Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 1

[Caterina Moretti]
Bajo el radiante pero sofocante cielo de Florencia, ni vida no se vivía, se ejecutaba. Cada movimiento, cada inclinación de cabeza y cada inflexión de mi voz respondían a un guión invisible redactado mucho antes de mi nacimiento. En la monumental mansión familiar, emplazada sobre las colinas que dominaban el valle con vista a la imponente cúpula de Brunelleschi, el silencio era la norma suprema, solo interrumpido por el roce de la seda contra los suelos de mármol pulido.
Aquella mañana, el sol de verano atravesaba las altas ventanas del salón principal, dibujando cuadrículas doradas sobre los frescos del siglo XVII que decoraban los techos. Frente a un espejo de marco recubierto en pan de oro, permanecía inmóvil. Dos costureras ajustaban con precisión milimétrica las pinzas de un vestido de tul y encaje hecho a medida.
A pocos pasos, Eleonora Moretti -mi madre- observaba la escena con la mirada analítica de quien inspecciona una obra de arte recién terminada. La matriarca del imperio textil Moretti vestía con una elegancia sobria e impecable, la postura rígida y los labios apretados en un gesto permanente de evaluación.

-espalda recta, Caterina

Ordenó, con voz suave pero inflexible, sin levantar la vista del dobladillo del vestido.

-recuerda que esta noche no representas solo tu nombre. Representas cuatro generaciones de prestigio, de hilos que han vestido a la aristocracia europea. No podemos permitirnos un solo pliegue fuera de lugar
-sí, madre

Respondí, y mi voz sonó clara, afinada, ensayada.
Ensayar era mi rutina diaria. Había aprendido a sonreír con la cantidad justa de dientes expuestos frente al espejo, a mantener una postura perfecta durante cenas de seis tiempos sin dar muestras de cansancio y a mantener notas impecables en la universidad para demostrar una inteligencia refinada que, sin embargo, nunca debía eclipsar a los hombres de su círculo.
Para el mundo exterior, lo tenía todo: la belleza delicada de una madona renacentista, la riqueza incalculable de la industria de la seda y un futuro trazado sin sobreshock alguno. Para mí misma, en la intimidad oculta de mi pecho, no era más que una prisionera en una jaula de cristal tejida con hilos de oro.
Las puertas dobles de roble del salón se abrieron con un sonido seco. Carlos Moretti -mi padre- entró a la estancia, sosteniendo el periódico matutino y un maletín de cuero italiano. El patriarca era un hombre de ceño fruncido, cuyas sienes plateadas proyectaban una autoridad implacable. Caminó directamente hacia nosotras, imponiendo una pesada gravedad en el ambiente.

-Lorenzo ha confirmado su asistencia a la gala de esta noche

Anunció, ajustándose el reloj de oro en la muñeca.

-su padre y yo hemos cerrado los términos del acuerdo de distribución para el mercado asiático. Todo está listo

En ese momento sentí una punzada fría en el estómago, pero mi rostro no traicionó la emoción. Lorenzo di Santis era el prometido que mis padres habían elegido para mí desde el día de mi nacimiento prácticamente. Aristócrata de cuna, heredero de un apellido ilustre aunque venido a menos en liquidez económica, Lorenzo representaba la alianza perfecta entre el dinero nuevo de la industria textil y la rancia nobleza florentina. Era un joven de modales pulidos, tan elegante como frío, cuya conversación se limitaba a los títulos nobiliarios, los deportes de élite y las inversiones bursátiles. Un hombre pretencioso que me miraba no como a una compañera, sino como el trofeo definitivo que consolidaría su estatus.

-excelente

Asintió mi madre, con una leve sonrisa de satisfacción.

-Caterina usará el collar de esmeraldas de la abuela. Combinará perfectamente con su porte
-asegúrate de que no se distraiga con trivialidades

Añadió mi padre, fijando sus ojos oscuros en mí.

-tu carrera universitaria es un adorno aceptable, hija, pero tu verdadera responsabilidad empieza ahora. El apellido Moretti exige sacrificios y, sobre todo, una disciplina de hierro. Los sentimientos son una debilidad que los hombres de negocios y las familias de estirpe no podemos permitirnos
-lo comprendo, padre

Dije, bajando la mirada un instante hacia sus manos entrelazadas.
Las costureras terminaron los últimos retoques y se retiraron en silencio con una reverencia. Quedándome sola en la habitación tras la marcha de mis padres, caminé despacio hacia el gran ventanal del salón. Afuera, la ciudad de Florencia se extendía bajo el cielo cálido. A lo lejos, el río Arno serpenteaba brillando como una cinta de plata, dividiendo la opulencia de las villas señoriales de la energía bulliciosa y caótica de los barrios obreros al otro lado de la ribera.
Apoyé la mano contra el cristal frío de la ventana. A través del reflejo, vi la imagen de una mujer joven impecablemente vestida, rodeada de lujo y de historia, pero completamente vacía. Mi vida era un reloj de arena donde cada grano caía según el diseño de otros. No había margen para la improvisación, ni para un deseo propio, ni para un suspiro que no hubiese sido aprobado previamente por el protocolo.
Me toqué el cuello, sintiendo el peso imaginario de las joyas que llevaría esa noche. La gala sería otro escenario donde tendría que interpretar a la heredera perfecta, sonriendo al lado de Lorenzo mientras las copas de cristal chocaban en brindis vacíos.
Suspiré. Una leve brisa entró por una de las cuñas de la ventana, trayendo consigo el aroma distante del jazmín y el murmullo lejano de la ciudad que despertaba más allá de los muros de la mansión. Cerré los ojos por un segundo, anhelando en secreto algo que ni yo misma alcanzaba a nombrar: una grieta en la perfección, un error en la coreografía, cualquier cosa que me demostrara que debajo de las telas de seda y los modales ensayados, aún latía una vida de verdad.




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