Entre tintas, sedas y cenizas

Capítulo 4

El gran salón de banquetes de la Villa Moretti relucía con una opulencia calculada. Arañas de cristal de Murano colgaban de los techos abovedados, proyectando miles de destellos sobre los centros de mesa compuestos por orquídeas blancas y cubiertos de plata pulida. Un cuarteto de cuerdas interpretaba piezas barrocas a un volumen estudiado, el acompañamiento musical perfecto para el murmullo de conversaciones sobre acciones bursátiles, propiedades inmobiliarias y títulos nobiliarios.
Yo permanecía erguida junto a la mesa principal. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda que se amoldaba con rigidez a mi talle, y el pesado collar de piedras preciosas de mi abuela me oprimía la garganta como un yugo engalanado. A mi derecha, mi madre sostenía una copa de champán con la gracia impecable de una reina consorte, vigilando cada uno de mis gestos.

-ajusta los hombros, Caterina

Me murmuró al oído, sin perder la sonrisa diplomática dirigida a los invitados.

-y asegúrate de reírte de los chistes de Lorenzo. Es un hombre influyente y le gusta saber que tiene la atención de la sala
-sí, madre

Asentí, de manera automática.
En el extremo opuesto del salón, mi padre caminaba flanqueado por un joven de porte altivo y peinado engominado a la perfección. Lorenzo di Santis vestía un esmoquin de corte impecable. Sus movimientos eran pausados, estudiados con la condescendencia propia de quien ha crecido creyéndose superior por el simple peso de sus apellidos.

-estimados amigos

Anunció mi padre, alzando su copa y llamando la atención de los presentes. El murmullo en la sala cesó de inmediato.

-esta noche no solo celebramos el éxito de nuestra nueva línea de textiles en el mercado internacional, sino también la consolidación de un lazo histórico. Nos honra contar con la presencia de la familia Di Santis, con quienes compartimos no solo valores, sino una visión de futuro

Lorenzo dio un paso al frente, clavando sus ojos fríos y grises en mi persona. Se acercó y tomó mi mano derecha, depositando un beso helado apenas rozando el dorso de mis dedos. Tuve que esforzarme para no apartar la mano al recordar la calidez áspera y viva de la mano de Matteo.

-Caterina

Dijo Lorenzo, con una voz modulada y carente de cualquier emoción genuina.

-es un honor compartir esta velada contigo. Luces... adecuada para la ocasión
-gracias, Lorenzo

Respondí, esforzándome por mantener la sonrisa ensayada.
El banquete transcurrió entre platos elaborados que apenas probé. Lorenzo tomó asiento a mi lado, dedicando la mayor parte de la velada a hablar sobre su reciente viaje de negocios a Ginebra, las adquisiciones de su familia en el sector bancario y los defectos de la gente común que no entendía de jerarquías sociales.

-la clave del éxito en nuestros tiempos, querida Caterina, es el control

Sentenció Lorenzo, cortando con elegancia un trozo de carne salteada.

-las masas se mueven por pasiones absurdas, por emociones vulgares. Nosotros, en cambio, operamos con la lógica del orden. Tu padre y yo entendemos que una alianza entre nuestras familias no es un capricho, sino un deber histórico

Lo miré fijamente. No había un solo rastro de afecto en los ojos de Lorenzo, ni un destello de curiosidad por saber qué pensaba, qué me apasionaba o qué libros leía. Para él, yo era una pieza más en el tablero, un activo valioso que consolidaría su posición en la élite florentina.

-¿Y qué hay de lo que deseamos nosotros, Lorenzo?

Me atreví a preguntar en voz baja, aprovechando que los comensales cercanos conversaban animadamente entre sí.

-¿Acaso el deber es lo único que debe guiar una vida?

Lorenzo soltó una risita seca, casi de incredulidad, antes de llevarse la copa de vino a los labios.

-el deseo es una distracción para los débiles, Caterina

Respondió con frialdad.

-los sentimientos van y vienen. El poder y la posición familiar se conservan. Tus padres te han educado para entender estas reglas. Espero que no albergues fantasías románticas propias de las novelas baratas que leen las sirvientas

Las palabras de Lorenzo sonaron como el portazo de una celda cerrándose definitivamente. Sentí de pronto que el aire del salón se volvía denso, insoportable. Las risas de los invitados, el tintineo de las copas de cristal y la música del cuarteto se convirtieron en un ruido ensordecedor que me aceleró el pulso.
Fingiendo una repentina indisposición, me excusé suavemente y me retiré hacia la terraza que daba a los jardines privados de la mansión.
La brisa nocturna de Florencia le rozó el rostro, trayéndome un leve alivio. Desde el balcón de mármol, contemplé las luces distantes de la ciudad. A lo lejos, al otro lado del río Arno, el barrio de Oltrarno dormía en la penumbra. Allí, en un taller humilde entre lienzos y olores a pintura, había un hombre que me miraba como si fuera un fuego capaz de iluminar el mundo, y no una estatua de mármol para exhibir en un salón.
Escuché unos pasos firmes detrás de mí, esperando ver a Lorenzo o a mi madre al girar, pero era mi padre quien se acercaba con la mirada dura.

-¿Qué haces aquí fuera, Caterina?

Cuestionó él con severidad.

-Lorenzo está esperando para el brindis final.
-necesitaba un poco de aire, padre

Dije, tratando de mantener la compostura.
Mi padre se detuvo a su lado, apoyando las manos sobre la barandilla de piedra.

-no arruines esto

Advirtió en tono tajante.

-Lorenzo di Santis representa la seguridad de nuestro apellido. Aceptará tu mano antes de que termine el año. No quiero dudas, no quiero altibajos emocionales. Tu futuro está escrito, Caterina, y vas a cumplirlo al pie de la letra

Miré a mi padre, encontrando solo la frialdad del hierro. Asentí en silencio, dando un paso atrás para regresar al salón iluminado. Mientras volvía a la fiesta de las apariencias, sentí cómo una grieta definitiva se abría en mi interior, dividiendo la mujer obediente que mis padres exigían y la mujer libre que solo existía cuando estaba al lado de Matteo.




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