Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 3

El taller de Matteo olía a una mezcla embriagadora de trementina, barniz de linaza y el aroma terroso de la madera añeja. Ubicado en una pequeña callejuela del barrio de Oltrarno, lejos de las avenidas anchas y los palacios majestuosos de la aristocracia florentina, el lugar era un microcosmos de desorden poético. Cuadros a medio restaurar descansaban contra paredes de ladrillo expuesto, retablos dorados recuperaban su brillo bajo la luz tenue de un par de faroles y pinceles gastados reposaban en frascos de vidrio repartidos sobre gruesas mesas de trabajo.
Crucé el umbral con el corazón latiéndome desbocado en el pecho. Había dejado a mi institutriz y al chofer con la falsa excusa de una lectura prolongada en la biblioteca de la facultad. Escapar de su sombra requería una precisión quirúrgica, pero la sola idea de ver a Matteo hacía que el riesgo valiera la pena.

-llegas tarde, señorita

Dijo una voz desde el fondo del taller.
Matteo emergió de entre dos grandes lienzos cubiertos con sabanas. Llevaba la misma camisa de trabajo remangada, una mancha de ocre en la mejilla y esa sonrisa torcida que parecía tener el poder de desarmar cualquier protocolo. En la mano sostenía una botella de vino tinto sin etiqueta y dos vasos de vidrio barato de culebra gruesa.

-la alta sociedad no corre, Matteo, camina con elegancia

Respondí, quitándome el pañuelo que me cubría el cabello y dejándolo sobre un taburete.

-aquí no hay alta sociedad

Sonrió él, sirviendo el vino oscuro hasta el borde de los vasos.

-aquí solo hay arte, polvo y vino de tres liras el litro. Salud por los vestidos arruinados

Tomé el vaso. Dudé un instante al mirar la calidad del cristal, acostumbrada a las copas finas de Baccarat que se quebraban con el viento. Me llevé el recipiente a los labios y probé el líquido. Era áspero, fuerte, directo, con un sabor frutal que me raspó levemente la garganta pero me encendió el pecho con un calor instantáneo.

-es... intenso

Admití, tratando de no poner una mueca.

-es real

Corrigió Matteo, guiñándome un ojo.

-sin filtros, sin cosechas de renombre para impresionar a condes estirados. Como esta ciudad cuando se le quita el barniz

Aquella tarde marcó el inicio de una serie de tardes robadas al tiempo. Durante las semanas siguientes, el taller de Oltrarno se convirtió en un santuario, el único lugar del mundo donde no tenía que ser la heredera de los Moretti. Allí no había miradas juzgadoras, ni clases de etiqueta, ni la sombra sofocante del compromiso que mis padres planeaban.
En ese rincón olvidado de Florencia, Matteo me enseñó a mirar el mundo con los ojos de un creador. Me mostró cómo la luz de la tarde transformaba el color de la terracota, cómo revivir la madera muerta con paciencia y cómo mezclar los pigmentos naturales con yema de huevo para crear temperas como las que usaban los antiguos maestros.

-pon la mano firme

Me indicaba Matteo, colocándose detrás de mí y guiando mis dedos sobre un lienzo de prueba.

-no intentes controlar el trazo antes de que nazca. Deja que la pintura fluya. Tu problema, Caterina, es que piensas demasiado cada movimiento

Sentía el aliento de Matteo cerca de mi oreja, el calor de su pecho pegado a mi espalda y el agarre firme de sus dedos sobre los míos. La proximidad me dejaba sin aliento, alterándome el ritmo cardíaco de una forma que jamás había experimentado.

-si no controlo mis movimientos, las cosas se rompen

Susurré, fijando la mirada en el trazo de pintura fresca.

-a veces, romperse es la única forma de volver a armarse bien

Contestó él suavemente, deteniendo el pincel.
Nos giramos el uno hacia el otro. La distancia entre nuestros rostros se redujo a un par de centímetros. Matteo me miró con una devoción profunda, sin la timidez de los pretendientes de la alta sociedad que solo buscaban complacer a mis padres. En sus ojos café había un deseo puro, una curiosidad honesta por descubrir quién era la mujer detrás del vestido de seda. Yo, por otro lado, solo bajé la mirada hacia los labios de Matteo. Por un segundo, el universo entero quedó suspendido entre los pinceles y el olor a aceite de linaza. Sin embargo, el sonido lejano de las campanas de la catedral dando las seis de la tarde me devolvió de golpe a la realidad.

-tengo que volver

Dijo ella de prisa, dando un paso atrás con el corazón desbocado.
Matteo no intentó retenerla a la fuerza, pero la tomó de la mano antes de que recogiera su pañuelo.

-mañana a la misma hora

Pidió él, con una sombra de vulnerabilidad en la voz.

-dime que volverás, Caterina

Miré sus manos entrelazadas: la mía, blanca y pulida; la de él, marcada por la pintura y el trabajo duro. Dos mundos irreconciliables que no deberían cruzarse jamás según las leyes de su familia, pero que en aquel taller encajaban como si hubiesen sido dibujados por el mismo pincel.

-volveré

Prometí en un susurro, sabiendo que con cada visita a Oltrarno dejaba un pedazo más de mi alma en este taller, hundiéndome en un terreno peligroso del que ya no deseaba regresar.




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