Había pasado una semana desde el regreso de Yuji Kuzonoha. Y, contra todo pronóstico, había empezado a acostumbrarse a su nueva vida.
No significaba que fuera fácil. Ni mucho menos.
Había aprendido de memoria los horarios. Se había acostumbrado a caminar por los pasillos mientras decenas de miradas se posaban sobre él. Había aprendido a ignorar los murmullos que estallaban apenas entraba en un salón. Pero lo que más le costaba… era convivir con su nuevo cuerpo.
Todo se sentía extraño. Muy extraño. Especialmente cuando llegaba el momento de entrar a ciertos lugares.
Yuji estaba plantado frente a la entrada de los baños femeninos. Completamente inmóvil.
Miyu, a su lado, lo miraba con los brazos cruzados.
—¿Qué esperas?
Yuji no respondió.
—Yuji.
—Lo sé… —susurró él.
—Entonces entra.
Yuji respiró hondo.
—Mi mente sigue siendo la de siempre. Sigo siendo yo. Pero este cuerpo… no encaja con lo que recuerdo.
—Tu realidad ahora es esta —dijo Miyu con suavidad—. Tu cuerpo ha cambiado.
—Lo sé. Pero eso no lo hace más sencillo.
—Llevas una semana diciéndolo.
—Y sigue sin ser más fácil.
Miyu suspiró y lo tomó del brazo.
—Mira, si quieres entramos juntas.
Yuji la miró de reojo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Sé perfectamente que me vas a arrastrar.
Miyu sonrió.
—Correcto.
Antes de que pudiera protestar, lo empujó suavemente hacia dentro.
—¡Vamos!
—¡Miyu, espera!
—¡No te quejes! ¡Entra!
—¡Para mí esto sigue siendo territorio desconocido!
—¡Pues acostúmbrate! ¡Vamos!
Y no fue la única situación así. Cada vez que llegaban las clases de educación física, Yuji se detenía frente a la puerta de los vestidores femeninos con la misma expresión de conflicto interno. Y siempre ocurría lo mismo.
—¡Entra de una vez! —le decía Miyu.
—¡No me empujes!
—¡Deja de pensar tanto!
—¡No es pensar demasiado! ¡Es que no encajo aquí!
—¡Pues encaja dentro! ¡Llevas diez minutos mirando la puerta!
—¡Estoy intentando aceptarlo!
Ren observaba desde lejos.
—Nunca pensé que vería a alguien tener una crisis existencial frente a una puerta.
Airi sonrió con ternura.
—Está haciendo lo mejor que puede.
Yuji suspiraba. Su cuerpo era ahora de chica. Esa era la realidad. Pero su mente, sus recuerdos, todo lo que era… seguía siendo él. Y esa contradicción aparecía en los momentos más simples. Para los demás era algo obvio. Para él… era aprender a vivir en una casa que parecía suya, pero que ya no era igual.
Poco a poco iba aprendiendo. Igual que el resto de la academia iba aprendiendo a convivir con él.
Pero precisamente eso trajo otro problema. Yuji se había convertido en el centro de todas las miradas. No solo por haber regresado tras seis meses. No solo por su misteriosa transformación. Sino por su apariencia.
Por mucho que algunos quisieran negarlo, Yuji era ahora una de las personas más hermosas de toda la Academia Aozora. Su elegancia, su porte, su cabello blanco… incluso su forma de caminar sin ver… todo llamaba la atención. Tanto que había superado a quienes siempre habían sido consideradas las más populares.
Y eso generó algo inevitable: envidia.
Las chicas que durante años habían estado acostumbradas a ser el centro de atención empezaron a sentirse desplazadas. Porque aquella persona que ahora recibía todas las miradas… había sido un chico.
—Es absurdo… —decían en voz baja—. ¿Cómo puede llamar tanto la atención sin siquiera intentarlo?
—Ni siquiera abre los ojos…
—Eso es lo que más molesta. Que parezca que no le importa.
Yuji escuchaba esos comentarios. Pero no les daba importancia. Eran palabras vacías. Lo que sí le resultaba útil era otro rumor que empezaba a circular: el de que él había sido quien entregó las pruebas que llevaron a la expulsión del estudiante que atacó a Airi.
No había pruebas. Pero los rumores no las necesitan. Y el efecto fue inmediato: muchos que antes molestaban a los estudiantes becados ahora preferían alejarse. No porque hubieran cambiado, sino porque no querían desaparecer también.
Miyu, Ren y Airi podían respirar algo más tranquilos. Al menos por ahora.
Aquella mañana, Airi caminaba distraída hacia donde siempre se reunían, perdida en sus propios pensamientos. Al acercarse a la banca, levantó la vista… y se detuvo en seco.
Allí estaban Miyu y Ren. Sentados con la espalda recta, mirando al frente con una expresión tan seria, tan concentrada y solemne, que parecían estar decidiendo el destino del mundo entero.
Yuji también estaba con ellos. Sentado con calma, bebía tranquilamente de una lata de jugo, sin prisa, sin alterarse, como si aquella gravedad fuera lo más normal del mundo.
Y sobre la cabeza de Miyu, instalada entre su cabello, la pequeña ardilla permanecía inmóvil, también con aire pensativo, como si formara parte de aquel consejo de sabios.
Airi sintió un vuelco en el corazón. Se acercó apresuradamente, preocupada.
—¿Qué ocurrió? —preguntó casi sin aliento—. ¿Pasó algo malo? ¿Alguien está en peligro?
Los tres giraron lentamente hacia ella. Nadie parecía entender su alarma.
—No —respondió Ren con calma absoluta—. ¿Por qué lo dices?
Airi los miró uno por uno.
—Porque… parecen estar a punto de anunciar una tragedia. Tienen una cara muy seria. ¿Qué está pasando?
Miyu y Ren intercambiaron una mirada. Luego asintieron. Y finalmente Miyu dijo, con voz pesada y solemne:
—Estamos pensando en un nombre.
Airi parpadeó.
—¿…Un nombre?
—Para Yuji —completó Ren, igual de serio.
Airi se quedó en silencio unos segundos. Luego miró las caras graves de sus amigos. Miró a Yuji bebiendo su jugo tranquilo. Miró a la ardilla, que seguía reflexionando desde lo alto. Y soltó el aire que había estado reteniendo.
—¿Es solo eso? —dijo, con una mezcla de alivio y desconcierto—. ¿Están todos tan serios… solo por elegir un nombre?
Editado: 25.10.2026