Entre nosotros no hay reglas

CAPÍTULO 8—Lo que Ariadna significaba

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Me quedé frente a la puerta durante varios segundos.

Podía escuchar a Adrián al otro lado.

No insistía.

No volvía a llamar.

Simplemente esperaba.

Respiré profundamente y finalmente abrí.

Adrián estaba apoyado contra la pared del pasillo.

La música de la fiesta apenas llegaba hasta allí.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía estar sonriendo.

Tenía las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y el cabello ligeramente despeinado. Su mirada se encontró con la mía inmediatamente.

—¿Puedo entrar?

Dudé.

Después me hice a un lado.

—Solo para hablar.

—Solo para hablar.

Entró y se quedó cerca de la puerta.

No intentó acercarse.

Eso me sorprendió.

—Entonces habla.

Adrián respiró profundamente.

—Ariadna es alguien que conocí hace tiempo.

—Eso ya lo imaginé.

—Fuimos pareja.

Sentí una presión en el pecho.

Intenté que mi rostro no lo demostrara.

—Ah.

—Terminamos hace meses.

—No tienes que explicarme nada.

—Ya me lo dijiste.

—Entonces ¿por qué sigues aquí?

Adrián me miró directamente.

—Porque no quiero que pienses algo que no es.

—¿Y qué debería pensar?

—Que entre Ariadna y yo no hay nada.

Bajé la mirada.

—Ella parecía pensar diferente.

—Ariadna es así.

—¿Así cómo?

—Le gusta hacer que las personas crean que todavía tiene algo conmigo.

Lo miré.

—¿Y no tiene nada?

—No.

La respuesta fue inmediata.

No hubo duda.

Eso me tranquilizó más de lo que quería admitir.

—Bien.

Adrián sonrió ligeramente.

—¿Bien?

—Sí.

—Entonces ya no estás enfadada.

—Nunca estuve enfadada.

—Claro.

—No vuelvas a decir eso.

Se acercó un poco.

—¿Qué?

—Que estaba celosa.

—Pero lo estabas.

—Adrián.

—Está bien.

Levantó las manos en señal de rendición.

—No diré nada.

Lo miré con desconfianza.

—Gracias.

Durante unos segundos permanecimos en silencio.

Adrián observó la habitación.

—¿Te gusta?

—¿Qué?

—Tu habitación.

Miré alrededor.

—Sí.

—¿Te has acostumbrado ya a la casa?

—Un poco.

—¿Y a nosotros?

La pregunta me tomó desprevenida.

—¿A ustedes?

—A León. A Daniel. A mí.

Pensé unos segundos.

—A León sí.

Adrián soltó una risa.

—Qué amable.

—Daniel también me cae bien.

—¿Y yo?

Lo miré.

—Tú eres complicado.

—No pregunté eso.

—Es mi respuesta.

—Entonces todavía no te has acostumbrado a mí.

—No.

Sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Así tengo tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Para conseguir que cambies de opinión.

Sentí un cosquilleo en el estómago.

—No creo que puedas.

—Me gustan los retos.

—Yo no soy un reto.

—Entonces, ¿qué eres?

Me quedé callada.

Adrián dio otro paso.

La distancia entre nosotros volvió a reducirse.

Mi respiración se volvió más lenta.

Él bajó la mirada hacia mis labios durante un instante.

—No deberías mirarme así —susurré.

—¿Así cómo?

—Como si...

No terminé.

—¿Como si qué?

—Como si quisieras besarme.

Adrián guardó silencio.

Su expresión cambió por completo.

Ya no había bromas.

Solo una intensidad que me hizo olvidar todo lo que había decidido minutos antes.

—¿Y si quiero? —preguntó.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Entonces sería un problema.

—¿Por qué?

—Porque vivimos en la misma casa.

—Lo sé.

—Nuestros padres...

Me detuve.

Adrián apartó la mirada.

—Lo sé.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Y esta vez fue diferente.

Más pesado.

Más peligroso.

Adrián retrocedió.

—Será mejor que baje.

Asentí.

No quería que se fuera.

Pero tampoco sabía qué hacer con lo que estaba ocurriendo.

Cuando llegó a la puerta, se giró.

—Vera.

—¿Sí?

—No vuelvas a pensar que tienes que competir con alguien por mi atención.

Lo miré confundida.

—¿Qué quieres decir?

Adrián sostuvo mi mirada.

—Si estoy mirándote a ti, es porque quiero mirarte a ti.

Y salió.

Me quedé completamente inmóvil.

No sabía cuánto tiempo pasé mirando la puerta cerrada.

Pero sabía algo.

Aquella conversación había cambiado algo entre nosotros.

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Cuando bajé nuevamente, la fiesta estaba llegando a su final.

Mara estaba sentada junto a la piscina.

—¿Todo bien?

Me senté a su lado.

—Sí.

—¿Hablaron?

Asentí.

—¿Y?

—Ariadna es su ex.

Mara abrió los ojos.

—¿Su ex?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

Miré hacia el jardín.

Adrián estaba hablando con León.

—Que ya no hay nada entre ellos.

Mara sonrió.

—¿Y le creíste?

—Sí.

—Entonces estamos avanzando.

—¿Avanzando hacia dónde?

—Eso deberías preguntárselo a él.

Negué con la cabeza.

—No quiero enamorarme.

Mara me miró con ternura.

—Creo que ya llegaste tarde.

—No.

—Vera...

—No estoy enamorada.

—Todavía.

La palabra quedó flotando entre nosotras.

Miré nuevamente hacia Adrián.

Como si hubiera sentido mi mirada, levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

No sonrió.

Yo tampoco.

Pero ninguno apartó la mirada.

Y en ese instante comprendí que aquello que había comenzado como una simple atracción estaba convirtiéndose lentamente en algo mucho más difícil de controlar.

Algo que todavía no tenía nombre.

Algo que, si seguíamos alimentándolo, podía cambiarlo todo.



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En el texto hay: celos, romance, emabrazo

Editado: 14.10.2026

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