Entre nosotros no hay reglas

CAPÍTULO 9—Un día normal

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A la mañana siguiente intenté actuar como si nada hubiera pasado.

No funcionó.

Desde que abrí los ojos, las palabras de Adrián se repetían en mi cabeza.

Si estoy mirándote a ti, es porque quiero mirarte a ti.

Me tapé la cara con la almohada.

—Basta.

No podía seguir pensando en él.

Tenía que hacer algo.

Me levanté, me duché y me puse unos jeans azules y una blusa blanca. Dejé mi cabello suelto y bajé a desayunar.

Cuando llegué a la cocina, León ya estaba allí.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me senté frente a él.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

León me observó unos segundos.

—Mientes.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué todo el mundo cree que sabe cuándo miento?

—Porque eres bastante fácil de leer.

—No lo soy.

—Sí lo eres.

Tomé una tostada.

—¿Dónde está Adrián?

León sonrió inmediatamente.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—No dije nada.

—Pero lo estás pensando.

—Solo me parece curioso que preguntes por él antes de terminar el desayuno.

Sentí que me sonrojaba.

—Pregunté porque vive aquí.

—Claro.

Le lancé una mirada.

—León.

Se rio.

—Está arriba.

—Bien.

—¿Por qué?

—No preguntes.

—Está bien.

Unos minutos después escuchamos pasos por las escaleras.

No quise mirar.

Pero lo hice.

Adrián entró en la cocina.

Llevaba una camiseta gris, jeans oscuros y el cabello todavía húmedo. Se veía relajado, completamente diferente al chico de la fiesta.

Sus ojos encontraron los míos.

Sonrió ligeramente.

—Buenos días.

—Buenos días.

León miró de uno a otro.

—Qué ambiente tan extraño.

—Cállate —dijimos los dos al mismo tiempo.

León comenzó a reír.

—Definitivamente algo pasó.

Adrián tomó una taza de café.

—No pasó nada.

—Claro.

Lo miré.

—¿Qué haces hoy?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.

Adrián levantó una ceja.

—¿Quieres saber?

—Solo preguntaba.

—Tengo que salir un rato.

—Ah.

—¿Por qué?

—Por nada.

Sonrió.

—¿Me vas a extrañar?

—No.

—Qué rápido respondiste.

—Porque la respuesta es fácil.

—Ya veremos.

León se levantó.

—Voy a dejar de estar aquí antes de que esto se convierta en algo incómodo.

—Gracias —dije.

—Cobarde —murmuró Adrián.

León se fue riendo.

Me quedé sola con Adrián.

El silencio cambió inmediatamente.

Él se sentó frente a mí.

—¿Quieres salir conmigo?

Parpadeé.

—¿Qué?

—Hoy.

—¿Adónde?

—A cualquier lugar.

—Eso no es un plan.

—Entonces haz tú el plan.

—¿Y por qué debería salir contigo?

Adrián apoyó los brazos sobre la mesa.

—Porque quiero pasar tiempo contigo.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Solo tú y yo?

—Sí.

—No sé si es buena idea.

—¿Por qué?

—Porque...

No terminé.

Él ya sabía la respuesta.

—Porque vivimos bajo el mismo techo.

Asentí.

—Exactamente.

Adrián se quedó callado unos segundos.

Después sonrió.

—Entonces salimos fuera del techo.

No pude evitar reírme.

—Eso no funciona así.

—Podemos intentarlo.

Lo miré.

—¿Siempre consigues lo que quieres?

—No.

—¿Y qué quieres ahora?

Sus ojos se encontraron con los míos.

—A ti.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

Adrián también dejó de sonreír.

Por unos segundos ninguno habló.

Entonces me levanté.

—Voy a pensarlo.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que voy a pensarlo.

—Está bien.

Caminé hacia la puerta.

—Vera.

Me giré.

—¿Sí?

—Ponte algo cómodo.

—¿Por qué?

—Porque no pienso llevarte a un restaurante elegante.

—¿Entonces?

Sonrió.

—Es una sorpresa.

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Dos horas después, estaba frente al espejo intentando decidir qué ponerme.

No quería parecer demasiado arreglada.

Pero tampoco quería parecer que no me importaba.

Finalmente escogí unos jeans claros, una camiseta blanca y unas zapatillas. Me hice una coleta alta y tomé mi bolso.

Cuando bajé, Adrián ya estaba esperándome.

Llevaba una camiseta negra, jeans y una chaqueta ligera.

Me miró de arriba abajo.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás haciendo esa cara otra vez.

—¿Qué cara?

—La que haces cuando quieres decir algo.

Sonrió.

—Te ves bien.

—Tú también.

—Gracias.

Salimos de la casa.

El aire de la tarde era cálido y el cielo estaba despejado.

Adrián caminó hasta su coche y abrió la puerta del copiloto.

Me detuve.

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿Vas a abrirme la puerta?

—Puedo cerrártela también si quieres.

Solté una risa.

—Idiota.

Subí.

Él cerró la puerta y rodeó el coche.

Cuando arrancó, la música comenzó a sonar suavemente.

Miré por la ventana.

No sabía adónde íbamos.

Pero por primera vez desde que había llegado a aquella casa, sentí que quería descubrirlo.

Y quizá también quería descubrir qué podía pasar cuando Adrián y yo estábamos completamente solos.



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En el texto hay: celos, romance, emabrazo

Editado: 14.10.2026

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