso fue lo que quise decir.
—Por supuesto.
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a Adrián.
—¡Adrián!
Un chico alto apareció entre la gente.
Adrián levantó una mano.
—Ya voy.
Luego me miró.
—Quédate aquí.
—No necesito que me digas dónde quedarme.
—Lo sé.
Se alejó.
Me quedé observándolo durante unos segundos.
—Te estás metiendo en problemas.
La voz de Mara apareció a mi lado.
Me giré.
—¿Dónde estabas?
—Por ahí.
—Te estuve buscando.
—Yo también te estaba buscando a ti.
Miró hacia donde estaba Adrián.
Después volvió a mirarme.
—No.
—¿Qué?
—No me digas que no pasó nada.
—No pasó nada.
—Vera.
—Solo estuvimos hablando.
Mara sonrió.
—Ajá.