----
Durante los siguientes días intenté convencerme de que lo ocurrido con Adrián aquella noche no significaba nada.
No funcionó.
Cada vez que bajaba a desayunar, terminaba buscándolo con la mirada.
Cada vez que escuchaba sus pasos por el pasillo, mi cuerpo reaccionaba antes de que pudiera evitarlo.
Y lo peor era que Adrián parecía disfrutarlo.
No hacía falta que dijera nada.
A veces simplemente pasaba junto a mí, rozando ligeramente mi hombro, y continuaba caminando como si no hubiera ocurrido nada.
Otras veces me encontraba mirándolo y sonreía de esa manera que conseguía ponerme nerviosa.
Yo fingía que no me importaba.
Él fingía que me creía.
Aquella mañana bajé a la cocina esperando encontrar a León.
En cambio, encontré a Adrián.
Estaba sentado en uno de los taburetes, con el teléfono en una mano y una taza de café en la otra.
Llevaba una camiseta blanca y unos pantalones deportivos oscuros. Tenía el cabello desordenado y una pequeña marca de sueño cerca del ojo.
Por alguna razón, verlo así me pareció diferente.
Más humano.
Más cercano.
—Buenos días —dijo sin levantar completamente la mirada.
—Buenos días.
Abrí la nevera.
—¿Dónde está todo el mundo?
—Daniel salió.
—¿Y León?
—Fue a comprar algo.
Asentí.
Tomé una botella de agua y cerré la puerta.
Cuando me giré, Adrián estaba mirándome.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Otra vez con "nada".
—Te queda bien esa camiseta.
Miré mi camiseta negra.
—Es una camiseta.
—Lo sé.
—Entonces...
—Solo dije que te queda bien.
Sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse.
—Gracias.
Adrián sonrió.
—De nada.
Intenté pasar junto a él, pero escuché su voz.
—¿Tienes planes hoy?
—Sí.
—¿Cuáles?
—Salir con Mara.
—¿Dónde?
Me giré.
—¿Por qué quieres saber?
—Curiosidad.
—Pues qué curioso eres.
—Mucho.
Negué con la cabeza y continué caminando.
—Vera.
Me detuve.
—¿Qué?
—Esta noche vamos a salir algunos amigos.
—Bien.
—Puedes venir.
—No sé.
—Ven.
—¿Eso es una invitación?
—Sí.
—Pensé que no sabías invitar.
—Estoy aprendiendo.
Sonreí sin querer.
—Lo pensaré.
—Eso significa que vas a venir.
—No significa eso.
—Para mí sí.
---
Por la tarde, Mara y yo salimos a caminar por el centro.
Intenté disfrutar de la tarde sin pensar demasiado.
Pero entonces Mara mencionó a Adrián.
—¿Vas a ir esta noche?
—No sé.
—Sí vas.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque llevas diez minutos hablando de él sin darte cuenta.
Me quedé callada.
—No estaba hablando de él.
—Acabas de hacerlo.
—Solo dije que quizá iría.
Mara sonrió.
—Te gusta.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo dice.
Ella soltó una carcajada.
---
Esa noche regresamos a la casa alrededor de las nueve.
Me cambié rápidamente.
Elegí un vestido negro sencillo que llegaba por encima de las rodillas y unas sandalias. Dejé mi cabello suelto, cayendo sobre mis hombros, y apenas utilicé maquillaje.
Cuando bajé, Mara ya estaba esperándome.
—Vas a causar problemas.
—¿Por qué?
—Porque estás demasiado bonita.
—Exagerada.
—Nunca.
Salimos al jardín.
Adrián estaba allí con varios amigos.
Lo reconocí inmediatamente.
Pero él también me vio.
Su conversación se detuvo.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cabello y después volvieron a encontrarse con los míos.
No dijo nada.
Solo sonrió.
Yo aparté la mirada.
—Vera —dijo Mara en voz baja—. Si sigues mirándolo así, vas a terminar confesándote tú sola.
—Cállate.
Comenzamos a caminar hacia el grupo.
Entonces una chica apareció junto a Adrián.
Era alta, delgada, con cabello largo y oscuro. Vestía un vestido rojo y parecía conocer a todos.
Se acercó a él con demasiada confianza.
—Adrián.
Él la miró.
—Ariadna.
Ella sonrió y lo abrazó.
Sentí algo extraño en el estómago.
No sabía quién era.
Pero por la forma en que ella lo miraba, estaba claro que no era una simple conocida.
Mara me miró.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Mentira.
Ariadna se separó de Adrián y pasó una mano por su brazo.
—Pensé que no vendrías.
—Cambié de opinión.
—Me alegra.
No sé por qué, pero aquello me molestó.
Muchísimo.
Intenté ignorarlo.
Me alejé junto a Mara y tomé una bebida.
—No pongas esa cara —dijo ella.
—¿Qué cara?
—La de celos.
—No estoy celosa.
—Vera...
—No estoy celosa.
Me giré.
Y justo en ese momento vi a Adrián mirándome desde el otro lado del jardín.
Ariadna seguía junto a él.
Adrián me sostuvo la mirada.
Después se apartó de ella y comenzó a caminar hacia mí.
Yo crucé los brazos.
—¿Qué quieres?
Se detuvo frente a mí.
—Hablar contigo.
—Estoy ocupada.
—¿Haciendo qué?
—Nada.
—Entonces no estás ocupada.
—Adrián...
Él bajó la voz.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estás enfadada.
—No.
—Sí.
—Pues déjame.
Adrián frunció el ceño.
—¿Es por Ariadna?
Sentí que el corazón me daba un golpe.
—No sé quién es Ariadna.
—Entonces sí es por ella.
—No.
—Vera.
—¡Que no!
Varias personas comenzaron a mirar.
Me sentí avergonzada.
Adrián bajó aún más la voz.
—No tienes por qué enfadarte.
—No estoy enfadada.
—Entonces mírame y dime que no te importa.
Lo miré.
Abrí la boca.
Pero no pude decirlo.
Adrián entendió.
Su expresión cambió.