Entre raices y recuerdos

Capítulo 8: una rosa hermosa, pero con espinas

La Academia Aozora tenía lugares que no aparecían en ningún plano oficial.

Pasillos impecables, jardines perfectos, salones modernos y zonas diseñadas para impresionar a cualquier visitante. Sí. Pero también existían rincones que nadie mostraba. Lugares apartados. Espacios detrás de los edificios, corredores olvidados y pequeños recodos donde, según decían los rumores, las cámaras de seguridad no llegaban.

O, al menos, eso creían quienes llevaban suficiente tiempo allí para saberlo.

Y precisamente en uno de esos rincones estaba Airi.

Caminaba tranquila, hasta que tres estudiantes aparecieron de golpe bloqueando su camino. Dos chicas y un chico. Todos de cursos superiores. Todos con esa expresión de quien sabe que nadie los está mirando.

Airi se detuvo, confundida.

—¿Puedo ayudarles?

Una de las chicas sonrió. No era una sonrisa amable.

—Sí. Queremos hablar contigo.

Airi miró a los tres.

—¿Sobre qué?

La otra chica cruzó los brazos, con gesto de superioridad.

—Sobre Yuji.

El cuerpo de Airi se tensó al instante.

—¿Qué pasa con él?

—No te hagas la tonta —dijo el chico, dando un paso hacia ella.

—Desde que regresó, todo el mundo habla de él —continuó la primera chica—. Y ahora resulta que tú estás siempre a su lado. Como si fueras algo suyo.

Airi bajó levemente la mirada, pero se mantuvo firme.

—Es mi amigo.

—Ese es precisamente el problema —soltó la chica con una risa seca—. ¿Sabes quién se ha convertido Yuji? Alguien importante. Alguien que va a subir muy rápido. Y cualquiera que esté cerca de él… puede beneficiarse.

Airi frunció el ceño. Comprendió de golpe. No estaban allí por Yuji. Estaban allí porque querían acercarse a él. Y ella… ella era lo que se interponía en su camino.

—Si quieres seguir teniendo una vida tranquila aquí —le advirtió la chica, señalándola con desdén—, será mejor que te apartes de su lado. Ahora mismo.

Airi apretó las manos con fuerza. Respiró hondo. Y entonces dijo algo que ni ella misma esperaba:

—No.

Los tres se quedaron en silencio. Sorprendidos.

—¿Qué dijiste?

Airi levantó lentamente la mirada. Estaba nerviosa. Tenía miedo. Pero en ese instante recordó la voz de Yuji. Recordó cómo la había mirado en el comedor. Cómo le había dicho que nadie tenía derecho a hacerla sentir inferior.

—No voy a apartarme de él.

Las expresiones de las dos chicas se endurecieron.

—¿No entiendes tu lugar? Tú eres una becada. Él ya no es quien era. Ahora puede llegar muy alto. ¿Y tú? Tú eres solo un lastre que lo arrastrará hacia abajo.

Airi sintió un nudo en el estómago, pero no retrocedió.

—No soy un lastre.

—¿Ah, no? —La chica se acercó más, mirándola de arriba abajo—. Entonces demuestra que puedes estar a su altura. Porque lo que veo ahora… es que no sirves.

—Déjenme en paz —dijo Airi, aunque su voz tembló.

El chico soltó una carcajada burlona y dio un paso más.

—Te dimos una oportunidad para irte bien.

—No voy a alejarme de mi amigo.

Aquella respuesta fue la última gota. El chico la tomó de la muñeca con fuerza.

—Entonces tendremos que enseñarte cómo se obedecer.

—¡Suéltame! —Airi intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte.

—Si no entiendes por las buenas… —La chica se acercó más, con una sonrisa fría— …aprenderás por las malas.

Airi comenzó a forcejear. Le cubrieron la boca. Sus ojos se abrieron de par en par. El miedo la invadió por completo. Estaba apartada. Nadie pasaba por allí. Nadie la oiría.

Y entonces…

Pic.

El chico se quedó inmóvil. Frunció el ceño.

—¿Qué…?

Pic. Pic. Pic.

Un pequeño gorrión acababa de posarse sobre su cabeza. Y picoteaba con una determinación feroz.

—¡AU! ¡Maldita sea! —El chico la soltó de golpe y comenzó a sacudirse furioso—. ¡Lárgate! ¡Pájaro estúpido!

Airi cayó hacia atrás, pero logró mantenerse de pie, temblando. El gorrión no se marchaba. Seguía atacándolo.

Y entonces algo más se movió entre los arbustos. Dos pequeñas ardillas salieron disparadas. Una se metió entre las piernas del muchacho y comenzó a morderle el pantalón con insistencia.

—¡¿QUÉ PASA AQUÍ?! —gritó él saltando de un lado a otro, perdiendo por completo la compostura.

Las dos chicas retrocedieron, aterradas y confundidas.

—¿Por qué hay tantos animales? ¡Esto no es normal!

Airi también los miraba sin comprender. Pero en ese instante… sintió algo.

El aire cambió.

Las hojas de los árboles se detuvieron un instante, como si contuvieran el aliento. Y una voz tranquila, suave, pero que helaba la sangre, resonó detrás de ellos:

—¿Ya terminaron?

Las dos chicas se quedaron petrificadas.

Airi giró la cabeza.

Allí estaba él. Yuji. De pie. Inmóvil. Su cabello blanco se movía lentamente con la brisa. Sus ojos seguían cerrados. Pero su expresión… no era la de siempre. No había sonrisa. No había calma amable. Había algo frío. Profundo. Una molestia contenida que hacía que el aire pesara.

Las chicas palidecieron.

—Yuji… nosotros… podemos explicar…

—No.

Una sola palabra. Fue suficiente para callarlas.

—Pero… —tartamudeó una de ellas.

—No quiero escuchar sus excusas —dijo él, avanzando paso a paso, despacio, sin prisa.

El gorrión voló hasta una rama. Las ardillas desaparecieron entre los arbustos. El chico, despeinado y furioso, señaló a Airi.

—¡Esta chica se estaba metiendo donde no le llaman! ¡Solo le dábamos una lección!

Yuji giró levemente la cabeza hacia él.

—¿Lección? —repitió, con una calma que daba miedo—. Ella no necesita lecciones de nadie. —Dio otro paso hacia ellos—. Y además… se equivocan.

—¿De qué hablas? —preguntó la chica, intentando recuperar autoridad.

Yuji se detuvo frente a ellos.

—No es simplemente mi amiga. Es una de mis pequeñas. —Su voz bajó apenas, volviéndose más grave—. Y ustedes acaban de cometer un error muy grave.



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Editado: 25.10.2026

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