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No sabía por qué había aceptado bailar con él.
Tal vez porque había sido demasiado orgullosa para decir que no.
O quizá porque, en el fondo, quería saber qué se sentía estar tan cerca de Adrián sin tener una discusión de por medio.
Sus dedos seguían rodeando mi mano mientras nos alejábamos de Mara.
La música golpeaba con fuerza alrededor de nosotros. Las luces del jardín cambiaban constantemente, iluminando los rostros de las personas durante unos segundos antes de volver a dejarlos entre sombras.
Adrián se detuvo frente a mí.
Por primera vez pude observarlo con atención sin tener que fingir que no lo estaba haciendo.
Era alto.
Bastante más alto que yo.
Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, probablemente por las horas que llevaba en la fiesta. Algunos mechones caían sobre su frente y contrastaban con sus cejas marcadas. Sus ojos oscuros parecían todavía más intensos bajo las luces de la terraza.
Llevaba una camiseta negra que se ajustaba a sus hombros y unos jeans oscuros.
No entendía por qué había tantas personas pendientes de él.
Bueno...
Quizá sí lo entendía.
—¿Por qué me miras así? —preguntó.
Parpadeé.
—No te estoy mirando de ninguna forma.
Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Claro.
—Deja de sonreír.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque te pones nerviosa cuando te miro.
Sentí calor en las mejillas.
—No estoy nerviosa.
—Estás mintiendo.
—Y tú eres insoportable.
—Eso ya me lo dijiste.
La música cambió.
Adrián se acercó un poco más.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Di un pequeño paso hacia atrás.
Él lo notó.
—¿Te incomodo?
—No.
—Entonces, ¿por qué te alejaste?
No supe qué responder.
Porque la verdad era demasiado sencilla.
Me ponía nerviosa.
Muchísimo.
Y no estaba acostumbrada a sentirme así por alguien que conocía desde hacía tan poco.
—Porque estás demasiado cerca —admití.
Adrián bajó ligeramente la mirada hacia mí.
—¿Y eso es malo?
Tragué saliva.
—No lo sé.
Su expresión cambió.
Ya no parecía estar burlándose.
Había algo diferente en sus ojos.
Algo más serio.
—Yo tampoco —murmuró.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
La música seguía sonando, la gente seguía bailando y las risas continuaban a nuestro alrededor.
Pero para mí todo parecía haberse quedado en silencio.
Adrián extendió una mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—A un lugar donde podamos hablar.
—Aquí podemos hablar.
—Aquí todos nos están mirando.
Miré alrededor.
Tenía razón.
Varias personas parecían haberse dado cuenta de que estábamos juntos.
—No me importa.
—A mí tampoco.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque quiero estar contigo sin tener que gritar para escucharte.
No pude evitar sonreír.
—Eso ha sonado casi amable.
—No te acostumbres.
Rodé los ojos.
Aun así, lo seguí.
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Nos alejamos hasta una parte más tranquila del jardín.
La música se escuchaba más baja allí.
Había un pequeño muro de piedra junto a unos árboles y algunas luces colgadas entre las ramas.
Me apoyé contra el muro.
Adrián se quedó frente a mí.
El aire de la noche movió algunos mechones de mi cabello.
Él los observó durante unos segundos.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Porque sí.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Bajé la mirada.
No sabía qué hacer con mis manos.
Ni con mis pensamientos.
Ni con aquella extraña sensación que se había instalado en mi pecho.
—¿Siempre eres así con las chicas? —pregunté.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Coqueto.
—No.
—No te creo.
—No tienes que hacerlo.
Levanté la mirada.
—Entonces, ¿por qué conmigo?
Adrián guardó silencio.
Su expresión se volvió más seria.
—No lo sé.