Entre nosotros no hay reglas

CAPÍTULO 6—Lo que no debería sentir

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La fiesta terminó mucho después de lo que había imaginado.

Cuando regresé a la casa, el jardín estaba prácticamente vacío. Solo quedaban algunos vasos sobre las mesas, un par de chaquetas olvidadas en las sillas y las luces de la piscina iluminando el agua en medio de la oscuridad.

Subí las escaleras intentando no hacer ruido.

No quería encontrarme con nadie.

Mucho menos con Adrián.

Todavía tenía en la cabeza nuestra conversación.

Porque tú todavía no sabes qué quieres.

Tenía razón.

No sabía qué quería.

Pero sí sabía algo.

No había podido dejar de pensar en él desde que había llegado a aquella casa.

Entré en mi habitación y cerré la puerta.

Me apoyé contra ella y solté el aire lentamente.

—Esto es ridículo —murmuré.

Me quité los zapatos y caminé hasta el espejo.

Mi cabello estaba algo despeinado y tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.

Me observé durante unos segundos.

—No te gusta.

La frase salió de mis propios labios.

—No te gusta.

Intentaba convencerme.

Pero una parte de mí sabía que estaba mintiendo.

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A la mañana siguiente desperté con la sensación de no haber dormido absolutamente nada.

Me quedé mirando el techo mientras recordaba la noche anterior.

La forma en que Adrián me había mirado.

La distancia entre nosotros.

Su voz cuando me pidió que le dijera que se alejara.

Y mi incapacidad para hacerlo.

Me levanté de la cama y me puse unos pantalones deportivos y una sudadera.

Cuando bajé a la cocina, esperaba encontrarla vacía.

No tuve tanta suerte.

Adrián estaba sentado frente a la isla.

Tenía el cabello húmedo, como si acabara de ducharse, y llevaba una camiseta gris y unos pantalones negros.

Levantó la mirada cuando entré.

Nos quedamos observándonos.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Abrí un armario.

—¿Dormiste?

—Un poco.

—Yo tampoco.

Me quedé quieta.

Cerré lentamente el armario.

—¿Por qué no dormiste?

Adrián sostuvo mi mirada.

—¿Tú por qué no?

No respondí.

Él tampoco insistió.

Preparé café intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera su presencia.

—Vera.

—¿Qué?

—Sobre anoche...

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Qué pasa?

Adrián se levantó.

Caminó hasta quedar frente a mí, aunque mantuvo cierta distancia.

—No quiero que pienses que estaba jugando contigo.

Lo miré sorprendida.

—No pensé eso.

—Bien.

—¿Por qué me dices esto?

Bajó la mirada durante un instante.

—Porque no quiero que haya problemas entre nosotros.

Solté una pequeña risa.

—¿Problemas? Si prácticamente discutimos cada vez que hablamos.

—Precisamente.

—Entonces no entiendo.

Adrián levantó los ojos.

—Me caes bien.

Aquellas tres palabras consiguieron dejarme sin respuesta.

—¿Eso es todo?

—No.

Esperó unos segundos.

—Me atraes.

Sentí que el calor subía directamente hasta mi rostro.

No sabía dónde mirar.

Adrián sonrió ligeramente al notar mi reacción.

—Pero no voy a presionarte.

—No estoy diciendo que...

—Lo sé.

—Entonces...

—Solo quiero que las cosas sean claras.

Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos acercándose.

León apareció en la cocina.

—Buenos días.

Los dos nos apartamos casi al mismo tiempo.

León nos miró.

Después miró el espacio que había entre nosotros.

—¿Interrumpo algo?

—No —respondimos al mismo tiempo.

León arqueó una ceja.

—Claro.

Tomó una manzana y salió de la cocina.

Lo miré.

Adrián soltó una risa.

—Tu hermano sospecha demasiado.

—León siempre sospecha demasiado.

—Pues tendrá que acostumbrarse.

—¿A qué?

Adrián se acercó un poco.

—A nosotros hablando.

Mi respiración se detuvo durante un segundo.

—No hay ningún "nosotros".

Sonrió.

—Todavía.

Y salió de la cocina.

Me quedé mirando la puerta por la que había desaparecido.

—¿Todavía? —susurré.

No sabía si aquella palabra debía emocionarme o preocuparme.

Probablemente ambas.

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Más tarde, Mara vino a buscarme.

Estábamos sentadas en mi habitación cuando comenzó a interrogarme.

—Ahora me vas a contar todo.

—No pasó nada.

—Vera.

—De verdad.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La de alguien que está intentando ocultar algo.

Suspiré.

—Hablamos.

—¿Solo hablaron?

—Sí.

—¿Y?

—Y nada.

Mara me observó durante varios segundos.

—Te gusta.

—No.

—Te gusta.

—No.

—Vera.

—Mara.

—Te gusta Adrián.

Me levanté de la cama.

—No sé qué siento.

Ella dejó de sonreír.

—Eso ya es diferente.

La miré.

—No quiero enamorarme.

—¿Quién está hablando de enamorarse?

—Yo.

—¿Tan rápido?

—No sé. Solo... no quiero complicarme la vida.

Mara se levantó y se acercó a mí.

—Entonces no te compliques.

—¿Y si no puedo evitarlo?

Me miró con seriedad.

—Entonces tendrás que decidir si vale la pena.

Bajé la mirada.

No quería admitirlo.

Pero una pequeña parte de mí ya estaba tomando una decisión.

Y eso era lo que más miedo me daba.

Porque apenas estaba empezando a conocer a Adrián.

Y ya sentía que él podía convertirse en algo mucho más peligroso que una simple atracción.



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En el texto hay: celos, romance, emabrazo

Editado: 14.10.2026

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